domingo, noviembre 1, 2026

Opinión de Colombia y el Mundo

Editorial 225: LA MEMORIA TAMBIÉN TIENE QUIEN LA DEFIENDA

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un encuentro con la historia, el arte y los afectos del Quindío

Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Hay pueblos que pierden su memoria porque el tiempo se la lleva. Otros, porque la indiferencia se la arrebata. Y algunos terminan acostumbrándose a vivir sin ella, como si el pasado fuera un estorbo, los muertos una incomodidad y la historia un montón de fotografías amarillentas. Afortunadamente quedan quienes se empeñan en contrariar al olvido. Saben que una sociedad puede levantar edificios, inaugurar avenidas y celebrar aniversarios sin alcanzar a comprender de dónde viene ni cuánto les debe a quienes la precedieron.

Algo de esa resistencia entrañable vivimos en Armenia los días 27 y 28 de octubre, durante la XXII Muestra de Cine y Video del Quindío, en la Casa del Libro Total. No asistimos simplemente a ver documentales. Nos reunimos con las voces de quienes se fueron, con los rostros que el tiempo había escondido y con los recuerdos que todavía nos permiten reconocernos. Entre escritores, artistas, historiadores y cultores, la memoria dejó de ser un asunto de archivos para volver a ser una experiencia compartida.

Detrás de la convocatoria estaba la perseverancia de Jorge Hernando Delgado Cáceres, alma del Cine Club El Mohán, quien ha dedicado décadas a buscar imágenes y testimonios que otros consideran desechables. Acompañó este encuentro la Fundación Casa Museo Musical del Quindío. No es poca cosa: en una época que premia lo inmediato, todavía hay personas que emplean su vida en salvar lo que merece permanecer. La Casa del Libro Total, espacio emblemático de la cultura regional, fue el escenario apropiado para esa conversación entre generaciones.

El corazón de la primera tarde tuvo nombre propio: Álvaro Nieto Cárdenas (1951-1984). Profesor de la Universidad del Quindío, animador de la vida literaria y artística y director de la revista Termita, murió asesinado en Palmira a los treinta y tres años. Treinta y tres: una edad en que tantos apenas comienzan a encontrar su voz. Con él se interrumpieron libros posibles, conversaciones, proyectos, aulas y afectos. La violencia no solo mata a una persona: también le roba a la sociedad parte del futuro que esa persona habría ayudado a construir.

Termita llevaba en su nombre una hermosa irreverencia: el pequeño insecto que penetra la madera y deja al descubierto lo que parecía sólido. Y su invitación a «descorrer los velos» tenía un significado que sigue vigente. La literatura no existe para adornar las ceremonias del poder ni para ponerle flores a nuestras complacencias. Existe también para incomodar, preguntar y hacer visible aquello que preferiríamos mantener oculto. Álvaro perteneció a una generación que entendió la cultura como encuentro, discrepancia, amistad y responsabilidad pública.

Por eso resultó tan conmovedora la mesa redonda y la exposición de carátulas de Termita. Allí fueron evocados sus días y su legado mediante la participación de Álvaro Pareja, Umberto Senegal, Olga Alicia Nieto, su apreciada hermana; Margarita su hija, Esteban Mateo Nieto, el hijo que no alcanzó a conocer; Gonzalo Osorio, Luis Fernando Patiño, Francisco Cifuentes, Ermano Parodi y Jorge Hernando Delgado. Cada uno acercó un fragmento de aquella historia. Ninguna memoria individual basta para reconstruir una vida; juntas, en cambio, las voces pueden devolverle espesor humano a una época.

También volvieron las imágenes de El Quindío que no habíamos visto, material inédito de Señal Memoria con registros de 1950 a 1980. No eran simples curiosidades de otros tiempos: calles, rostros y paisajes nos interrogaron sobre cuánto ha cambiado el territorio y cuánto hemos olvidado. El nacimiento de una esperanza, documental de 1966 encargado por Empresas Públicas de Armenia, gracias al empeño de Aldemar Restrepo, nos devolvió el proceso de creación del departamento. A su memoria se sumó la grata evocación de su «Bambuquito cafetero», interpretado por su entrañable hija Beatriz Eugenia Restrepo. A sesenta años de aquella fundación, la pregunta se impone: ¿qué hemos hecho con las esperanzas de quienes imaginaron el Quindío?

El mundo sonoro del Quindío prehispánico, de Martha Cecilia Valencia, llevó la mirada todavía más lejos. Nos recordó que nuestra historia no comenzó con los decretos ni con la colonización: hubo antes otros habitantes, otros modos de habitar la naturaleza y otros sonidos. Olvidarlos sería amputarle a la región sus raíces más profundas.

El miércoles 28 continuó el diálogo con 60 años de historia: una vida de esfuerzo (2026), de Ricardo Vejarano y Jean-François Guay. La galería de Armenia: un espacio con memoria viva (2025), de Verónica Ángel Caicedo, acompañada por su madre, Mónica Ángel, puso en primer plano la historia de los trabajadores, los oficios, las voces y los afectos de ese universo popular. Porque la ciudad no se cuenta solamente desde los despachos: también se escribe entre puestos de mercado, madrugadas y conversaciones.

