Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
La crisis de la política contemporánea no consiste únicamente en la corrupción, el clientelismo o el desgaste institucional. La crisis más profunda quizá sea otra: la transformación de la democracia en un gigantesco escenario emocional donde el espectáculo, el show, termina sustituyendo la reflexión y donde los personajes mediáticos comienzan a valer más que las ideas, los programas o las trayectorias reales. En ese escenario emerge Abelardo de la Espriella como uno de los fenómenos más reveladores —y al mismo tiempo más inquietantes— de la actual política colombiana.
No porque represente algo completamente nuevo. Por el contrario: porque detrás de la apariencia de ruptura parece esconderse la vieja política reciclada, maquillada y sobreactuada bajo la estética del “macho fuerte”, que promete salvar la patria.
Su figura pública ha sido construida cuidadosamente alrededor de símbolos de autoridad, virilidad y confrontación. El tono desafiante, las poses teatrales, el lenguaje agresivo, la exaltación de la fuerza y la narrativa del hombre que “no le teme a nadie” hacen parte de una estrategia emocional deliberada. No es simplemente un candidato: es un personaje político diseñado para encarnar el arquetipo del “macho alfa” en tiempos de miedo e incertidumbre.
En él conviven el pistolero del viejo oeste, el sheriff que llega a imponer orden en el pueblo, el héroe de acción hollywoodense que resuelve problemas a golpes, el Rambo tropicalizado que promete exterminar enemigos y restaurar la autoridad perdida. La política deja entonces de parecer un ejercicio democrático complejo y se transforma en una puesta en escena permanente de testosterona simbólica.
Y quizás allí reside precisamente el primer gran problema.
Porque detrás de esa teatralización del liderazgo aparece una visión profundamente empobrecida de la democracia. Gobernar deja de entenderse como construir consensos, deliberar, escuchar o administrar inteligentemente la complejidad social. Gobernar pasa a confundirse con dominar, gritar más fuerte, humillar al adversario y exhibir fuerza masculina como prueba de capacidad política.
No es casual que buena parte de su discurso descanse sobre una hipermasculinidad cuidadosamente performada. Su narrativa convierte el liderazgo en una demostración permanente de virilidad política: el hombre duro, fuerte, agresivo, invulnerable y dispuesto a “poner orden” frente a una sociedad presentada como caótica y decadente. El problema es que esa estética política no solo banaliza el ejercicio del poder, sino que además reproduce una lógica profundamente patriarcal y autoritaria donde la sensibilidad, la moderación, el diálogo o incluso el liderazgo femenino aparecen implícitamente asociados a debilidad.
En distintos momentos de su discurso público se percibe una tendencia a sobreactuar el papel masculino como monopolio natural de autoridad y capacidad de mando. La figura del hombre dominante es elevada casi a categoría moral. Y aunque muchas veces no se formule explícitamente, subyace una mirada donde la política continúa siendo presentada como territorio natural del macho fuerte que llega a corregir una sociedad supuestamente debilitada por el progresismo, el diálogo o las transformaciones culturales contemporáneas.
Pero quizás lo más preocupante no es el personaje en sí mismo, sino el tipo de sociedad que comienza a sentirse atraída por esa estética del liderazgo agresivo. Porque fenómenos como este no nacen del vacío. Emergen cuando sectores importantes de la ciudadanía experimentan miedo, frustración, agotamiento institucional y desconfianza frente a la política tradicional. En esos contextos, el “hombre fuerte” reaparece como refugio emocional. No importa demasiado la profundidad programática; importa la sensación psicológica de autoridad.
Y Abelardo de la Espriella ha entendido perfectamente esa lógica emocional.
Por eso su campaña no se mueve principalmente alrededor de propuestas técnicas sofisticadas. Su verdadero capital político está en la capacidad de activar emociones colectivas: miedo a la inseguridad, enojo contra el gobierno, rechazo al progresismo, cansancio frente a la corrupción y nostalgia de orden. Lo suyo no es tanto una doctrina política como una maquinaria emocional cuidadosamente dirigida a ciertos nichos sociales: clases medias conservadoras, empresarios temerosos frente a reformas económicas, votantes uribistas huérfanos de liderazgo, sectores religiosos tradicionales y ciudadanos emocionalmente movilizados por la sensación de deterioro nacional.
Sin embargo, es precisamente ahí donde comienza a derrumbarse la gran narrativa de autenticidad que intenta proyectar.
Porque mientras se presenta como enemigo de “los mismos de siempre”, alrededor de su proyecto político orbitan “los mismos de siempre”, precisamente muchos de esos mismos sectores tradicionales de poder que históricamente han participado del establecimiento colombiano. Operadores políticos, dirigentes tradicionales, empresarios vinculados durante años a estructuras regionales de poder y actores que representan exactamente aquello que dice combatir encuentran hoy en su figura una nueva posibilidad de supervivencia y reciclaje político.
Y entonces aparece la gran paradoja de su candidatura: critica ferozmente a la clase política mientras buena parte de esa clase política lo acompaña; condena la corrupción mientras sectores acostumbrados históricamente a las lógicas clientelares observan en él una oportunidad de reacomodamiento; habla como outsider mientras su viabilidad depende inevitablemente de alianzas con poderes profundamente sistémicos.
La apariencia es rebelión. La realidad parece ser continuidad maquillada de ruptura.
El problema es más profundo y estructural. La historia política colombiana demuestra que las élites rara vez desaparecen; normalmente mutan, cambian de discurso y sobreviven bajo nuevas narrativas de renovación. Como advertían Mosca, Pareto y Michels, el poder tiene una extraordinaria capacidad de adaptación. Y en sociedades agotadas emocionalmente, esa adaptación suele adoptar la forma del salvador fuerte que promete destruir el sistema mientras termina siendo funcional a su reorganización.
Ahí es donde el fenómeno De la Espriella resulta profundamente revelador. Su discurso antisistema parece coexistir perfectamente con sectores del sistema; su narrativa de limpieza moral termina rodeada por actores que históricamente han orbitado alrededor de las viejas estructuras del poder territorial colombiano; y su supuesta ruptura con la política tradicional corre el riesgo de convertirse simplemente en una nueva escenografía para el mismo viejo entramado de siempre.
Pero quizá el elemento más inquietante de todo sea otro: la naturalización social de este tipo de liderazgo.
Cuando una sociedad comienza a admirar más la agresividad que la inteligencia, más la humillación que el argumento, más el grito que la reflexión y más el personaje que la realidad, algo profundo empieza a deteriorarse en la cultura democrática. La política deja entonces de producir ciudadanía crítica y empieza a producir espectadores emocionalmente manipulables.
El problema no es únicamente Abelardo de la Espriella. El problema es la fascinación colectiva que puede despertar un liderazgo construido sobre la sobreactuación de la fuerza, el culto a la masculinidad dominante y la simplificación brutal de problemas complejos. Porque detrás del “Tigre” que promete salvar la patria podría no existir ninguna transformación real del sistema político colombiano, sino apenas otra versión del viejo poder disfrazado de espectáculo, testosterona y furia mediática.
Y tal vez esa sea la tragedia más grande de la democracia contemporánea: que mientras la ciudadanía cree estar observando una ruptura histórica, lo único que realmente presencia es la capacidad infinita del poder tradicional para cambiar de máscara sin cambiar de esencia.
(*) Magister en Ciencias Políticas
- Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
- Investigador en historia política y comportamiento electoral.





