miércoles, septiembre 30, 2026

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Editorial 204: Quindío hacia la segunda vuelta presidencial de 2026: polarización afectiva, voto útil, voto del miedo y las posibilidades de construir una mayoría

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Los resultados de la primera vuelta presidencial en el Quindío ofrecen una oportunidad excepcional para comprender cómo están evolucionando los comportamientos electorales en Colombia. Más allá de los números, las elecciones permiten observar procesos más profundos relacionados con las emociones políticas, las identidades partidistas, las percepciones de amenaza y los cálculos estratégicos que realizan los ciudadanos cuando deben tomar una decisión electoral en contextos altamente polarizados.

Una lectura superficial de los resultados podría conducir a una conclusión aparentemente sencilla: Abelardo de la Espriella obtuvo una victoria contundente con 142.807 votos, equivalentes al 47,73% de los sufragios depositados, mientras Iván Cepeda alcanzó 94.318 votos, correspondientes al 31,52%. La diferencia entre ambos supera los 48.000 votos y parecería configurar una ventaja considerable de cara a la segunda vuelta.

Sin embargo, los estudios contemporáneos sobre comportamiento electoral advierten que las primeras vueltas rara vez permiten anticipar de manera automática el desenlace definitivo de una elección presidencial. Las segundas vueltas constituyen escenarios políticos distintos. Cambian los incentivos de los candidatos, cambian los cálculos de los votantes, cambian las alianzas y, sobre todo, cambian las emociones que orientan la decisión electoral.

Para comprender lo que puede ocurrir en el Quindío resulta necesario observar primero la estructura ideológica que revelan los resultados.

Si se agrupan los candidatos de acuerdo con su afinidad política, la derecha obtuvo aproximadamente 174.541 votos; la izquierda, representada por Iván Cepeda, alcanzó 94.318; y el conjunto de candidaturas ubicadas en el centro reunió cerca de 19.357 sufragios. A primera vista, el departamento parece conservar una inclinación estructural favorable a la centroderecha y la derecha.

Pero esta constatación requiere una precisión fundamental.

La teoría del comportamiento electoral demuestra que los ciudadanos no votan exclusivamente guiados por identidades ideológicas estables. En determinadas circunstancias las emociones políticas pueden adquirir mayor relevancia que las afinidades doctrinarias. Precisamente allí aparece uno de los conceptos más importantes para comprender la elección de 2026: la polarización afectiva.

Durante décadas los analistas estudiaron la polarización como una divergencia ideológica entre ciudadanos. Sin embargo, las investigaciones más recientes muestran que las democracias contemporáneas están experimentando un fenómeno diferente. Los ciudadanos no necesariamente se encuentran más alejados en sus posiciones programáticas, pero sí parecen experimentar niveles crecientes de simpatía hacia quienes piensan como ellos y de rechazo hacia quienes apoyan opciones distintas. La confrontación deja de ser principalmente ideológica para convertirse en emocional.

En ese contexto, el adversario deja de ser percibido como un contradictor legítimo y comienza a ser visto como una amenaza. El debate sobre programas de gobierno pierde protagonismo y es reemplazado por narrativas orientadas a despertar miedo, esperanza, indignación o rechazo. La campaña presidencial de 2026 parece haber transitado precisamente por ese camino.

Esta circunstancia resulta especialmente importante para interpretar el crecimiento de Abelardo de la Espriella durante la campaña y el comportamiento electoral observado en la primera vuelta.

Durante varios meses, buena parte de la discusión pública giró alrededor de la posibilidad de que Iván Cepeda pudiera ganar la Presidencia e incluso obtener una victoria contundente. Las encuestas lo ubicaban sistemáticamente en el primer lugar y numerosos análisis comenzaron a plantear escenarios de triunfo relativamente cómodo.

Desde una perspectiva comunicacional, esa narrativa buscaba proyectar fortaleza y liderazgo. Sin embargo, desde la psicología política pudo producir simultáneamente un efecto diferente: estimular una movilización defensiva entre amplios sectores que rechazaban esa posibilidad. Cuando una candidatura genera elevados niveles de rechazo, la percepción de que su triunfo se encuentra próximo suele activar conductas electorales orientadas a impedir ese resultado.

Es precisamente allí donde aparece el fenómeno conocido como voto útil.

Los ciudadanos dejan de preguntarse quién representa mejor sus convicciones y comienzan a preguntarse quién tiene mayores posibilidades de derrotar al adversario que perciben como una amenaza. La decisión electoral deja de estar orientada exclusivamente por la identidad política y comienza a organizarse alrededor de cálculos estratégicos.

La experiencia de la denominada Gran Consulta por Colombia resulta particularmente ilustrativa. En marzo participaron más de cinco millones ochocientos mil ciudadanos. Paloma Valencia obtuvo más de tres millones doscientos mil votos y se convirtió en la ganadora indiscutible de ese proceso. Sin embargo, semanas después alcanzó apenas 1.639.685 votos en la primera vuelta presidencial. La diferencia es demasiado grande para explicarse simplemente como una pérdida de apoyo político. Lo que parece haber ocurrido es una reconfiguración estratégica de una coalición que nunca fue ideológicamente homogénea.

