domingo, octubre 4, 2026

Opinión de Colombia y el Mundo

Editorial 150: La descertificación: La vara torcida del hegemón

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Cada septiembre, como si fuera la misa solemne de la geopolítica, Estados Unidos abre su libreto de certificaciones y descertificaciones. Es un ritual de regaño imperial cargado de solemnidad y cinismo: el país con el mayor número de consumidores de cocaína y opioides del planeta se sienta en el púlpito moral y dicta cátedra sobre cómo combatir las drogas.

El sermón es sencillo: “yo consumo, tú produces; por tanto, tú eres culpable”. Es como si un borracho habitual amonestara al cantinero por servirle demasiado aguardiente, o como si un obeso compulsivo culpara al panadero por la harina de más. La escena es grotesca, pero funciona. Washington reparte “aprobados” y “reprobados” con la autoridad del profesor que nunca estudió, pero que tiene el poder de expulsar al alumno si se atreve a reclamar.

La vara torcida del hegemón

La descertificación no es otra cosa que el recordatorio anual de que la vara con la que mide el hegemón siempre está torcida. El mundo cuenta con convenciones de Naciones Unidas, protocolos, tratados multilaterales. Pero para Washington eso es literatura de biblioteca: lo que vale es su lista, sus criterios, sus cifras.

Mientras la bilateralidad debería implicar acuerdos entre dos soberanos, aquí significa un monólogo: “haz lo que digo o atente a las consecuencias”. Y mientras la multilateralidad se presenta como el espacio del diálogo entre iguales, la descertificación la convierte en un espectáculo de títeres: los organismos internacionales aplauden tímidamente, mientras el ventrílocuo mueve la boca desde la Casa Blanca.

  • La injerencia vestida de cooperación

Dicen en Washington que la descertificación es un acto de “cooperación”. Sí, claro: cooperación a punta de garrote. Es como llamar “abrazo fraterno” al apretón que te quita el aire, o “consejo” al grito del patrón que amenaza con despedirte.

La verdad es que la descertificación es un chantaje sofisticado: si Colombia obedece, recibe dólares, helicópteros y bendiciones. Si desobedece, recibe sermones, sanciones y el estigma de “país paria”. Una relación de pareja tóxica: Estados Unidos promete amor eterno mientras te revisa el celular, te controla los amigos y te castiga si llegas tarde.

El teatro nacional: indignación, oportunismo y pragmatismo

En Colombia, cada descertificación es una función de teatro. El telón se abre y desfilan los actores:

  • El gobierno: rasga vestiduras, denuncia “injusticia”, habla de soberanía ultrajada. Como si el emperador le hubiera faltado el respeto al virreinato.
  • La oposición: aplaude el regaño extranjero y grita “¡fracaso!”. Sueñan con que el látigo de Washington se convierta en propaganda electoral.
  • Los gremios: no pierden el tiempo en retórica. La caja registradora dicta la obra: si la descertificación afecta inversión y turismo, hay que rectificar; si no, continuemos en el negocio.
  • Los grandes medios: ventrílocuos del amo del norte y correa de transmisión del gran capital, hacen coro a favor del hegemón y desdicen de su propia nación.
  • El coro opositor: once voces (once lideres opositores) afinadas en Washington, unidos a varios alcaldes lobistas, censuran a Petro mientras agitan pompones ante el amo imperial.
  • Los amigos del gobierno: repiten que se trata de un complot, una vendetta política urdida en los sótanos de Miami.

Todos actúan indignados, aunque saben que la obra es la misma desde hace treinta años. El público —los ciudadanos— bosteza. Hemos visto esta tragicomedia tantas veces que podríamos recitar los diálogos de memoria. Lo único que cambia es el maquillaje de los actores, nunca el guion.

  • El doble rasero: santos y demonios a conveniencia

El verdadero arte de la descertificación está en su doble rasero. Arabia Saudita, con su repertorio de horcas y lapidaciones, siempre pasa el examen. Afganistán, productor estrella de opio bajo ocupación militar estadounidense, recibía certificados como estampitas. Pero Colombia, que ha incautado centenares de toneladas de cocaína, es descertificada porque los cultivos crecen.

Es el colmo de la hipocresía: el país que no logra reducir su demanda interna de drogas se permite regañar al productor. Es como culpar al caficultor colombiano por la adicción de los neoyorquinos al “expreso” doble. O culpar al campesino cocalero del Cauca porque en una discoteca de Berlín se esnifan líneas de polvo blanco en baños de mármol.

  • El espejo roto de la soberanía

La descertificación desnuda una verdad incómoda: nuestra soberanía es un espejo roto. El discurso oficial dice “no aceptaremos imposiciones externas”, pero la realidad nos muestra rogando créditos al BID y al FMI, aceptando helicópteros Black Hawk y manuales de erradicación redactados en inglés.

Cada descertificación nos recuerda que Colombia es alumno becado en la escuela del imperio: se nos exige excelencia, pero se nos trata como eternos repitentes. Cuando obedecemos, nos dan palmaditas en la espalda; cuando fallamos, nos ponen en lista negra. Y en ambos casos, seguimos dependiendo del mismo maestro que, mientras tanto, consume más drogas que todos los países productores juntos.

La descertificación no es política antidrogas: es política de poder. No busca reducir la cocaína en las calles de Chicago, sino reafirmar que Washington tiene el látigo y nosotros, el lomo. Es el sermón del adicto que culpa al campesino, la misa solemne del hipócrita que señala con dedo acusador mientras esconde la jeringa bajo la mesa.

Colombia puede indignarse, gritar soberanía, reclamar corresponsabilidad. Pero mientras sigamos consumiendo la ilusión de que algún día habrá una relación de iguales, el guion seguirá intacto. La descertificación es teatro, sí, pero teatro peligroso: perpetúa la dependencia, alimenta la doble moral y mata de a poco la fe en un orden internacional justo.

Y nosotros, espectadores resignados, apenas podemos decidir si seguiremos aplaudiendo esta tragicomedia de doble moral o si, algún día, tendremos el coraje de abandonar la sala.

(*) Magister en Ciencias Políticas

Asesor en direccionamiento estratégico de campañas

E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com

gustavo.hernandez@bambucomunicaciones.com

 

 

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