viernes, agosto 14, 2026

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Editorial 212: Cuando el poder comienza a hablar antes de gobernar

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Unas campañas electorales terminan el día en que se conocen los resultados. Otras, por el contrario, apenas comienzan. Ya no está en disputa el voto de los ciudadanos; empieza a construirse la imagen del liderazgo que gobernará el país durante los próximos cuatro años. Creo que ese es, precisamente, el momento político que vive hoy Colombia.

Desde la campaña presidencial y durante los días posteriores a su elección, el presidente electo (ADLE) ha proyectado una imagen pública articulada alrededor de una serie de referentes cuya reiteración difícilmente puede considerarse casual. El tigre como emblema de fortaleza; el lema “Firmes con la Patria”; el saludo militar; una estética asociada al orden y la disciplina; la cercanía simbólica con las Fuerzas Armadas; escenarios cuidadosamente escogidos; un lenguaje que insiste en la autoridad, la firmeza y el mando; y una forma muy particular de presentarse ante la opinión pública.

Considerados de manera aislada, cada uno de estos elementos admite interpretaciones distintas. Todos podrían entenderse como recursos propios de una campaña o de una estrategia de comunicación. Sin embargo, observados en conjunto, empiezan a conformar un lenguaje político coherente, reconocible y consistente.

Quizá el hecho más significativo no sea la utilización de esos códigos por parte del propio presidente electo, sino la rapidez con la que empiezan a ser reproducidos por quienes han sido anunciados como sus colaboradores más cercanos. El mismo saludo militar y la expresión “Firmes con la Patria”, que durante la campaña aparecían asociados exclusivamente a su figura, comienzan ahora a escucharse en las intervenciones públicas de algunos de los futuros ministros y de integrantes de su equipo político.

Ese detalle merece una observación cuidadosa. Los símbolos adquieren verdadera fuerza cuando dejan de pertenecer únicamente al líder y pasan a ser compartidos por quienes lo rodean. La reiteración de un mismo lenguaje, de determinados gestos y de ciertos rituales termina normalizándolos. Poco a poco dejan de percibirse como una novedad para incorporarse al paisaje cotidiano de la comunicación política.

No corresponde afirmar, desde ahora, que exista la intención de convertir esos códigos en una nueva cultura institucional. Lo que sí puede advertirse es que el proceso de reproducción ya comenzó.

La construcción de esa imagen tampoco se ha limitado al plano simbólico. Durante las semanas posteriores a la elección se produjeron decisiones y anuncios que muchos interpretaron como los primeros pulsos políticos del presidente electo. La disputa por las presidencias del Senado y de la Cámara de Representantes, más allá de su resultado, permitió medir la capacidad de influencia del nuevo liderazgo sobre el Congreso. En el lenguaje coloquial de la política colombiana, fue una forma de “medir el aceite” de la relación entre el Ejecutivo que está por comenzar y el poder legislativo.

Algo similar ocurrió con la discusión sobre el lugar de la ceremonia de posesión presidencial. La solicitud inicial de realizarla en una guarnición militar rompía con una tradición republicana consolidada y abrió un debate institucional de enorme significado simbólico. La decisión del presidente saliente de no autorizar esa posibilidad obligó posteriormente a modificar la propuesta. El episodio terminó convirtiéndose en el primer pulso visible entre el presidente electo y quien todavía ejerce la jefatura del Estado. Más allá del desenlace, dejó una señal política evidente: incluso antes de asumir el cargo comenzaron a ponerse a prueba los márgenes de autoridad, las competencias institucionales y la capacidad de cada actor para defender su propia investidura.

Hasta aquí solo existen hechos. Los símbolos están ahí. Los gestos ocurrieron. Las decisiones fueron públicas. Los debates también.

Lo demás pertenece al terreno de la interpretación.

Y es precisamente allí donde aparece el fenómeno político más interesante.

Mientras unos ciudadanos encuentran en esas imágenes la expresión de un liderazgo fuerte, capaz de recuperar la autoridad del Estado, otros observan con preocupación una comunicación excesivamente concentrada en la figura presidencial. Algunos consideran que esos códigos fortalecen el sentido de dirección política; otros creen que pueden desplazar el protagonismo de las instituciones hacia el liderazgo personal. Las interpretaciones difieren, incluso pueden resultar opuestas.

Pero todas parten del mismo punto de observación.

Millones de colombianos están viendo exactamente los mismos símbolos.

Hay un hecho que conviene no perder de vista. Los ciudadanos rara vez conocen personalmente a quienes los gobiernan. Nunca estarán presentes en un consejo de ministros, ni escucharán las deliberaciones privadas del Presidente, ni observarán directamente la forma como adopta sus decisiones. Lo que realmente conocen es la representación pública que se construye alrededor de su liderazgo. Esa representación termina convirtiéndose en el principal punto de encuentro entre el poder y la ciudadanía.

