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Editorial 220: UN VIAJE EXPRESO A LA NOSTALGIA Casa Museo Musical del Quindío • Armenia, 19 de septiembre de 2026

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Hay canciones que uno no solo escucha: las recuerda. Apenas suenan los primeros acordes y algo comienza a moverse por dentro; una puerta que creíamos cerrada vuelve a abrirse, aparece una calle que ya no existe, regresa el rostro de alguien que se fue, vuelve aquella muchacha que alguna vez esperamos en una esquina, la primera fiesta, el primer beso, los zapatos de charol, la minifalda, el pantalón de bota ancha, una radiola encendida en la sala de la casa. Hay canciones que tienen la rara virtud de derrotar al calendario. Eso ocurrió el sábado 19 de septiembre de 2026 en la Casa Museo Musical del Quindío, en el parque Uribe de Armenia: durante unas horas el reloj pareció perder las manecillas y quienes estábamos allí emprendimos, sin maletas ni pasaporte, un viaje expreso a la nostalgia.

El motivo tenía algo de celebración y mucho de memoria. Los Willys cumplían cuarenta años de vida musical y escogieron esa fecha para volver sobre una de las voces que acompañó la juventud de toda una generación: Óscar Golden. Cuatro décadas no son poca cosa para un grupo que comenzó en 1986 como base de la taberna Baviera, frente al antiguo Teatro Bolívar, cuando Armenia tenía otra respiración nocturna y la música todavía se pedía al oído, alrededor de una mesa, y no mediante una pantalla. Carlos Alberto García, José Fernando Ortiz, Jairo Hernández y Daniel Ceballos han atravesado juntos buena parte de ese tiempo, llevando en percusión, guitarras, bajo, piano y voces una música que también envejeció con nosotros, aunque, curiosamente, cada vez que vuelve a sonar parece rejuvenecernos.

Años después, alrededor de otro lugar entrañable de la ciudad, El Yipao, Libaniel Marulanda encontró la expresión exacta para nombrar lo que hacían Los Willys: “un viaje expreso a la nostalgia”. No pudo decirlo mejor. Ellos no tocan solamente canciones: abren estaciones del pasado. Uno sube al primer acorde siendo el hombre o la mujer que es hoy y, tres minutos después, se baja cuarenta o cincuenta años atrás, en una fiesta, una serenata, una esquina o un amor cuyo nombre quizá ya no pronunciamos, pero que una melodía se empeña en recordar.

La Casa Museo Musical del Quindío fue el lugar preciso para ese encuentro. Allí la música no llega de visita: vive entre documentos, fotografías, instrumentos, voces y recuerdos que se resisten a desaparecer. Aquella tarde la casa dejó por momentos de ser museo para convertirse nuevamente en taberna, emisora, sala de baile y punto de encuentro. El homenaje a Óscar Golden hizo el resto. Volvieron Boca de chicle, Zapatos de pom pom, Embriágame, Amante latino, Por qué te vas… y cada canción traía una época escondida entre sus notas. Los Willys no interpretaban simplemente un repertorio; llamaban a los recuerdos por su nombre. Luego llegaron otras melodías de Piero, Alberto Vásquez, Sabú, Los Galos, Los Hermanos Arriagada, Buddy Richard, Leo Dan y Sandro. Cada una parecía caminar entre las sillas, tocar suavemente a alguien en el hombro y preguntarle: ¿se acuerda? Y claro que nos acordábamos.

Pero la tarde guardaba una historia dentro de la historia. En el intermedio apareció Libaniel Marulanda, en silla de ruedas, llevando consigo aquello que los años no han podido inmovilizar: la memoria. Venía a hablar de Óscar Golden y no acudió a la improvisación. Leyó un artículo suyo publicado en 2016 y recuperó un dato que toca directamente la memoria regional: el origen calarqueño del cantante. La palabra escrita encontró entonces respaldo en el documento: Álvaro Pareja, mostró y repartió entre los asistentes copia del registro civil de nacimiento expedido en la Notaría Primera de Calarcá. No parecían simples fotocopias pasando de mano en mano; eran pequeños fragmentos del álbum familiar y musical del Quindío, pruebas de que la memoria, cuando se investiga, deja de ser solamente evocación y adquiere nombres, fechas, lugares, tinta y papel.

