jueves, octubre 1, 2026

Opinión de Colombia y el Mundo

Editorial 182: $164 mil millones en 90 días: cuando el presupuesto de ARMENIA entra en campaña

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

En el Quindío y especialmente en Armenia, tenemos estaciones climáticas previsibles: verano, invierno y temporada electoral. Esta última no se anuncia con lluvias ni con sequías, sino con algo más elocuente: explosiones contractuales.

Hay momentos en que las cifras dejan de ser técnicas y se convierten en políticas. No porque alguien lo declare, sino porque el calendario las delata.

En Armenia, durante los últimos tres meses —noviembre y diciembre de 2025, enero de 2026— el municipio comprometió 3.508 contratos por un valor de $163.889.071.176. Es decir, casi $164 mil millones en apenas 90 días.

Traducido al lenguaje ciudadano:

  • más de $54 mil millones mensuales,
  • cerca de $1.800 millones diarios, todos los días, durante el trimestre inmediatamente anterior a elecciones.

Las cifras no son rumor. Son dato oficial.

Desagreguemos:

En noviembre de 2025 el total fue de 472 contratos por $32.692 millones.
En diciembre, 306 contratos por $67.330 millones.
Y en enero de 2026, la detonación: 2.730 contratos por $63.866 millones.

El salto más dramático se observa en la Alcaldía: de 261 contratos en noviembre a 2.144 en enero. Un incremento superior al 700% en volumen. No es una curva de crecimiento gradual; es una explosión.

Pero el fenómeno no se limita a una sola entidad. EPA pasó de 86 a 217 contratos. IMDERA de 110 a 270. CORPOCULTURA de 15 a 99. Cuatro entidades, mismo mes, misma expansión. Y este análisis ni siquiera incluye otras dependencias del municipio —como REDSALUD, SETTA, la Secretaría de Educación y demás unidades ejecutoras— cuyos movimientos contractuales no alcanzaron a ser examinados por razones de tiempo. Es decir, estamos observando apenas una porción del aparato institucional. Si el patrón se replicara en el resto de entidades descentralizadas, la magnitud real del fenómeno podría ser aún mayor. Lo analizado no es el universo completo: es una muestra significativa. Y si una muestra ya exhibe expansión simultánea y acelerada, el conjunto merece revisión integral. La música no sonó en una sola oficina; fue sinfónica.

Si esto fuera planeación ordinaria, la progresión sería estable. Si fuera ejecución normal del presupuesto anual, el comportamiento sería consistente. Lo que se observa, en cambio, es una aceleración abrupta coincidente con el último mes previo a las urnas.

Y hay un elemento adicional que profundiza el análisis: la duración.

Una proporción significativa de estos contratos tiene vigencia de tres meses. Exactamente el trimestre electoral. No cuatro, no seis, no doce. Tres.

La duración no es un detalle menor. Es arquitectura institucional.

Un contrato de tres meses no consolida política pública estructural; activa presencia coyuntural. No construye institucionalidad permanente; crea red temporal. Cuando la temporalidad coincide milimétricamente con la campaña, la pregunta deja de ser únicamente cuánto se contrató y se convierte en para qué horizonte.

Si la necesidad fuera estructural, los contratos serían anuales. Si la función fuera permanente, la vigencia sería estable. Pero cuando el calendario contractual se alinea con el calendario electoral, el análisis deja de ser contable y entra en el terreno de la integridad democrática.

Este texto no afirma delito. Observa un patrón.

El Código Penal Electoral contempla figuras como constreñimiento al sufragante, corrupción al elector e intervención indebida en política. No se está señalando una conducta probada. Se está describiendo un diseño que, si alguien quisiera instrumentalizarlo, facilitaría riesgos que la ley precisamente intenta evitar.

Cuando 3.508 contratos se firman en el trimestre preelectoral y la mayoría corresponde a modalidades directas, la neutralidad presupuestal deja de ser evidente.

