Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
Durante mis estudios de Maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Javeriana conocí
y practiqué con especial interés la metodología de la relatoría. Con los años entendí que
aquel ejercicio académico iba mucho más allá de cumplir con una lectura para una clase.
Me dejó una disciplina intelectual que he procurado conservar cuando abordo textos de
historia, filosofía o teoría política: antes de opinar hay que comprender; antes de
controvertir hay que saber exactamente qué se controvierte; y antes de llegar a una
conclusión propia hay que permitir que el texto exponga sus argumentos. La relatoría no
era simplemente resumir. Exigía entrar en el texto, reconocer su arquitectura, identificar
sus argumentos, interrogarlos y, finalmente, asumir una posición.
Recordé esa vieja disciplina a propósito del llamado Libro de la Verdad, presentado
recientemente por el gobierno del presidente Abelardo De la Espriella como resultado del
proceso de empalme con la administración de Gustavo Petro. Son 135 páginas construidas
alrededor de 82 asuntos que el nuevo gobierno considera problemáticos y que fueron
puestos en conocimiento de la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría para que
determinen si algunos pueden dar lugar a responsabilidades penales, disciplinarias o
fiscales.
El título no pasa inadvertido. No estamos ante un documento denominado simplemente
informe de empalme, balance de gestión o estado de la administración. Se le llamó Libro
de la Verdad. Y cuando alguien, mucho más un gobierno, coloca la palabra verdad en la
portada de un documento político, el lector tiene razones adicionales para aproximarse
con cuidado.
Estanislao Zuleta dejó una reflexión que viene muy bien para este propósito. En Sobre la
lectura retoma de Friedrich Nietzsche, particularmente de Así habló Zaratustra, la figura
de las tres transformaciones del espíritu: el camello, el león y el niño. El camello carga,
soporta el peso y se disciplina; llevado al terreno de la lectura, representa el esfuerzo de
comprender antes de juzgar. El león se rebela, interroga, cuestiona las certezas y
conquista el derecho a decir no. El niño representa la creación: la capacidad de producir
algo propio después de haber comprendido y cuestionado. Una lectura rigurosa necesita
de los tres: comprender sin someterse, cuestionar sin convertir la crítica en prejuicio y
construir una posición propia.
Eso resulta particularmente difícil cuando se lee sobre política. Con demasiada frecuencia
no leemos para comprender sino para confirmar. Primero identificamos quién habla y
después decidimos si tiene razón. Si simpatizamos con quien escribe, buscamos
argumentos para respaldarlo; si pertenece al campo contrario, buscamos rápidamente la
frase que permita descalificarlo. La polarización termina convirtiendo la lectura política en
una prueba de identidad: importa menos lo que se dice que saber desde qué lado fue
escrito.
Por eso quiero aproximarme al Libro de la Verdad de otra manera. No quiero leerlo para
creerle ni para desmentirlo. Quiero, primero, leerlo.
Conviene hacer una precisión. Existe una tradición de los llamados libros blancos, los
white papers, desarrollada especialmente en la práctica gubernamental británica y
posteriormente extendida a otros gobiernos y organismos internacionales. Un libro blanco
es un documento institucional mediante el cual un gobierno o una entidad presenta de
manera organizada una situación, ofrece antecedentes, aporta información y evidencias,
formula un diagnóstico y, en determinados casos, propone cursos de acción. No es una
sentencia judicial ni convierte automáticamente una denuncia en un hecho probado. Su
autoridad no proviene del nombre. Proviene de la calidad de las fuentes, la verificabilidad
de los datos y la correspondencia entre las evidencias presentadas y las conclusiones.
La distinción importa porque un libro blanco presenta una versión documentada; un Libro
de la Verdad, desde su propio nombre, parece reclamar algo más. La palabra verdad tiene
una enorme carga política, jurídica y filosófica. Puede haber hechos comprobables:
contratos, cifras presupuestales, obligaciones pendientes, recursos ejecutados o sin
ejecutar, órdenes de prestación de servicios, procesos administrativos. Otra cosa es la
interpretación de esos hechos y otra, mucho más delicada, atribuir responsabilidades
individuales o calificarlos como corrupción.
Aquí comienza el trabajo del camello.
Antes de celebrar o condenar el documento hay que cargar con sus 135 páginas. Examinar
sus 82 asuntos. Determinar qué afirma exactamente, qué documentos presenta, cuáles
son sus fuentes, qué hechos estaban previamente denunciados, cuáles se encuentran bajo
investigación, dónde existen cifras comprobables y dónde comienza la interpretación del
gobierno entrante. También habrá que reconocer aquello que esté demostrado. Si existen
irregularidades documentadas, no dejan de serlo porque hayan sido encontradas por el
gobierno De la Espriella. Combatir el posible sesgo del documento introduciendo el sesgo
contrario sería una manera diferente de renunciar a leerlo.
Después aparece el león.
