domingo, septiembre 20, 2026

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Editorial 219: Dos encuentros con la memoria: cuando los maestros conquistaron sus derechos

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Dos encuentros, dos diálogos fraternos. Los días 10 y 18 de septiembre nos reunimos en la finca El Vaticano, sede de Bambú Comunicaciones, con un grupo de antiguos dirigentes sindicales del magisterio quindiano. No fuimos allí a dictar una conferencia ni a reconstruir el pasado desde la frialdad de un archivo. Fuimos a conversar. A preguntarle a la memoria por nombres, rostros, colegios, organizaciones, marchas, asambleas, paros, conquistas y compañeros que ya no están; a juntar recuerdos que permanecían dispersos y a hacer, entre todos, una semblanza de aquellos años en que ser maestro significaba mucho más que entrar al aula, tomar una tiza y pararse frente a un tablero. La memoria hizo lo suyo: abrió puertas que parecían cerradas, desempolvó nombres, provocó sonrisas y permitió reconstruir una época en la que educación, movimiento estudiantil y organización sindical caminaron muchas veces por la misma calle.

Alrededor de la mesa estaban Arley Arias Zuleta, viejo dirigente estudiantil del Instituto Técnico Industrial en los años 1970 y 1971, después profesor del mismo colegio, dirigente de ANDEPET y posteriormente de APROMEQUIN; Jesús Antonio Toro, dirigente del Colegio Nacional Jesús María Ocampo, de ACPES y luego de APROMEQUIN; Hugo Alfaro Ortiz, dirigente durante varios periodos del SUTEQ, nacido en Puerto Tejada y convertido por elección de vida en caucano-quindiano, a quien, para utilizar la frase de aquella vieja publicidad de las tejas, “no le pasan los años, sólo la luz”; Manuel Gómez Sabogal, dirigente sindical de la Normal Nacional durante los setenta y posteriormente profesor de la Universidad del Quindío, quien volvió sobre las luchas de ANAMAC; Gonzalo Cardona López, dirigente político y sindical de ACEINEM, con responsabilidades también en su dirección nacional y participante del proceso de acercamiento que condujo hacia la unidad sindical; Gustavo Montoya, dirigente de APROMEQUIN, del FAFS y del grupo que, junto con Jairo Cardona Giraldo, impulsó PROVITEQ, además encargado del proceso contable de liquidación de SIEPOQUI y APROMEQUIN cuando llegó la hora de fusionarse; y Carlos Eduardo Leyva, uno de los dirigentes sindicales y políticos de izquierda más reconocidos de aquella generación, durante varios años presidente de SIEPOQUI, organización de los maestros de primaria que tuvo entre sus figuras entrañables a Rosa Silvia Barrera, su primera presidenta.

Escuchándolos comprendí nuevamente algo que a veces olvidamos cuando contamos la historia desde las instituciones: antes de existir el SUTEQ existieron los maestros; antes de la unidad existió la fragmentación; y antes de los derechos estuvieron las luchas para conquistarlos. No puede entenderse la organización sindical del magisterio quindiano sin comprender primero cómo se construyó la educación pública en el departamento. La escuela primaria, los colegios de secundaria, las escuelas normales, los colegios nacionales, el Instituto Técnico Industrial y posteriormente el INEM no fueron piezas aisladas. Cada uno respondió a momentos diferentes de expansión de la educación colombiana y produjo, al mismo tiempo, modalidades distintas de vinculación laboral y de organización gremial.

El Quindío nació como departamento en 1966 y tuvo que comenzar a construir también su propia institucionalidad educativa. La escuela primaria se extendía por municipios, corregimientos y veredas; la Normal preparaba los maestros que luego serían enviados a enseñar; los colegios ampliaban la secundaria y los establecimientos nacionales dependían de estructuras administrativas diferentes de aquellas que regían a buena parte del magisterio territorial. Crecía la educación, sí, pero crecía fragmentada. Y esa fragmentación administrativa terminó expresándose también en la organización de los educadores.

Por eso aparecieron organizaciones distintas: SIEPOQUI, alrededor de los maestros de primaria; APROMEQUIN, entre profesores de enseñanza media del Departamento; ANDEPET, entre docentes de enseñanza técnica; ACPES, entre profesores nacionales de secundaria; ANAMAC, entre maestros consejeros; ACEINEM, vinculada a los educadores del INEM. No eran simples siglas. Detrás de cada una había maestros intentando responder a problemas concretos de su condición laboral. Diferentes patronos públicos, distintas formas de vinculación, salarios desiguales, dificultades para ascender, pagos atrasados, inestabilidad y una profesión que todavía luchaba por conseguir pleno reconocimiento dentro del Estado.

La escuela normal desempeñó en este proceso un papel que merece ser recordado. Allí no solamente se aprendía a enseñar; se construía una identidad. El maestro fue adquiriendo conciencia de que ejercía una profesión y de que esa profesión requería reglas propias, formación, estabilidad, carrera y reconocimiento salarial. Algo semejante ocurrió en los colegios nacionales, el Instituto Técnico Industrial, el Jesús María Ocampo y posteriormente el INEM. Muchos de aquellos establecimientos terminaron convertidos, además de centros educativos, en espacios de discusión social, estudiantil y gremial. Arley Arias representa bien aquella transición: primero dirigente estudiantil del Instituto Técnico y después maestro y dirigente sindical. No fue una excepción. Una generación aprendió desde muy joven que la educación podía ser también escenario de participación social.

