sábado, agosto 15, 2026

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ENSAYO (2) INTRODUCCIÓN El poder nunca se ejerce desnudo

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

El poder nunca se ejerce desnudo. ¹ Incluso cuando aparece revestido por la legalidad, los procedimientos y las instituciones, necesita hacerse visible, construir un lenguaje y proyectar una imagen que permita reconocerlo, comprenderlo y legitimarlo. Como sostuvo Ernst Cassirer (1947), las sociedades no se relacionan con la realidad política de manera inmediata, sino mediante sistemas simbólicos que organizan la experiencia colectiva y dotan de sentido a las formas de autoridad.

Las constituciones distribuyen competencias, establecen límites y organizan las relaciones entre los poderes públicos; los símbolos, en cambio, dotan de significado a la autoridad, traducen su sentido político y la proyectan sobre la conciencia colectiva. De ahí que el poder actúe simultáneamente sobre dos planos inseparables: el jurídico y el simbólico. Mientras el primero define quién puede ejercer la autoridad, el segundo contribuye a explicar por qué esa autoridad resulta legítima para la comunidad política. ²

Toda forma de gobierno produce, por ello, una determinada representación del poder. Las ceremonias de posesión, los emblemas oficiales, los escenarios desde los cuales habla el gobernante, los gestos de autoridad, las consignas y la manera como el liderazgo se presenta ante la sociedad no constituyen elementos accesorios de la vida política. Integran un sistema de representación mediante el cual un gobierno define su identidad, interpreta la nación y propone una determinada relación entre gobernantes, instituciones y ciudadanía. Murray Edelman (1991) advirtió que buena parte de la política moderna se desarrolla precisamente a través de este universo simbólico, en el cual las imágenes y los relatos poseen tanta capacidad de movilización como las decisiones gubernamentales. ³

El problema adquiere una dimensión distinta cuando esos elementos dejan de operar como manifestaciones aisladas y comienzan a integrarse en un lenguaje coherente del poder. En ese momento, el símbolo deja de acompañar a la autoridad para convertirse en uno de sus mecanismos de organización. Define jerarquías, establece códigos de pertenencia, orienta comportamientos y configura una forma compartida de interpretar el ejercicio del gobierno. Pierre Bourdieu (2000) denominó poder simbólico a esa capacidad de producir reconocimiento social e imponer una determinada visión del mundo sin necesidad de recurrir permanentemente a la coerción. ⁴

Esta posibilidad obliga a diferenciar fenómenos que con frecuencia se confunden. La existencia de un liderazgo fuerte no equivale, por sí misma, a una concentración autoritaria del poder. Del mismo modo, la utilización intensiva de símbolos no implica necesariamente una ruptura del orden constitucional. Las democracias requieren dirección política, identidad gubernamental y capacidad de movilización. La dificultad surge cuando la legitimidad del liderazgo tiende a presentarse como fuente principal de legitimidad institucional; cuando la identidad del gobierno comienza a confundirse con la identidad del Estado; o cuando la adhesión a una persona adquiere mayor relevancia que la fidelidad a la Constitución, a las instituciones y a los principios permanentes de la República.

La transición presidencial colombiana de 2026 constituye un escenario particularmente revelador para examinar estas tensiones. No porque el caso colombiano sea excepcional, sino porque permite observar, desde una etapa temprana, la construcción de un nuevo repertorio simbólico del poder presidencial. Precisamente por tratarse de un proceso todavía abierto, resulta posible analizar la formación de sus lenguajes políticos sin la distorsión que produce el conocimiento retrospectivo de procesos ya concluidos. ⁵

El interés académico de este estudio no consiste en formular un juicio anticipado sobre el nuevo gobierno ni en atribuirle un desenlace predeterminado. La investigación histórica no puede convertir indicios en certezas ni analogías en profecías. Su tarea consiste en identificar procesos, analizar dinámicas y comprender las condiciones bajo las cuales un liderazgo construye su representación simbólica, difunde esa representación dentro del aparato estatal y entra en interacción con una arquitectura constitucional fundada sobre la separación de poderes, el pluralismo político y la autonomía institucional.

La pregunta que orienta este ensayo puede formularse así:

¿Cómo se construye simbólicamente el liderazgo presidencial y qué efectos puede producir esa construcción sobre la cultura política y el funcionamiento de una democracia constitucional?

Responder este interrogante exige superar dos reduccionismos frecuentes. El primero consiste en considerar los símbolos como simples adornos de la política. El segundo supone que la legalidad formal basta para explicar el ejercicio efectivo del poder. Norberto Bobbio (1989) recordó que el análisis del Estado no puede limitarse a la descripción de sus estructuras jurídicas; debe incorporar también las formas reales mediante las cuales se ejerce la autoridad. En la misma dirección, Jürgen Habermas (1998) mostró que la legitimidad democrática depende de procesos de comunicación pública que trascienden el ámbito estrictamente normativo. ⁶

Desde esta perspectiva, Colombia constituye un verdadero laboratorio de observación. No se estudia aquí para anticipar su destino político, sino para comprender las condiciones bajo las cuales un liderazgo fortalece la capacidad de gobierno o, por el contrario, comienza a tensionar los límites destinados a preservar la autonomía de las instituciones republicanas.

La hipótesis central sostiene que un repertorio simbólico compartido puede trascender la comunicación electoral y convertirse en un mecanismo de organización del poder. Cuando los gestos, las consignas, las imágenes y los rituales asociados al líder son adoptados por ministros, altos funcionarios y equipos gubernamentales, comienza a configurarse una cultura política cuya influencia puede extenderse progresivamente sobre la institucionalidad. Este proceso no implica necesariamente una deriva autoritaria, pero sí plantea interrogantes constitucionales que merecen ser examinados con rigor.

 Notas al pie

  1. La expresión «el poder nunca se ejerce desnudo» sintetiza una premisa desarrollada desde distintas tradiciones intelectuales: la autoridad política requiere mecanismos de representación para hacerse socialmente reconocible. Véanse Cassirer (1947), Edelman (1991) y Bourdieu (2000).
  2. Esta distinción entre la dimensión jurídica y la dimensión simbólica del poder atraviesa buena parte de la teoría política contemporánea. Bobbio (1989) la aborda desde la teoría general del Estado; Habermas (1998), desde la legitimidad democrática; y Rosanvallon (2009), desde las nuevas formas de legitimación política.
  3. Edelman desarrolló esta idea inicialmente en The Symbolic Uses of Politics (1964) y posteriormente la amplió en Constructing the Political Spectacle (1988), traducida al español como La construcción del espectáculo político.
  4. El concepto de poder simbólico mantiene un diálogo estrecho con la teoría de la dominación legítima de Weber, la sociología histórica de Norbert Elias y la noción foucaultiana de gubernamentalidad. La originalidad de Bourdieu consiste en explicar cómo el reconocimiento social constituye una forma específica de ejercicio del poder.
  5. El estudio de procesos políticos en desarrollo exige prudencia metodológica. Por esa razón, el ensayo evita formular predicciones y concentra su análisis en la construcción de repertorios simbólicos observables a partir de fuentes públicas verificables.
  6. Aunque Bobbio y Habermas parten de tradiciones teóricas diferentes, ambos coinciden en que la legitimidad democrática no depende exclusivamente de la legalidad formal, sino también de procesos de reconocimiento, deliberación y aceptación social de la autoridad.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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