Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
A una semana de las elecciones presidenciales, Colombia ya no vive únicamente una campaña electoral. Vive una disputa emocional por el sentido del país. Lo que está ocurriendo frente a nuestros ojos supera ampliamente la competencia tradicional entre candidatos, partidos o programas de gobierno. Lo que realmente se encuentra en juego es la capacidad de imponer una narrativa dominante sobre el miedo, la esperanza, el orden, el cambio, la estabilidad y el futuro. En otras palabras: la batalla política de 2026 ya no se desarrolla únicamente en las plazas públicas, los debates o las calles; ahora también se libra en el territorio más sensible y decisivo de todos: la conciencia, las emociones y la subjetividad de los ciudadanos.
La democracia contemporánea ha cambiado profundamente. El elector del siglo XXI ya no vota únicamente desde la racionalidad programática. Vota desde la emoción, la percepción, la ansiedad, la indignación y el cansancio. Las campañas modernas entendieron hace tiempo que las sociedades no se movilizan exclusivamente por ideas, sino por sensaciones colectivas. Por eso las elecciones actuales no se ganan solamente con propuestas: se ganan administrando emociones.
Y Colombia constituye hoy un laboratorio perfecto de esa transformación.
La polarización política dejó de ser un fenómeno exclusivamente ideológico para convertirse en una experiencia emocional permanente. Las campañas ya no buscan persuadir únicamente mediante argumentos; buscan activar afectos, miedos y odios. El adversario político ya no aparece como un contradictor democrático, sino como una amenaza existencial. Allí reside uno de los rasgos más delicados del momento colombiano: la política empieza a organizarse alrededor del temor recíproco.
Un sector del país siente miedo frente a la posibilidad de continuidad de un determinado proyecto político; otro teme el regreso de sectores que considera responsables del deterioro histórico del país. Unos hablan de salvación democrática; otros de defensa institucional. Unos apelan al cambio; otros a la estabilidad. Pero todos, absolutamente todos, están disputando el control emocional del electorado.
Ese fenómeno explica el ascenso del llamado voto útil. A medida que se acerca la elección, numerosos ciudadanos empiezan a abandonar sus afinidades originales para tomar decisiones estratégicas. Ya no votan necesariamente por quien más los representa, sino por quien tiene más posibilidades de derrotar a quien más rechazan. El voto deja entonces de ser puramente identitario y se convierte en una operación defensiva.
El problema es que el voto útil, aunque racional en términos estratégicos, profundiza la lógica binaria de la polarización. Reduce la complejidad política a una pregunta elemental y emocional: “¿Quién puede impedir que gane el otro?”. Allí desaparecen matices, deliberaciones profundas y discusiones programáticas. La democracia empieza a funcionar bajo la lógica del miedo preventivo.
Paralelamente emerge con enorme fuerza el voto castigo. Millones de ciudadanos llegan a las urnas acumulando frustraciones económicas, agotamiento social, inseguridad, desconfianza institucional o desencanto político. En contextos así, el voto deja de ser esperanza y se transforma en sanción. El elector ya no vota necesariamente para construir; muchas veces vota para castigar.
Ese elemento resulta decisivo para entender la coyuntura colombiana de 2026. El país atraviesa una etapa de agotamiento emocional colectivo. La ciudadanía parece moverse entre la incertidumbre y el desencanto. Las redes sociales amplifican permanentemente la indignación, mientras los algoritmos alimentan burbujas ideológicas donde cada grupo reafirma sus propias convicciones y demoniza las ajenas. La consecuencia es devastadora para el debate democrático: cada ciudadano termina habitando una realidad política distinta.
En ese escenario, la política contemporánea adquiere rasgos profundamente biopolíticos. Michel Foucault advertía que el poder moderno no se limita a gobernar territorios o instituciones; busca administrar subjetividades, conductas y formas de percepción colectiva. El verdadero poder contemporáneo no solo controla cuerpos; controla emociones, narrativas y sentidos comunes.
Precisamente eso está ocurriendo en Colombia.
Las campañas no solo intentan convencer al elector. Intentan construir emocionalmente al elector. Definen qué debe temer, qué debe odiar, qué debe esperar y qué debe desear. La lucha electoral se convierte entonces en una disputa por colonizar simbólicamente la conciencia colectiva. El ciudadano contemporáneo vive inmerso en una sobreproducción de mensajes, imágenes, encuestas, tendencias digitales y relatos emocionales diseñados para moldear percepciones políticas.
Por eso estas elecciones parecen cada vez menos una deliberación democrática clásica y cada vez más una batalla por el control simbólico del país.
La propaganda contemporánea ya no necesita imponer verdades absolutas; le basta con producir estados emocionales permanentes. El miedo a la crisis económica, el temor a la inseguridad, la angustia frente al desempleo, el rechazo al “establecimiento”, el cansancio frente a la confrontación política o la sensación de incertidumbre son utilizados como dispositivos permanentes de movilización electoral.
En consecuencia, la papeleta electoral termina convirtiéndose en una condensación emocional de la sociedad colombiana. En cada voto coexistirán simultáneamente rabias acumuladas, frustraciones históricas, esperanzas de cambio, deseos de estabilidad, lealtades ideológicas, estrategias defensivas y emociones profundamente subjetivas.
Ese es quizá el rasgo más fascinante y más inquietante de la democracia contemporánea: el ciudadano cree muchas veces que vota libremente, cuando en realidad vota atravesado por complejas estructuras de influencia simbólica, mediática y emocional.
Sin embargo, reducir al elector a simple víctima manipulada también sería un error. Las sociedades conservan capacidad crítica, intuición política y memoria histórica. El ciudadano colombiano no llega vacío a las urnas. Llega atravesado por experiencias concretas: desempleo, inflación, inseguridad, corrupción, violencia, desigualdad, agotamiento institucional y expectativas incumplidas. Por eso el voto sigue siendo, a pesar de todo, uno de los pocos mecanismos mediante los cuales la ciudadanía puede expresar aprobación, rechazo o esperanza colectiva.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué tipo de democracia estamos construyendo cuando la emoción desplaza completamente a la deliberación racional? ¿Qué ocurre cuando el miedo se convierte en el principal organizador del comportamiento electoral? ¿Qué sucede cuando la política deja de movilizar ciudadanos y comienza a administrar angustias?
A una semana de las elecciones presidenciales, Colombia enfrenta precisamente ese dilema histórico. El país no solo elegirá un presidente. Elegirá también el tipo de relación emocional que quiere establecer con la política y consigo mismo.
Porque al final, detrás de cada voto, siempre habrá algo más profundo que una preferencia electoral. Habrá una determinada lectura del país, una forma de interpretar el presente y una apuesta —consciente o emocional— sobre el futuro colectivo de la nación.
Y quizá allí reside la verdadera dimensión del momento que vive Colombia: entender que las urnas no solo cuentan votos. También revelan miedos, fracturas, esperanzas y el estado emocional de una sociedad entera.
En un escenario tan profundamente polarizado como el que vive hoy Colombia, todo puede pasar: desde un triunfo inesperado en primera vuelta, hasta una segunda vuelta marcada por alianzas de último momento, reacomodos estratégicos, voto útil masivo y nuevas oleadas emocionales capaces de alterar en pocos días el comportamiento electoral. Porque cuando las elecciones dejan de ser únicamente racionales y se convierten en disputas simbólicas y emocionales, la política entra en una zona de incertidumbre permanente donde las encuestas orientan, pero las emociones terminan decidiendo.
(*) Magister en Ciencias Políticas
- Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
- Investigador en historia política y comportamiento electoral.
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