domingo, agosto 16, 2026

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Editorial 195. La verdad electoral como interpretación: polarización, voto útil y la disputa presidencial de 2026 en Colombia

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

“No existen hechos, solo interpretaciones”. La célebre formulación atribuida a Friedrich Nietzsche ofrece una de las claves más provocadoras para comprender la política contemporánea y, particularmente, el actual escenario presidencial colombiano. Las elecciones modernas ya no se disputan únicamente en el terreno de los programas o las estructuras partidistas; se libran, sobre todo, en el campo de las percepciones, las emociones y las narrativas que construyen la realidad política. Las encuestas, los medios, las redes sociales y los liderazgos no solo describen el escenario electoral: contribuyen activamente a producirlo.

Precisamente por ello, el consolidado de las principales encuestas presidenciales de 2026 —Invamer, CNC, Guarumo + EcoAnalítica, AtlasIntel y GAD3— permite observar uno de los fenómenos más característicos de los sistemas políticos sometidos a procesos de polarización creciente: la reducción progresiva de la competencia multipartidista hacia la conformación de dos grandes bloques emocionales dominantes. Aunque formalmente la contienda comenzó con múltiples candidaturas, las dinámicas de adhesión, alineamiento estratégico y comportamiento de las encuestas muestran que Colombia avanza aceleradamente hacia una lógica binaria estructurada alrededor de dos polos gravitacionales: el progresismo encabezado por Iván Cepeda y una derecha fragmentada, aunque convergente, representada principalmente por Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella.

Desde la teoría política contemporánea, este fenómeno no resulta excepcional. Giovanni Sartori advertía que los sistemas multipartidistas sometidos a alta polarización tienden a reorganizarse alrededor de polos capaces de absorber o condicionar a las fuerzas intermedias. De manera complementaria, las teorías sobre presidencialización de la política muestran cómo las campañas modernas desplazan el peso tradicional de los partidos hacia liderazgos emocionalmente dominantes. Colombia parece ingresar precisamente en esa etapa: la Presidencia dejó de percibirse exclusivamente como una disputa rutinaria entre élites y comenzó a convertirse en un plebiscito emocional sobre el rumbo del país.

Las cifras permiten dimensionar esta transformación. La participación presidencial pasó de 47,9 % en 2014 a 58,09 % en 2022. En términos absolutos, Colombia transitó de 15,7 millones de votantes a más de 22,6 millones. Con un censo proyectado cercano a 41,5 millones de ciudadanos habilitados para votar en 2026, cualquier candidatura que aspire a evitar la segunda vuelta necesitaría aproximadamente entre 11,7 y 12,5 millones de votos. Ese parece ser el nuevo umbral estructural del poder presidencial colombiano.

La experiencia de 2022 resulta reveladora. Gustavo Petro obtuvo 8,5 millones de votos en primera vuelta y 11,29 millones en segunda. La mayoría presidencial solo pudo consolidarse cuando el sistema político redujo la competencia a una confrontación binaria. Precisamente allí aparece el principal desafío de 2026: construir antes de la primera vuelta la mayoría política y emocional que normalmente solo emerge después.

En ese contexto, Iván Cepeda emerge como el principal eje de articulación del bloque progresista. Las cinco principales encuestas lo ubican consistentemente en el primer lugar, con registros entre 36 % y 44,3 %. Invamer le otorga 44,3 %; CNC 37,2 %; Guarumo + EcoAnalítica 36,1 %; AtlasIntel 37,4 % y GAD3 36 %. El promedio consolidado ronda el 38 %. Lo verdaderamente significativo no es únicamente el liderazgo, sino la estabilidad estadística de sus resultados entre metodologías distintas, lo que sugiere la existencia de un núcleo electoral consolidado, ideológicamente cohesionado y altamente movilizado.

Desde la teoría del comportamiento electoral, este fenómeno puede interpretarse mediante la identificación partidaria e ideológica. El electorado de Cepeda parece expresar un voto de identidad política más que un voto coyuntural: un voto duro construido alrededor de la continuidad del proyecto progresista, de la narrativa del cambio y de la confrontación con las derechas tradicionales. Las adhesiones de Clara López y Luis Gilberto Murillo fortalecieron además la percepción de cohesión dentro del universo alternativo y de centroizquierda.