Cada contrato representa una relación de dependencia económica. Cada relación implica supervisión. Cada supervisión implica jerarquía. Y cuando miles de personas dependen de una firma mensual justo antes de votar, el presupuesto empieza a tener contexto político.

No se trata de estigmatizar a los contratistas. Muchos son profesionales legítimos que cumplen funciones reales. El problema no es personal; es estructural. El riesgo no es que todos actúen políticamente, sino que el modelo permita que algunos puedan hacerlo bajo presión implícita.

El constreñimiento moderno no siempre se expresa en amenazas abiertas. A veces opera en el terreno de la expectativa. En la insinuación. En la dependencia silenciosa.

Y mientras el volumen contractual se dispara, el Concejo aprueba una adición presupuestal por $106.359 millones. La secuencia es, por lo menos, inquietante: expansión masiva de contratación y ampliación presupuestal casi en simultáneo, en pleno calendario electoral.

Aquí el debate deja de ser administrativo. Es un debate sobre igualdad en la competencia democrática.

En cualquier democracia sólida, el Estado no compite electoralmente. Administra. Cuando el aparato público amplía masivamente su red contractual justo antes de elecciones, la contienda deja de ser puramente política y empieza a ser presupuestal.

Y la ventaja presupuestal financiada con recursos públicos genera una distorsión estructural.

La democracia no solo exige que el voto sea libre; exige que el terreno sea equilibrado. Exige que el contexto en el que se vota también lo sea.

Cuando el presupuesto se sincroniza con la campaña, el terreno se inclina.

Frente a un fenómeno de esta magnitud, el silencio institucional no es prudencia. Es omisión.

$163.889 millones comprometidos en 90 días y 3.508 contratos firmados en el trimestre preelectoral constituyen un patrón que exige revisión inmediata.

La Fiscalía General de la Nación debe evaluar preventivamente si la expansión contractual masiva puede derivar en conductas penalmente relevantes en materia electoral. La Procuraduría debe verificar neutralidad administrativa real, no meramente declarativa. La Contraloría debe auditar la ejecución material de cada contrato. URIEL debe activar monitoreo especial cuando el gasto público coincide de forma abrupta con procesos electorales.

Si el gasto es extraordinario, el control de las autoridades debe ser extraordinario.

No se trata de escándalo. Se trata de prevención.

Porque si la contratación pública termina funcionando como red territorial de influencia, si la dependencia económica se convierte en herramienta de movilización política, si el erario empieza a inclinar la competencia electoral, estaríamos ante algo más grave que una irregularidad administrativa: una posible distorsión estructural del principio democrático.

La democracia no se defiende solo en los tribunales. Se defiende en las instituciones y en la conciencia ciudadana.

Y aquí entra el último actor: el ciudadano.

Frente a cualquier presión —explícita o implícita— la respuesta debe ser dignidad. El voto es secreto. Ningún contrato puede supervisarlo. Ninguna nómina puede exigirlo. Ninguna adición presupuestal puede comprarlo completamente.

La actitud ciudadana ante cualquier intento de instrumentalizar el presupuesto debe ser clara: independencia y voto libre. Si el erario se percibe como herramienta política, la respuesta democrática legítima es el voto castigo.

Porque el erario y el poder público no pertenecen a una estructura partidista: CAMBIO RADICAL. Pertenece a la ciudadanía.

$164 mil millones en 90 días no son solo una cifra. Son una prueba institucional.

La democracia colombiana tiene la obligación de demostrar que el presupuesto no se convierte en maquinaria electoral.

Y la ciudadanía tiene el poder final de recordar que el voto no se arrienda, no se condiciona y no se negocia.

El momento de actuar es ahora.
El momento de vigilar es ahora.
Y, si es necesario, el momento de sancionar en las urnas también lo es.

¡!! Voto con Dignidad ¡!!

¡!! Voto Castigo !!!

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral.

 

 

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