Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
Hay momentos en la política en los que las cifras dejan de ser solo números y comienzan a contar una historia más profunda. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con las encuestas recientes. No estamos frente a un simple ranking de candidatos; estamos ante la antesala de una reconfiguración del poder.
Los datos de GAD3, el Centro Nacional de Consultoría y la más reciente medición de Guarumo–EcoAnalítica coinciden en lo esencial y, al mismo tiempo, revelan matices que son decisivos. En GAD3, Iván Cepeda aparece con 35%, Abelardo de la Espriella con 21%, Paloma Valencia con 16%, Claudia López con 4% y Sergio Fajardo con un nivel cercano al 4%. En la medición del Centro Nacional de Consultoría, Cepeda y Aída Quilcué registran 34,5%, Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo 22,2%, Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo 15,4%, Claudia López y Leonardo Huerta 3,7% y Sergio Fajardo y Edna Bonilla 3,6%. Sin embargo, la encuesta más reciente de Guarumo–EcoAnalítica introduce un elemento nuevo y relevante: además de ubicar a Cepeda en 37,5%, a De la Espriella en 20,2% y a Paloma Valencia en 19,9%, registra a Sergio Fajardo con 11,0%, evidenciando un repunte significativo del voto de centro que, aunque no lo posiciona en disputa directa por el segundo lugar, sí lo convierte en un actor con mayor capacidad de incidencia en la segunda vuelta.
La lectura rápida diría que hay un ganador claro. Pero la política, sobre todo en Colombia, rara vez se define en la superficie. Porque lo que realmente están mostrando estas encuestas no es quién va primero, sino cómo se va a decidir la segunda vuelta.
Cepeda tiene hoy una ventaja que no es menor: un voto duro, cohesionado, disciplinado. Ese 34%–37,5% no es una cifra volátil; es una base estructural. Pero también es, en gran medida, su frontera natural. En Colombia, ningún candidato gana con su base. Gana con lo que logra sumar por fuera de ella.
Y ahí es donde aparece la otra mitad de la historia.
La derecha, fragmentada entre Paloma Valencia (16%–22,2%–19,9%) y Abelardo de la Espriella (15,4%–21%–20,2%), suma en conjunto entre 35% y 40%. Es decir, hay una mayoría potencial que hoy no lidera, pero que podría decidir. El problema no es la falta de votos; es la dificultad de convertirlos en una sola corriente.
Porque en política no basta con sumar. Hay que transferir. Y no todo se transfiere.
Todo parece indicar que para la primera vuelta solo Cepeda tiene asegurado el paso. El segundo lugar, el único que queda en disputa, se lo juegan dos candidaturas con perfiles distintos, pero pesos similares: Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Y, más allá de quién logre ese cupo, la elección del presidente en segunda vuelta dependerá de algo más profundo que la suma de porcentajes: dependerá de qué candidato logre movilizar a los ciudadanos que hoy no están plenamente alineados. Es decir, los indecisos, los abstencionistas, el voto en blanco, los no marcados, el voto de los ciudadanos libres y el voto de opinión. En últimas, quien logre llegar al cerebro y al corazón del votante será quien transforme una minoría en mayoría.
Si la segunda vuelta fuera entre Cepeda y Paloma Valencia, buena parte del electorado de De la Espriella migraría hacia ella. Entre el 65% y el 75%, según estimaciones razonables. Pero un segmento importante —entre el 15% y el 20%— podría no acompañar ese tránsito. Algunos se abstendrán. Otros no se sentirán representados. Y unos pocos, incluso, podrían votar en sentido contrario. Ese es el punto que suele pasarse por alto: los votos no son propiedad de los candidatos. Son decisiones que se renuevan.
El centro, por su parte, deja de ser marginal en este escenario. Con Fajardo en 11,0% en Guarumo y alrededor de 3,6%–4% en otras mediciones, y Claudia López en 3,7%–4%, este bloque puede moverse entre el 10% y el 15% dependiendo de la encuesta. Ese electorado no vota por identidad rígida, sino por comparación. Entre un 35% y un 45% podría inclinarse hacia Cepeda; entre un 30% y un 40% hacia una candidatura de derecha; y otro grupo, nada despreciable, podría simplemente retirarse del juego. Es el voto que duda, pero que en esa duda inclina la balanza.
Y luego está el voto que no aparece claramente en las encuestas: el indeciso, el distante, el que decide en el último momento. Ese que no tiene dueño. Ese que no responde a estructuras. Ese que, al final, define.
Cuando se cruzan todos estos movimientos, el resultado deja de ser previsible. Una segunda vuelta entre Cepeda y Paloma Valencia no tiene hoy un ganador claro. Es un empate técnico. Una elección que se movería en márgenes mínimos, donde la movilización, la narrativa y el rechazo pesan tanto como la intención de voto.
El escenario cambia si el rival de Cepeda es De la Espriella. Allí la transferencia de votos es menos eficiente. Parte del electorado de Paloma no lo acompañaría plenamente: entre un 60% y un 70% migraría hacia él, pero entre un 20% y un 25% podría abstenerse. El centro tendería a inclinarse más hacia Cepeda, no por afinidad, sino por contraste. Y esa diferencia podría inclinar la balanza.
Aquí emerge una verdad incómoda pero necesaria: no todos los candidatos que compiten tienen la misma capacidad de ganar. Hay quienes representan con fuerza una identidad, pero no logran ampliarla. Y hay quienes, sin ser los más votados en primera vuelta, pueden convertirse en el punto de encuentro de sectores distintos.
Eso es lo que realmente se juega en la segunda vuelta.
No es una suma. Es una transformación.
Es el momento en que el elector deja de preguntarse quién lo representa y comienza a preguntarse qué país quiere evitar… o cuál está dispuesto a intentar.
Por eso, la pregunta no es quién va primero hoy.
Es quién puede crecer mañana.
Quién puede reducir su rechazo.
Quién puede hablarle a quien hoy no lo escucha.
Porque cuando llegue la segunda vuelta, el país no estará eligiendo entre catorce candidatos. Estará eligiendo entre dos caminos.
Y en ese momento, cada voto tendrá que decidir si se queda donde estaba… o cambia de rumbo.
(*) Magister en Ciencias Políticas
- Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
- Investigador en historia política y comportamiento electoral.