Por eso los símbolos importan. No porque sustituyan los programas de gobierno ni porque permitan anticipar, por sí solos, el éxito o el fracaso de una administración. Importan porque moldean percepciones colectivas. Y esas percepciones, acertadas o equivocadas, también producen efectos políticos. Pueden generar confianza o desconfianza, despertar adhesiones o resistencias y alimentar expectativas o incertidumbres. La democracia también se construye desde ese universo de percepciones compartidas.

A mi juicio, ese es el aspecto verdaderamente llamativo del momento político que estamos viviendo. El debate ya no gira únicamente alrededor de las futuras decisiones del nuevo gobierno. Empieza a girar también alrededor de la imagen del poder que millones de ciudadanos creen estar observando.

No me interesa atribuir intenciones que hoy nadie está en condiciones de demostrar. Prefiero partir de un hecho verificable: la reiteración de determinados símbolos ha comenzado a construir una identidad política fácilmente reconocible. El tigre comunica una idea; el lema transmite otra; el saludo militar incorpora un mensaje; la escenografía de los actos públicos añade nuevos significados. Ninguno de estos elementos explica, por sí solo, el liderazgo del presidente electo. Juntos, sin embargo, proyectan una narrativa dotada de coherencia y de sentido.

No resulta especialmente relevante discutir si Abelardo de la Espriella recurre a los símbolos. Todo liderazgo político lo hace. Tampoco tendría rigor académico anticipar, antes de tiempo, el estilo con el que ejercerá el gobierno. Lo verdaderamente significativo consiste en advertir que, incluso antes de asumir la Presidencia, empieza a perfilarse una determinada concepción de la autoridad. Los gestos, los rituales, el lenguaje, la puesta en escena y las disputas institucionales observadas durante la transición no son episodios aislados. Forman parte de una construcción política que busca redefinir la manera como el poder presidencial se representa frente a la sociedad y frente al propio Estado.

Los hechos analizados no permiten anticipar cómo será el gobierno de Abelardo de la Espriella. Sí permiten identificar un fenómeno políticamente relevante: la construcción anticipada de una nueva representación del poder presidencial. La historia política demuestra que las instituciones rara vez cambian de un día para otro. Antes de transformarse jurídicamente, cambian en el imaginario colectivo; antes de modificarse en las leyes, se transforman en los rituales; antes de alterar las reglas, alteran los símbolos. Por esa razón, el verdadero objeto de análisis no es la personalidad del nuevo mandatario, sino la cultura política que empieza a edificarse alrededor de su liderazgo.

Si esa narrativa terminará consolidándose como una nueva cultura política o encontrará los contrapesos propios de una democracia constitucional es una cuestión que solo responderá el ejercicio del gobierno. Lo que sí puede afirmarse desde ahora es que los primeros indicios ya están presentes y merecen ser observados con atención. Los cambios institucionales casi nunca comienzan con las reformas legales; suelen anunciarse mucho antes, en el terreno de los símbolos, de los lenguajes y de las prácticas que, lentamente, buscan convertirse en normalidad.

Porque los gobiernos cambian. Las leyes se reforman. Los decretos pueden derogarse. Las políticas públicas suelen modificarse con el paso de los años. Las culturas políticas, en cambio, evolucionan con mayor lentitud y dejan huellas mucho más profundas que un período presidencial.

Por eso la discusión de fondo trasciende la coyuntura e incluso la figura del propio ADLE. La cuestión esencial consiste en comprender hasta dónde puede llegar un liderazgo en la construcción de nuevos referentes de autoridad sin alterar el equilibrio que debe existir entre el liderazgo político, la fortaleza de las instituciones y la cultura democrática de una sociedad. Una democracia necesita dirigentes capaces de inspirar y orientar; pero necesita, con igual intensidad, instituciones suficientemente sólidas para que ningún símbolo, por poderoso que resulte, termine ocupando el lugar que corresponde al Estado de derecho.

Quizá ese sea el verdadero debate que apenas comienza. No el debate sobre un gobierno que todavía no inicia, sino sobre la manera como una sociedad interpreta los signos del poder antes de que el poder empiece a ejercerse. Será el tiempo —y no la campaña, ni la transición, ni las primeras percepciones— el que permita establecer si esa imagen de liderazgo terminó fortaleciendo la institucionalidad democrática, si quedó reducida a una eficaz estrategia de comunicación política o si marcó el inicio de una transformación más profunda en la cultura política colombiana.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

 

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