Y ocurrió entonces uno de esos momentos que ningún programa anuncia y que, sin embargo, terminan definiendo una ceremonia. Wilson Rúa Bedoya pidió a los asistentes ponerse de pie. No era para acompañar una canción ni para recordar al artista ausente. Era para mirar a Libaniel. La sala entera se levantó y vino un aplauso largo, sonoro, cerrado; un aplauso que dejó de ser cortesía para convertirse en abrazo. Había una hermosa paradoja en aquella escena: Libaniel permanecía sentado y todos los demás estábamos de pie. Precisamente porque la vida ya no le permite levantarse como antes, aquella tarde fuimos nosotros quienes nos levantamos por él. Cada palma parecía decir gracias: por escribir, por investigar, por recordar, por impedir que nombres, personajes, músicas, calles y episodios de nuestra historia cotidiana se escapen por los agujeros del olvido. Y fue, además, un homenaje a tiempo, de esos que deberían prodigarse más: en vida, frente al homenajeado, mientras todavía puede escuchar el aplauso que le pertenece.

Wilson Rúa también recibió el suyo. Maestro de ceremonias de la jornada, prestó al encuentro esa voz grande, sonora, cálida, hecha durante años frente a los micrófonos. Álvaro Pareja Castro recordó su trayectoria y su aporte a la proyección de la cultura regional, incluso aquella gratitud expresada alguna vez por Darío Gómez hacia quien le abrió espacio en la radio cuando apenas comenzaba. Detrás de muchos artistas que luego llenan escenarios suele haber una voz que los nombró primero, un micrófono que se abrió cuando todavía casi nadie los conocía. La cultura también se construye así: con gestos que en su momento parecen pequeños y que los años terminan agrandando.

A ese diálogo entre generaciones se sumó el cantante quindiano Gerardo Santander, acompañando el acto con varias interpretaciones de aquel mismo universo musical. Su presencia no fue un adorno en el programa: ayudó a tender el puente entre la canción recordada y la canción nuevamente viva. Porque una melodía antigua no pertenece por completo al pasado mientras exista una voz dispuesta a devolverla al aire.

Al caer la tarde comprendimos que habíamos ido a escuchar música y terminamos encontrándonos con nosotros mismos. Óscar Golden fue el motivo; Los Willys, celebrando cuarenta años de fidelidad a una manera de hacer y sentir la música, pusieron los acordes; Libaniel Marulanda abrió el baúl y puso documentos sobre la mesa; Wilson Rúa prestó la voz y recibió también el abrazo de la memoria; Álvaro Pareja custodió la ceremonia desde una casa levantada precisamente contra el olvido; Gerardo Santander agregó sus canciones. Pero, detrás de todos ellos, había dos protagonistas silenciosos: el tiempo y la memoria.

Los años pasan con esa insolencia que tienen los años. Las ciudades cambian; los teatros desaparecen, las tabernas cierran, las casas son demolidas, los amigos envejecen y algunos se marchan para siempre. El Teatro Bolívar ya pertenece al territorio de los recuerdos; Baviera quedó atrás; El Yipao también se volvió memoria. Sin embargo, basta que alguien tome una guitarra, otro se siente frente al piano, unas manos busquen la percusión y una voz pronuncie las primeras palabras de una canción para que ocurra el pequeño milagro: regresan los sesenta, los setenta, los ochenta; vuelven las serenatas, las emisoras, las fiestas, los amores imposibles y aquella Armenia que ya no existe en sus edificios, pero continúa respirando dentro de quienes la vivimos.

Tal vez eso celebraron realmente Los Willys en sus cuarenta años: no solo la supervivencia de un grupo musical, sino la permanencia de una memoria compartida. Y acaso ese fue también el sentido más profundo del homenaje a Óscar Golden y de aquella tarde en la Casa Museo Musical del Quindío. Mientras quede una canción, mientras alguien conserve un documento, mientras exista quien cuente la historia y otro dispuesto a escucharla, el pasado conserva una pequeña trinchera desde donde defenderse del olvido. El 19 de septiembre fuimos a homenajear a un cantante, a celebrar cuarenta años de música y a escuchar viejas canciones. Pero cuando salimos de aquella vieja y hermosa casa del parque Uribe llevábamos algo más entre las manos. Por unas horas, el tiempo nos devolvió aquello que creíamos perdido; y cuando la última canción se apagó, comprendimos que la juventud no se había ido del todo: seguía allí, escondida en alguna melodía, esperando que alguien volviera a tocarla.

(*) Magíster en Ciencias Políticas

  • Investigador en historia política y comportamiento electoral
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