Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
Los libros no siempre llegan por azar. Algunos llegan como herencia simbólica, como gesto, como advertencia. Las personas y las cosas de Roberto Esposito llegó a mis manos como un regalo de mi hijo Pavel Alejandro, en uno de sus regresos desde Buenos Aires a este territorio que sigue siendo su raíz. Volvía ya convertido en neurólogo, formado en una universidad pública, inquieto por el cerebro, por la vida, por la biopolítica y la bioética. No traía un objeto cualquiera: traía una pregunta. Y acaso esa sea la forma más profunda del amor entre generaciones: no entregar respuestas, sino abrir interrogantes.
Siempre he creído que los mejores regalos son los libros. Mucho más cuando provienen de hijos que no solo miran la ciencia como técnica, sino como problema moral, como dilema político, como interrogación sobre la vida en común. Esposito no es una lectura cómoda. Tampoco lo pretende. Es un autor que incomoda porque desnuda aquello que el derecho y la política han aprendido a ocultar bajo capas de normalidad: que no todos los humanos son tratados como personas, y que muchas cosas —instituciones, patrimonios, partidos— han adquirido una personalidad que pesa más que la vida concreta de los ciudadanos.
Esposito, filósofo italiano nacido en Nápoles en 1950, pertenece a esa constelación de pensadores que, siguiendo la estela de Michel Foucault, entienden que el poder moderno ya no se ejerce solo sobre leyes o territorios, sino sobre cuerpos, poblaciones y formas de vida. Junto a Giorgio Agamben y Antonio Negri, ha contribuido a pensar la política desde la vida misma. Pero a diferencia del dramatismo de la “vida desnuda” o del optimismo de la multitud, Esposito se mueve en una zona más inquietante: la de las fronteras borrosas, allí donde la vida es protegida y al mismo tiempo administrada, incluida y excluida, reconocida y despojada.
En Las personas y las cosas, Esposito propone una tesis tan sencilla como devastadora: la persona no es el ser humano. Es una ficción jurídica. Una máscara. Persona como per-sonare: aquello que resuena a través del rostro legal. Ser persona no es un hecho natural, sino una atribución política. El derecho no descubre personas: las produce. Y, por tanto, también puede retirarlas, fragmentarlas o negarlas. De allí el escándalo silencioso de la modernidad: hay seres humanos sin plena personalidad jurídica, y hay “cosas” —empresas, patrimonios, partidos— que actúan como personas ante la ley.
Ese desplazamiento no es anecdótico. Es el núcleo del orden político contemporáneo. Allí donde la persona se separa de la vida, el cuerpo queda expuesto. El cuerpo no es plenamente persona, pero tampoco es simple cosa. Es el territorio donde el poder interviene con mayor intensidad: regula, vigila, disciplina, administra, intercambia. Esposito lo dice sin rodeos: la persona es menos que la vida. Y cuando la persona se reduce, la vida queda disponible.
Es aquí donde la lectura deja de ser filosófica para volverse incómodamente cercana. Porque basta mirar con atención las prácticas políticas cotidianas en Colombia —y de manera especialmente visible en el Quindío— para reconocer esa operación de despersonalización en marcha. El clientelismo no es solo una desviación moral ni una patología cultural: es una tecnología política. Una biopolítica negativa. Un dispositivo que convierte al ciudadano en objeto de intercambio.
En el clientelismo, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en recurso electoral. El voto ya no expresa voluntad, sino necesidad. Los barrios, las veredas, las asociaciones se transforman en “bolsas” de votos administradas por intermediarios. La ciudadanía se fragmenta en lealtades precarias: contratos temporales, cupos laborales, favores administrativos, promesas diferidas. La protección —esa inmunidad de la que habla Esposito— no es universal, sino selectiva. Protege a los propios y abandona a los demás.
Así, la política deja de organizar comunidad y pasa a gestionar dependencias. El ciudadano es contado, movilizado, negociado. Administrado como cosa. La persona política —esa máscara que habilita la participación democrática— es retirada, y lo que queda es un cuerpo vulnerable, expuesto a la necesidad o capturado por la red. No es un accidente del sistema: es su funcionamiento regular.
Esposito ayuda a entender que aquí no hay solo un problema ético. Hay uno ontológico y jurídico. El clientelismo no corrompe únicamente la democracia; produce una población despersonalizada. Reduce la ciudadanía a utilidad electoral. Convierte la política en logística y la representación en contabilidad.
La política quindiana de las últimas décadas ofrece ejemplos elocuentes. Gobernantes visibles y gobernantes en la sombra. Financiadores que no figuran en el tarjetón, pero deciden en la administración. Aparatos burocráticos convertidos en mecanismos de inmunización privada. Partidos que ya no representan proyectos ideológicos, sino que operan como cascarones jurídicos disponibles para la transacción. La personería jurídica se mercantiliza; la persona ciudadana se cosifica.
Desde esta perspectiva, el clientelismo no solo empobrece la democracia: empobrece ontológicamente al ciudadano. Produce una población despersonalizada, incapaz de actuar como sujeto político pleno. Reconocer esta operación —nombrarla, pensarla, hacerla visible— es el primer paso para resistirla. Como sugiere Esposito, el desafío no es abolir la persona jurídica, sino impedir que siga siendo utilizada como dispositivo de exclusión y dominación.
Por eso la crítica moral se queda corta. No basta indignarse. Hay que nombrar el dispositivo. Entender que, cuando la política se organiza alrededor de la necesidad, el poder prefiere necesitados a ciudadanos. Porque el agradecido puede irse; el necesitado depende. Y la dependencia es la forma más eficiente del orden.
En este país, la persona entra por la puerta y sale por el contrato.
El ciudadano llega con derechos y se va con favores.
La política ya no promete futuro: ofrece turnos.
No convoca ideas: reparte salvavidas con logo.
Mientras tanto, las cosas hablan.
Los partidos caminan.
Los patrimonios votan.
Y las personas —esas— esperan.
Esperan el cupo.
El contrato.
La llamada.
La inmunidad.
Tal vez por eso leer a Esposito incomoda: porque nos recuerda algo elemental y peligroso para el sistema. Que la democracia no muere cuando faltan elecciones, sino cuando la persona se vuelve cosa y nadie parece notarlo.
Tal vez por eso este libro fue un regalo tan preciso. Porque no se limita a explicar el mundo: obliga a mirarlo de nuevo. Y porque, en tiempos donde el ciudadano corre el riesgo de ser tratado como cosa, leer a Esposito es una forma de recordar —y de reclamar— que la política solo tiene sentido cuando vuelve a poner la vida, y no su administración, en el centro.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com
gustavo.hernandez@bambucomunicaciones.com