Y entonces apareció una palabra que atravesó buena parte de nuestras dos conversaciones en El Vaticano: lucha. Hoy puede resultar fácil mirar una tabla salarial, hablar del escalafón, reclamar un ascenso o considerar natural la estabilidad laboral. Pero hubo un tiempo en que nada de eso era natural. El maestro dependía demasiado de decisiones administrativas y políticas; no existía una carrera homogénea que protegiera suficientemente su trayectoria profesional y las desigualdades entre docentes eran profundas.

Las movilizaciones de los años sesenta y setenta comenzaron a cambiar aquella realidad. FECODE, fundada en 1959, fue articulando organizaciones regionales y sectoriales y convirtió problemas dispersos en reivindicaciones nacionales. Las luchas dejaron de ser solamente las de un maestro, un colegio o un departamento para transformarse progresivamente en luchas del magisterio colombiano. Y aquello tuvo consecuencias. El Estado tuvo que negociar con una fuerza social que había aprendido a organizarse.

Una de las transformaciones fundamentales fue la Ley 43 de 1975, mediante la cual avanzó la nacionalización de la educación primaria y secundaria oficial y la Nación asumió progresivamente gastos que anteriormente recaían sobre departamentos y municipios. Fue un cambio trascendental porque detrás de aquella dispersión financiera estaban muchas de las desigualdades que padecían los maestros.

Pero la conquista que quedó grabada con mayor fuerza en la memoria de quienes conversamos en El Vaticano fue el Estatuto Docente de 1979. El Decreto 2277 estableció un régimen especial para el ejercicio de la profesión y estructuró el Escalafón Nacional Docente. No fue simplemente una nueva norma. Significó carrera, estabilidad, reglas para ascender y reconocimiento de la profesionalización del maestro. El escalafón transformó la relación entre el educador y el Estado: la formación y la experiencia podían convertirse en ascenso y el ascenso en reconocimiento profesional y salarial.

Eso fue lo que aquellos dirigentes quisieron dejar claro durante nuestros encuentros: los derechos no llegaron envueltos para regalo. Detrás estuvieron paros, movilizaciones, detenciones, encarcelaciones, asambleas, negociaciones y organización. La historia sindical podrá discutirse desde muchas perspectivas, pero resulta imposible comprender el 2277 sin el ciclo de luchas docentes que lo antecedió.

Y el Quindío estuvo allí. SIEPOQUI, APROMEQUIN, ANDEPET, ACPES, ANAMAC y ACEINEM representaron diferentes vertientes de una misma corriente. Unos venían de primaria; otros de secundaria; unos de colegios nacionales; otros de la enseñanza técnica, de las normales o del INEM. Tenían identidades particulares, dirigentes diferentes y también discusiones políticas propias. Pero la experiencia fue demostrando algo elemental: divididos podían protestar; unidos podían negociar con mayor fuerza.

De ese aprendizaje nació la necesidad de la unidad. El SUTEQ no apareció por generación espontánea. Fue el resultado de un largo camino anterior, de acercamientos, debates y renuncias a parcelas organizativas construidas durante años. Cuando SIEPOQUI y APROMEQUIN avanzaron hacia su fusión, detrás de la decisión administrativa de liquidar dos organizaciones para construir otra había un cambio político mucho más profundo: maestros de primaria y secundaria comenzaban a reconocerse como integrantes de un mismo sujeto colectivo.

Quizá por eso estos dos encuentros en El Vaticano tienen un significado que supera la nostalgia. No nos reunimos para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Nos reunimos para escuchar a quienes estuvieron allí y recuperar una memoria que comienza a escaparse si no la recogemos ahora. Los documentos podrán decirnos la fecha de una resolución, quién integraba una junta directiva o cuándo se declaró determinado paro; pero solamente quienes vivieron aquellos años pueden contar qué significaba asistir a una asamblea, enfrentarse a una administración, organizar una movilización o convencer a otros maestros de que la unidad era necesaria. El archivo conserva el hecho; la memoria conserva la vida que hubo detrás del hecho.

Y esa memoria tiene hoy una tarea pendiente. Más de cuatro décadas después de aquella conquista de 1979, el magisterio colombiano continúa trabajando bajo dos estatutos profesionales: el Decreto 2277 de 1979 y el Decreto 1278 de 2002. No son dos simples números jurídicos: establecen estructuras diferentes de carrera, escalafón, ingreso, permanencia, ascenso y remuneración.

Tal vez allí esté la gran enseñanza que aquellos viejos dirigentes dejaron sobre la mesa de El Vaticano. Si la generación de los sesenta y setenta fue capaz de organizarse para conquistar un estatuto, un escalafón, estabilidad y mejores condiciones salariales y prestacionales, la generación actual tiene frente a sí el desafío histórico de conquistar un nuevo Estatuto Docente y un nuevo escalafón que supere la división entre educadores regidos por el 2277 y educadores regidos por el 1278. No se trata de borrar derechos adquiridos ni de igualar hacia abajo; se trata de construir un régimen común que reconozca derechos, formación, experiencia, mérito y dignidad profesional. Porque resulta difícil justificar que dos maestros que llegan cada mañana a la misma escuela, enseñan a los mismos niños, enfrentan los mismos problemas, responden ante la misma comunidad y cumplen la misma función social continúen recorriendo carreras profesionales y estructuras remunerativas diferentes. La naturaleza de su oficio es la misma, su responsabilidad frente a la sociedad también. Si ayer la unidad permitió conquistar derechos, quizá hoy la memoria de aquellas luchas esté recordándole al magisterio que todavía queda una conquista por hacer.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

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