Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
Hay personajes políticos que aparecen para administrar un país. Otros aparecen para
interpretar una época. Y algunos, los más curiosos, aparecen para interpretar un
personaje.
No gobiernan una idea. Gobiernan una puesta en escena.
No construyen una propuesta. Construyen una leyenda.
Su principal obra pública es ellos mismos.
Su programa de gobierno cabe completo en un espejo.
Y su ideología suele resumirse en una frase sencilla: “obsérvenme”.
Vivimos tiempos extraordinarios. Durante siglos la humanidad discutió cómo organizar el
Estado, cómo distribuir el poder, cómo construir ciudadanía y cómo fortalecer las
instituciones. Después llegaron las redes sociales y descubrimos que, al parecer, todo
podía resolverse con un video, una frase incendiaria y una buena dosis de testosterona
mediática.
La política, que alguna vez fue una discusión sobre la polis, terminó convertida en una
competencia de personajes.
Y allí emerge nuestro protagonista.
El hombre que parece convencido de que la historia de Colombia es, en el fondo, una
larga introducción a su propia biografía.
Un personaje que entra a la política como quien entra a un set de grabación.
Que habla como si estuviera filmando el tráiler de una película.
Que posa como si cada fotografía fuera destinada a una estatua ecuestre.
Y que parece vivir permanentemente acompañado por una banda sonora épica que sólo él
escucha.
La imagen es poderosa.
Un país complejo.
Problemas complejos.
Respuestas simples.
Y un héroe dispuesto a salvarlo todo.
Nada nuevo bajo el sol.
Desde los emperadores romanos hasta los vendedores de elixires milagrosos, la
humanidad siempre ha sentido fascinación por quienes prometen soluciones
instantáneas.
Lo verdaderamente interesante no es el personaje. Es el mercado que consume el
personaje.
Porque los vendedores de humo no prosperan donde sobra pensamiento crítico.
Prosperan donde existe desesperación.
La mercancía no es el líder. La mercancía es la esperanza rápida.
La promesa de que alguien llegará a arreglar en cuatro años lo que generaciones enteras
no pudieron resolver.
Como decía la abuela: “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”.
Pero las democracias modernas parecen haber olvidado el consejo.
Y terminan buscando superhéroes cuando en realidad necesitan administradores
competentes.
Sin embargo, nuestro personaje añade un ingrediente adicional.
No le basta con ser salvador.
Debe ser además el último macho de Occidente.
La política se convierte entonces en una exhibición permanente de fuerza simbólica.
El debate público parece trasladarse desde las ideas hacia los bíceps.
Desde las políticas públicas hacia la virilidad.
Desde la gestión hacia la testosterona.
Uno escucha algunas intervenciones y termina preguntándose si está observando una
campaña presidencial o el casting para una nueva versión de Rambo tropical.
En ese universo narrativo los problemas nacionales son siempre enemigos visibles.
Las soluciones siempre son contundentes.
Las dudas son consideradas debilidades.
Y la complejidad es una molestia innecesaria.
Todo debe ser fuerte.
Todo debe ser definitivo.
Todo debe rugir.
Porque los rugidos producen aplausos.
Aunque rara vez produzcan políticas públicas.
Lo curioso es que esta representación del hombre fuerte termina pareciéndose mucho a
esas fachadas antiguas de los pueblos cafeteros: impresionantes vistas desde la calle, pero
sostenidas por estructuras que conviene examinar con más cuidado.
La verdadera fortaleza no suele necesitar exhibirse permanentemente.
La verdadera autoridad no necesita recordarse cada cinco minutos.
La verdadera seguridad no requiere convertirse en espectáculo.
Pero el espectáculo tiene una lógica distinta.
Necesita atención constante.
Necesita escándalo.
Necesita conflicto.
Necesita una nueva escena cada día.
Por eso el personaje vive en estado permanente de representación.
La política se vuelve una obra teatral sin intermedio.
Cada declaración es un acto.
Cada polémica es una escena.
Cada controversia es publicidad gratuita.
Y cada crítica confirma la importancia del protagonista.
El viejo Oscar Wilde decía que sólo hay una cosa peor que hablen mal de uno: que no
hablen.
La política contemporánea parece haber convertido esa frase en estrategia electoral.
Mientras los ciudadanos discuten el último escándalo, dejan de discutir los problemas
estructurales.
Mientras observan el personaje, dejan de observar el sistema.
Mientras siguen el espectáculo, olvidan mirar el escenario.
Y allí aparece el verdadero truco de magia.
No consiste en convencer.
Consiste en distraer.
Porque una democracia distraída es mucho más fácil de seducir que una democracia
reflexiva.
Tal vez por eso el fenómeno más preocupante no sea el personaje mismo.
Los personajes siempre han existido.
Van y vienen.
Cambian de nombre.
Cambian de traje.
Cambian de discurso.
Lo verdaderamente inquietante es la transformación cultural que permite que el
espectáculo ocupe el lugar de la deliberación.
Que la pose sustituya al pensamiento.
Que el personaje eclipse a la ciudadanía.
Que el ruido derrote a la reflexión.
Y que el espejo termine siendo más importante que el país que se refleja en él.
Al final, la historia enseña una lección bastante simple.
Los pueblos que buscan salvadores suelen terminar encontrando actores.
Los pueblos que buscan hombres providenciales suelen terminar descubriendo hombres
comunes.
Y los pueblos que convierten la política en espectáculo terminan aprendiendo, tarde o
temprano, que los efectos especiales nunca fueron una política de gobierno.
Porque las naciones no se construyen con rugidos. Las naciones se construyen con
instituciones.
Y las instituciones, para desgracia de los tiempos modernos, tienen un defecto
insoportable: No producen ovaciones.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
Investigador en historia política y comportamiento electoral.