En el extremo opuesto aparece una derecha dividida entre dos emociones distintas. Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia disputan el liderazgo del universo anti-progresista, aunque representan sensibilidades diferentes dentro del mismo bloque ideológico. Abelardo oscila entre 20,4 % y 29 %, mientras Paloma registra entre 13 % y 28,2 %. La diferencia entre ambos no es exclusivamente estadística: representa dos estilos distintos de oposición política. Paloma Valencia encarna la derecha doctrinaria e institucional asociada al uribismo clásico y al conservadurismo político; Abelardo intenta construir una derecha emocionalmente disruptiva, antiestablecimiento y confrontacional, más cercana al populismo contemporáneo de derecha.

Precisamente esa fractura constituye hoy una de las principales ventajas estratégicas del progresismo. Sin embargo, el elemento más decisivo del escenario actual no está únicamente en el voto consolidado, sino en la enorme franja electoral todavía disponible. Las encuestas muestran que el sistema político colombiano continúa altamente líquido y que una parte considerable del electorado aún no tiene una adhesión plenamente definida. Entre indecisos y voto blanco, algunas mediciones alcanzan cifras cercanas al 18 % del electorado medido.

Esto evidencia un debilitamiento parcial de las lealtades partidistas tradicionales y una creciente volatilidad electoral. El elector contemporáneo es cada vez menos fiel, más emocional y más estratégico. Precisamente allí adquiere enorme importancia el concepto de voto útil. Anthony Downs sostenía que los ciudadanos no necesariamente votan por la opción ideal, sino por aquella que maximiza la utilidad esperada de su decisión política. Maurice Duverger complementó esta idea al explicar cómo los sistemas electorales tienden a producir concentración del voto alrededor de candidaturas viables.

En Colombia, este fenómeno adquirió enorme relevancia con la consolidación de la segunda vuelta presidencial. A medida que el electorado percibe cuáles candidaturas son realmente competitivas, muchos ciudadanos abandonan afinidades parciales y comienzan a votar estratégicamente. El elector deja de preguntarse únicamente “¿quién me representa mejor?” y empieza a preguntarse “¿quién realmente puede ganar?” o incluso “¿quién puede impedir que gane el bloque que considero más riesgoso?”. Allí aparece el voto útil como mecanismo de concentración electoral.

Ese desplazamiento psicológico resulta fundamental para comprender el comportamiento probable del electorado moderado e independiente en 2026. El ciudadano contemporáneo no siempre vota afirmativamente; muchas veces vota defensivamente. El miedo político, la incertidumbre económica o el temor a la radicalización pueden convertirse en motores más poderosos de movilización que la simple afinidad ideológica.

Precisamente por eso las candidaturas de centro aparecen hoy como las más vulnerables. Sergio Fajardo oscila entre 2,5 % y 4,1 %, mientras Claudia López se mueve entre 1,5 % y 3,7 %. Ambos representan el universo moderado anti-polarización, pero la experiencia comparada demuestra que en contextos de polarización intensa el centro político suele sufrir procesos acelerados de vaciamiento estratégico. Cuando el electorado percibe que la competencia real se reduce a dos opciones viables, buena parte del voto moderado termina migrando hacia el bloque que considere menos amenazante o más institucionalmente seguro.

Las diferencias metodológicas entre encuestas también ayudan a explicar variaciones en los resultados. Invamer realizó 3.800 encuestas presenciales en 149 municipios; CNC aplicó 2.157 encuestas en 56 municipios; Guarumo + EcoAnalítica desarrolló 4.580 entrevistas en 74 municipios; AtlasIntel utilizó metodología digital con 4.291 casos y GAD3 aplicó una encuesta telefónica de 1.500 entrevistas. Las encuestas presenciales tienden a captar mejor electorados rurales y populares; las digitales reflejan con mayor intensidad comportamientos urbanos y altamente politizados.

Y allí reaparece nuevamente Nietzsche. Las encuestas no son expresiones absolutas de verdad objetiva: son interpretaciones metodológicamente construidas de una realidad profundamente dinámica y emocional. En 2026, Colombia no solo elegirá un presidente; decidirá cuál interpretación del país resulta más convincente para millones de ciudadanos atravesados por el miedo, la esperanza, la incertidumbre y el deseo de estabilidad o transformación. La verdadera batalla presidencial probablemente no se definirá en los extremos ya consolidados, sino en las franjas moderadas, blandas y estratégicamente móviles del electorado colombiano. Allí se encuentra el voto útil, el voto volátil y buena parte de los ciudadanos que terminarán inclinando el péndulo político nacional hacia uno u otro bloque.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral.

 

 

 

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