Entonces corresponde preguntar por inconsistencias, generalizaciones, omisiones y
lenguaje. Habrá que establecer si cada conclusión está respaldada por la evidencia; si
problemas de ejecución presupuestal son presentados como corrupción sin demostrarla;
si decisiones legítimas de política pública, aunque discutibles, terminan incorporadas a
una narrativa de irregularidad; y si se diferencia con rigor entre responsabilidad política,
administrativa, fiscal, disciplinaria y penal.
Será necesario escuchar también posiciones diferentes. Algunos analistas consideran
positivo que el empalme se convierta en ejercicio público de rendición de cuentas y que
los posibles hallazgos lleguen a los organismos competentes. Otros advierten sobre el
riesgo de mezclar corrupción con decisiones de política pública y terminar judicializando
diferencias propias del debate democrático. La calidad de nuestra lectura dependerá
precisamente de no seleccionar solamente los argumentos que nos resulten cómodos.
Hay además una dimensión política imposible de ignorar. El Libro de la Verdad fue
producido por un gobierno que acaba de reemplazar al proyecto político que gobernó
durante los cuatro años anteriores. Eso no invalida sus hallazgos, pero obliga a reconocer
el contexto. Todo gobierno entrante necesita establecer qué recibió; al hacerlo también
construye un relato sobre aquello que recibió y comienza, de alguna manera, a explicar lo
que podrá hacer, lo que no podrá hacer y las dificultades que encontrará.
Y aquí aparecen preguntas que deben permanecer abiertas. ¿Es el Libro de la Verdad
solamente un ejercicio de transparencia o comienza a funcionar también como espejo
retrovisor del nuevo gobierno? ¿Estamos ante la necesaria identificación de problemas
heredados o frente a la construcción de una narrativa según la cual las dificultades futuras
podrán explicarse por aquello que dejaron quienes gobernaron antes? ¿Existe el riesgo de
que el nuevo gobierno asuma el papel de víctima de la administración anterior para
fortalecer su propia legitimidad? ¿Los 82 asuntos permiten caracterizar cuatro años de
gobierno o una selección de problemas termina proyectándose sobre la totalidad de la
administración Petro? ¿Se diferencia suficientemente entre corrupción, mala
administración, errores de política pública y diferencias ideológicas entre dos proyectos de
gobierno?
Después del camello y del león debe aparecer el niño. No para absolver o condenar el
Libro de la Verdad, sino para construir una posición propia después de haberlo
comprendido y cuestionado. Ese es quizá el momento más difícil: desprenderse tanto de
la versión del gobierno que produjo el documento como de la reacción de quienes se
sienten políticamente cuestionados por él. Si los datos demuestran corrupción, habrá que
llamarla corrupción; si demuestran mala administración, habrá que llamarla mala
administración; si muestran errores de política pública, deberán juzgarse como tales; y si
lo que existe es una diferencia entre dos concepciones de Estado y de gobierno, no
corresponde disfrazarla de irregularidad. El niño obliga a abandonar las trincheras y
construir juicio propio.
Y ese juicio no puede construirse solamente con relatos. Si el nuevo gobierno afirma haber
recibido unas finanzas deterioradas, tendrá que mostrar las cifras; si denuncia una nómina
paralela, deberá establecer cuántos contratos existían, cuánto costaban y cómo
evolucionaron; si habla de recursos perdidos o mal ejecutados, tendrá que identificarlos y
cuantificarlos; si encuentra contratos irregulares, deberá documentarlos; si sostiene que
determinadas políticas fracasaron, habrá que contrastarlas con indicadores verificables. La
misma exigencia corresponde a quienes defienden al gobierno anterior. Frente a un
documento denominado Libro de la Verdad, el estándar no puede ser relato contra relato.
Deben ser datos contra datos, documentos contra documentos y hechos sometidos a
comprobación.
Queda una pregunta que solamente el tiempo podrá responder: ¿el Libro de la Verdad
será el punto de partida desde el cual el nuevo gobierno comienza a gobernar o terminará
convertido en el expediente al cual regresará durante los próximos cuatro años para
explicar aquello que no consiga hacer? Un gobierno tiene el derecho y la obligación de
establecer con precisión qué recibió. Los ciudadanos tenemos derecho a conocerlo. Pero
desde el momento en que asume el poder comienza otra responsabilidad: decidir qué
hará con aquello que recibió. La herencia puede explicar el punto de partida; no puede
explicar indefinidamente el camino recorrido.
Quizá esa sea una buena manera de leer el Libro de la Verdad. No como creyentes ni
como adversarios. Como lectores. Hay que tener algo de camello para cargar con los
hechos, incluidos aquellos que contradicen lo que pensamos; algo de león para desconfiar
del poder, incluido aquel con el cual coincidimos; y algo de niño para ser capaces, después
de comprender y cuestionar, de construir nuestro propio juicio.
Porque la verdad, finalmente, no debería depender de quién escribió el libro.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
Investigador en historia política y comportamiento electoral