Dentro de la consulta coexistían sectores uribistas, conservadores, liberales antipetristas, dirigentes de la U, votantes cristianos, sectores tecnocráticos y franjas moderadas del centro político. Mientras el objetivo consistía en seleccionar un candidato común, esa diversidad pudo mantenerse articulada. Pero cuando comenzó la primera vuelta y surgió la pregunta sobre quién tenía mayores posibilidades reales de enfrentar a Iván Cepeda, los incentivos cambiaron radicalmente.

Muchos ciudadanos que habían acompañado a Paloma Valencia en marzo parecen haber concluido que Abelardo de la Espriella representaba la alternativa más competitiva para impedir una eventual victoria de Cepeda. Lo que se produjo no fue una conversión ideológica sino una concentración estratégica del voto opositor.

La comparación con las elecciones de 2022 ayuda a comprender mejor este fenómeno.

En la primera vuelta de ese año, las candidaturas de derecha sumaron cerca del 60% de la votación departamental. Gustavo Petro alcanzó el 30,47% y el centro apenas superó el 5%. En la segunda vuelta, Rodolfo Hernández absorbió la mayor parte de los apoyos provenientes de Federico Gutiérrez, John Milton Rodríguez y otros candidatos eliminados, incrementando su votación en más de setenta mil sufragios.

Sin embargo, la situación actual presenta diferencias importantes.

Rodolfo Hernández partía de una base relativamente baja y disponía de un enorme reservorio de votos de derecha que aún no se habían concentrado. Abelardo, por el contrario, ya logró realizar buena parte de esa agregación durante la primera vuelta. Su votación incorpora una proporción significativa del electorado opositor que anteriormente se encontraba disperso.

Por ello, asumir que los más de veintisiete mil votos de Paloma Valencia pasarán automáticamente a Abelardo constituye una simplificación excesiva. La propia naturaleza de la Gran Consulta demuestra que dentro de esos apoyos coexistían sectores moderados y centristas que no necesariamente comparten una identidad política de derecha. Una parte de ellos podría inclinarse hacia Abelardo; otra podría respaldar a Cepeda; algunos podrían optar por el voto en blanco y otros podrían abstenerse.

En consecuencia, la disputa principal de la segunda vuelta parece concentrarse en tres grandes escenarios.

El primero corresponde a los electores de centro. Aunque numéricamente son menos que los bloques principales, poseen una importancia estratégica extraordinaria porque pueden inclinar el equilibrio en una contienda cerrada. Históricamente, estos votantes suelen mostrar mayor autonomía frente a las orientaciones de dirigentes y partidos. Sus decisiones dependen más de las narrativas construidas durante la campaña, de la percepción de moderación, de la capacidad de generar confianza y de las expectativas de gobernabilidad.

El segundo escenario corresponde a los votantes de las candidaturas eliminadas de derecha y centroderecha. La pregunta no es si respaldarán mayoritariamente a Abelardo. Probablemente una proporción significativa lo hará. La verdadera pregunta es cuál será la magnitud de esa transferencia y cuántos electores decidirán conservar su autonomía política.

El tercer escenario, y quizás el más importante, corresponde a la abstención.

De los 504.934 ciudadanos habilitados para votar en el Quindío, más de 205.000 no participaron en la primera vuelta. Esa cifra supera ampliamente la diferencia existente entre los dos finalistas. En términos estrictamente electorales, el principal reservorio de votos disponible no se encuentra entre quienes respaldaron a otros candidatos, sino entre quienes decidieron no acudir a las urnas.

Por esa razón, la segunda vuelta probablemente se definirá menos por la transferencia mecánica de apoyos y más por la capacidad de movilizar nuevos electores.

Desde esta perspectiva, la ventaja inicial de Abelardo es evidente. El Quindío continúa mostrando una estructura electoral inclinada hacia la centroderecha y la derecha. Los antecedentes de 2022 y los resultados de la primera vuelta de 2026 así lo indican.

Pero simultáneamente Iván Cepeda dispone de un espacio potencial de crecimiento considerable. Parte de una votación superior a la obtenida por Gustavo Petro en la primera vuelta de 2022 y puede aspirar a conquistar segmentos del centro, sectores moderados de la Gran Consulta y una fracción de los abstencionistas.

La conclusión fundamental es que la primera vuelta no resolvió la elección. Solamente definió quiénes continúan en competencia.

Como ocurre en las competencias deportivas de eliminación directa, once candidatos buscaban ocupar dos lugares en la final. Los ciudadanos ya decidieron quiénes clasificaron. Pero la verdadera disputa comienza ahora. Los votos obtenidos en la primera vuelta constituyen apenas el punto de partida. Lo que determinará el resultado final será la capacidad de cada candidato para ampliar su coalición electoral, interpretar las emociones dominantes de la sociedad, atraer a los votantes moderados y movilizar a quienes permanecieron al margen de la primera contienda.

En otras palabras, la elección que acaba de concluir explica cómo llegaron los candidatos a la final. La elección que comienza ahora decidirá quién logra convertirse en mayoría. Y en un escenario atravesado por polarización afectiva, voto útil, voto del miedo y movilización estratégica, ninguna ventaja inicial puede considerarse definitiva. La historia electoral colombiana demuestra que las segundas vueltas no pertenecen al pasado de los candidatos, sino a su desempeño durante las semanas decisivas que aún están por venir.

Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

 

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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