Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
por qué pasar, sobrevivir y ganar no son lo mismo ?
En Colombia, la elección presidencial suele analizarse como si fuera un solo evento, cuando en realidad es un proceso escalonado en el que cada fase responde a una lógica distinta. La consulta sirve para concentrar, la primera vuelta para sobrevivir y la segunda vuelta para agregar. Confundir estos momentos conduce a diagnósticos errados y a debates estériles sobre quién “va ganando”, cuando lo que debería discutirse es quién está mejor preparado para cada tramo del camino.
Desde esa perspectiva —y tras un análisis cuidadoso del comportamiento electoral reciente, de la estructura del sistema de dos vueltas y de la configuración actual de candidaturas— es posible delinear tendencias plausibles, no certezas, sobre los escenarios de 2026.
- Primer momento: la consulta, o la lógica de la concentración
Las consultas interpartidistas no las define el electorado promedio, sino una minoría activa, informada y emocionalmente motivada. En ellas, pesa más la visibilidad, la claridad de antagonismo y la capacidad de activar voto útil que la moderación o la agregación futura.
En ese contexto, no resulta extraño que una figura como Vicky Dávila aparezca bien posicionada para una consulta amplia del centro-derecha. Su fortaleza no radicaría necesariamente en el consenso, sino en su capacidad de convertirse —si logra concentrar apoyos— en un vehículo claro del voto opositor. En consultas fragmentadas, ese atributo suele ser decisivo.
Otros perfiles, más técnicos o moderados, pueden resultar más “presidenciables” en abstracto, pero tienden a enfrentar dificultades en este primer momento, porque la consulta no premia la tranquilidad, sino la movilización. Por eso, ganar la consulta no siempre significa ser el candidato más competitivo para gobernar, sino el más eficaz para imponerse en una competencia interna.
- Segundo momento: la primera vuelta, o la lógica de la supervivencia
La primera vuelta introduce un cambio sustancial. Aquí ya no basta con movilizar a los propios; se requiere construir un piso electoral suficiente para no quedar tercero en un escenario fragmentado. Es una elección de resistencia, no de unanimidad.
Bajo esta lógica, los candidatos con identidad clara suelen tener ventaja inicial. En el campo progresista, una figura como Iván Cepeda podría contar con probabilidades reales de disputar el paso a segunda vuelta si el bloque mantiene cohesión, si evita fracturas internas y si su campaña logra sostener un electorado disciplinado. La fortaleza de los bloques identitarios suele expresarse mejor en este tramo que en el balotaje.
En el centro-derecha, una eventual ganadora de consulta como Vicky Dávila podría también competir por el paso si logra transformar su victoria interna en un relato de candidatura unificada y si evita una nueva fragmentación del espacio. Su desafío en primera vuelta no sería desaparecer, sino ensanchar sin diluir.
El centro, representado por perfiles como Sergio Fajardo, suele depender más del contexto: podría pasar si la polarización es castigada por el electorado, si el voto útil se activa a última hora y si los bloques más duros presentan niveles de rechazo elevados. Su fortaleza es el bajo rechazo; su debilidad, la ausencia de un piso orgánico comparable al de otros bloques.
- Tercer momento: la segunda vuelta, o la lógica de la agregación
La segunda vuelta cambia completamente el juego. Aquí no gana quien moviliza más intensamente, sino quien reduce rechazo y agrega apoyos ajenos. Es el momento del voto prestado, del cálculo pragmático y del “mal menor”.
En este escenario, las ventajas se redistribuyen. Candidatos con perfiles más moderados y capacidad de bisagra suelen volverse competitivos, incluso si no fueron dominantes en la consulta o en la primera vuelta. Figuras como Juan Manuel Galán o Mauricio Cárdenas podrían resultar especialmente relevantes si logran llegar a este tramo, porque su principal activo no es la movilización intensa, sino la aceptabilidad transversal.
Por el contrario, candidaturas que fueron muy eficaces en la consulta pueden enfrentar mayores dificultades en el balotaje si no logran moderar el tono, ampliar coaliciones y ofrecer garantías claras de gobernabilidad. En la segunda vuelta, el rechazo pesa más que la identidad, y la comparación directa tiende a penalizar a quienes no logran convertirse en opción “segura” para sectores indecisos.
- Escenarios plausibles de segunda vuelta
Bajo este marco, los duelos más verosímiles —siempre condicionados a desempeño de campaña y contexto— podrían incluir combinaciones como Cepeda–Dávila, Cepeda–Fajardo, Cepeda–Galán o Cepeda- Cárdenas. En cada uno, el resultado dependería menos del “piso” inicial y más de la capacidad de agregar.
- En un Cepeda–Dávila, el factor crítico sería el antivoto: quién logra que el electorado indeciso vote a favor y no solo en contra.
- En un Cepeda–Fajardo, podría imponerse quien logre encarnar mejor la salida institucional frente a la polarización.
- En un Cepeda–Galán o un Cepeda- Cárdenas, la disputa se trasladaría al centro real: votantes pragmáticos que deciden por percepción de riesgo y confianza.
- una conclusión sin determinismos
Desde un análisis mesurado, la conclusión no es que haya un ganador inevitable, sino que cada candidatura es fuerte en un momento distinto. La paradoja de 2026 es que el candidato más apto para pasar no siempre es el más apto para ganar, y que el candidato mejor preparado para agregar puede no sobrevivir a la fragmentación inicial.
En Colombia, las presidencias no se ganan solo con identidad ni solo con moderación, sino con la capacidad de transitar con éxito entre momentos distintos: concentrar cuando toca, resistir cuando es necesario y agregar cuando se vuelve imprescindible. Quien logre hacer ese recorrido completo —y no solo dominar una fase— tendrá las mayores probabilidades de llegar a la Casa de Nariño.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com
gustavo.hernandez@bambucomunicaciones.com