La murga de Ariel (2010) y Los tres ídolos románticos y guaracheros (2020), trabajos de Martha Cecilia Valencia, rescataron el sonido de nuestra vida cotidiana. Aquel trío de Quimbaya y su interpretación de «La negra llorona» recordaron que una canción puede devolvernos una calle, una fiesta, una cantina, un amor o un amigo que ya no está. La música popular es memoria social, aunque algunos todavía crean que la cultura empieza y termina donde se sirve vino en copas finas.

El Quindío y el Bicentenario (2010), de Jorge Hernando Delgado Cáceres, permitió insertar nuestra historia regional en la del país. Quedó pendiente, pues no alcanzó a proyectarse, Construcción de PROVITEQ (1980), de Rubén Darío Henao Arango. Su sola inclusión abrió el recuerdo de aquella obra quijotesca de vivienda, posible gracias al liderazgo de Jairo Cardona Giraldo, a quien el Quindío le debe un reconocimiento. También las casas, los barrios y las manos que los levantan forman parte del patrimonio que merece narrarse.

Y aquí aparece la deuda que ninguna ovación cancela. ¿Dónde están los archivos de nuestras revistas, películas y canciones? ¿Cuántos testimonios morirán con sus protagonistas? Las administraciones suelen invocar la identidad regional con entusiasmo ceremonial, pero conservarla exige archivos accesibles, investigación, digitalización, presupuestos y continuidad. Resulta cómodo inaugurar una placa; bastante más difícil preservar aquello que la placa dice honrar. Peor todavía es esperar a que mueran los creadores para descubrir que merecían apoyo mientras estaban vivos.

En esos mismos días, el gobierno de Abelardo de la Espriella —ADLE— nos ofreció un contraste digno de la mejor ironía nacional. El 15 de octubre anunció su «contrarrevolución cultural», invocó la defensa del patrimonio y ordenó retirar de espacios públicos representaciones que consideró apología del terrorismo. Su argumento es evitar el adoctrinamiento estatal; precisamente por eso debería aceptar una regla elemental: la memoria histórica no es propiedad del gobernante. Si el poder decide qué imágenes se cuelgan, qué episodios se recuerdan y cuáles merecen desaparecer, el museo corre el riesgo de convertirse en la oficina de prensa del gobierno de turno.

La contradicción tiene su gracia amarga: mientras en Armenia unos ciudadanos rescataban imágenes, voces y carátulas para descorrer los velos, desde el poder se anunciaba una cruzada para decidir cuáles velos deben permanecer cerrados. Como si la historia admitiera un único editor, la cultura necesitara un certificado de buena conducta y los recuerdos que incomodan pudieran borrarse con una orden ministerial. ¡Qué curiosa manera de defender el patrimonio: empezar por discutir qué fragmentos de la memoria nacional pueden hacerse invisibles! La cultura no necesita un catecismo oficial, venga de la derecha o de la izquierda. Necesita libertad, pluralismo, contradicción y rigor.

Toda disputa cultural tiene implicaciones ideológicas; negarlo es otra forma de hacer ideología. Pero una democracia se mide justamente por su capacidad de permitir que convivan relatos diferentes, incluso aquellos que incomodan al gobernante. Defender la memoria no significa canonizar a todos sus protagonistas ni renunciar a discutir sus actos. Significa preservar las huellas y permitir que los ciudadanos investiguen, cuestionen y formen su propio juicio. Cuando la discrepancia se convierte en motivo de exclusión, la memoria deja de ser un bien común y empieza a parecerse a una lista de autorizados.

Al salir de aquellas dos tardes pensé en Álvaro Nieto, en su vida segada demasiado pronto y en las páginas de Termita; en quienes compartieron su historia; en Aldemar Restrepo, en la música, en los barrios y en los viejos rostros recuperados por una cámara. Pensé, sobre todo, en Jorge Hernando Delgado y en esa admirable obstinación de seguir buscando películas donde otros apenas ven cintas viejas. El mejor homenaje no es declarar que los recordamos: es impedir que las nuevas generaciones tengan que descubrirlos por casualidad.

La historia tiene una virtud que los tiranos jamás han logrado perdonarle: su incorregible costumbre de sobrevivir a quienes pretenden borrarla. Podrán retirar monumentos, proscribir libros, silenciar artistas, perseguir poetas y hasta decretar, con la solemnidad de quien confunde el poder con la eternidad, una flamante «contrarrevolución cultural». Pero hay un pequeño inconveniente: la memoria no obedece decretos, la historia no marcha al paso de los gobernantes y la cultura, por fortuna, nunca ha necesitado permiso de los déspotas para seguir respirando. Los tiranos suelen creerse dueños del presente, administradores del pasado y arquitectos del porvenir; olvidan que, mientras ellos levantan pedestales para su vanidad, la historia ya les está reservando un lugar, no precisamente entre sus héroes. Por eso, aquellas dos tardes de octubre en Armenia tuvieron algo de hermosa rebeldía: mientras unos quisieran enseñarnos a olvidar, otros nos reunimos para recordar. Y acaso esa sea la mayor ironía de todas: quienes pretenden borrar la memoria terminan siendo recordados, precisamente, por haber intentado borrarla.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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