jueves, octubre 1, 2026

Opinión de Colombia y el Mundo

Editorial 175: Quindío, 1966–2026: la autonomía que conquistamos, el poder que perdimos

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Cumplirse sesenta años de la creación del departamento del Quindío no es solo una efeméride administrativa. Es, ante todo, una oportunidad para pensar críticamente el origen de nuestra autonomía política, el contexto nacional que la hizo posible y las tensiones que marcaron su nacimiento. El Quindío no surgió por generación espontánea ni como un simple reordenamiento territorial: fue el resultado de una larga lucha cívica, canalizada estratégicamente en medio de un sistema político cerrado como el Frente Nacional, que al mismo tiempo que limitaba la democracia, abrió ventanas inesperadas para los proyectos regionales.

Antes de 1966, el territorio quindiano era parte del viejo Caldas, una circunscripción extensa y profundamente centralizada en Manizales. Esa estructura no solo diluía la identidad política de la región, sino que restringía su representación real en los escenarios nacionales. Durante los primeros años del Frente Nacional, el Quindío existía políticamente, pero sin voz propia: sus líderes debían disputar espacios en listas departamentales dominadas por intereses ajenos a la realidad cafetera y urbana del sur caldense.

Los datos electorales de 1958, 1962 y 1966 muestran con claridad esa situación ambigua. Aunque figuras quindianas como Ancízar López López, Silvio Ceballos Restrepo o Iván López Botero lograron llegar al Senado y a la Cámara, lo hicieron bajo el rótulo de Caldas, en una competencia donde el peso demográfico y burocrático del norte del departamento condicionaba las decisiones. El Quindío aportaba votos, liderazgos y dinamismo económico, pero recibía una representación política fragmentada y subordinada.

Paradójicamente, fue el mismo Frente Nacional —un acuerdo bipartidista concebido para cerrar el sistema político y evitar nuevas violencias— el que terminó facilitando la creación del departamento. El reparto paritario del poder entre liberales y conservadores, lejos de ser un detalle menor, se convirtió en un incentivo decisivo. Para sectores conservadores históricamente marginados dentro de Caldas, la creación del Quindío significaba la posibilidad concreta de acceder a cuotas de poder que el orden departamental existente les negaba. Para los liberales regionales, representaba la consolidación de un proyecto largamente acariciado de autonomía y reconocimiento.

En ese cruce de intereses —cívicos, partidistas y estratégicos— se fraguó la Ley 2ª de 1966. Pero reducir el proceso a un simple cálculo político sería injusto. Detrás de la norma hubo décadas de movilización ciudadana, juntas prodepartamento, pronunciamientos públicos, debates intelectuales y un civismo que logró articular a comerciantes, caficultores, educadores y dirigentes locales en torno a una causa común. El Quindío fue, en muchos sentidos, una creación desde abajo, aunque legitimada desde arriba.

Las tres fechas que marcan su nacimiento institucional —19 de enero, 7 de febrero y 1 de julio de 1966— condensan ese tránsito de la aspiración al hecho político. La aprobación en el Senado, la sanción presidencial y la posesión del primer gobernador no fueron actos aislados, sino hitos de un proceso que ya había madurado socialmente. Cuando Ancízar López López asumió la gobernación, el departamento aún no tenía una burocracia sólida ni una tradición administrativa propia, pero sí contaba con algo más valioso: una conciencia regional compartida.

Esa conciencia, sin embargo, nació marcada por una tensión que todavía hoy nos acompaña. El Quindío se fundó como una gesta cívica, pero empezó a gobernarse bajo las reglas del Frente Nacional. La autonomía territorial llegó de la mano de la repartición burocrática, del equilibrio forzado entre partidos y de una cultura política donde el consenso muchas veces se confundía con el reparto de cuotas. Lo que se ganó en cercanía administrativa, se arriesgó en profundidad democrática.

Las primeras elecciones como departamento, en marzo de 1966, fueron simbólicamente poderosas. Por primera vez, los quindianos eligieron congresistas que los representaban exclusivamente a ellos, sin mediaciones externas. No obstante, también evidenciaron una hegemonía partidista que dejaba poco espacio a las voces disidentes o a los movimientos cívicos que habían impulsado la creación del departamento. El paso de la movilización social al control institucional no fue automático ni necesariamente virtuoso.

Sesenta años después, esa historia invita a una reflexión incómoda pero necesaria. ¿Qué hemos hecho con la autonomía conquistada? ¿Hemos estado a la altura del civismo que dio origen al departamento? ¿O hemos normalizado prácticas políticas que contradicen el espíritu fundacional del Quindío? Recordar el contexto del Frente Nacional no es un ejercicio nostálgico, sino una advertencia: los sistemas cerrados pueden producir avances coyunturales, pero también dejan inercias difíciles de desmontar.

Hoy, cuando el centralismo vuelve a sentirse con fuerza y la desconfianza ciudadana hacia la política crece, el nacimiento del Quindío ofrece una lección vigente. La autonomía no es un punto de llegada, sino una tarea permanente. No basta con tener un departamento; es necesario dotarlo de sentido democrático, de participación real y de una ética pública coherente con su origen.

Conmemorar los 60 años del Quindío debería ser, más que un acto protocolario, un ejercicio de memoria crítica. Una invitación a recuperar el valor del civismo, a repensar la representación política y a entender que la identidad regional no se defiende con discursos vacíos, sino con instituciones que funcionen y ciudadanos que no renuncien a su papel histórico. El Quindío nació en medio de un pacto excluyente, pero gracias a una ciudadanía activa. Honrar su historia implica no olvidar ninguna de esas dos verdades.

A sesenta años de su creación, el Quindío enfrenta una paradoja dolorosa: el departamento que nació del civismo y la exigencia ciudadana hoy convive con prácticas que erosionan ese legado. El clientelismo convertido en método, la corrupción normalizada como costo político y la presencia de un gobierno en la sombra —donde decisiones clave se toman lejos del escrutinio público— han vaciado de contenido la autonomía conquistada en 1966. Recordar el origen del Quindío no puede ser un acto complaciente: es una llamada de atención. Porque un departamento fundado para acercar el poder a la gente no puede resignarse a que ese poder vuelva a secuestrarse, ahora no desde la distancia geográfica, sino desde la opacidad política.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral.

 

 

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