sábado, agosto 15, 2026

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Editorial 209: Se busca alcalde de Armenia y de otros 7 municipios (aunque ya hay uno que nadie eligió)

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«Cualquier parecido con la realidad puede ser simple coincidencia. O no.»

Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Hay misterios que desafían la física. Otros desafían la biología.

Y algunos, mucho más sofisticados, desafían los Estatutos de los partidos políticos.

El Quindío parece haber descubierto una nueva ley de la naturaleza política.

Una especie de gravedad institucional invertida.

Las decisiones, en lugar de bajar desde los cargos oficiales hacia los ciudadanos, parecieran subir desde un lugar que nadie logra ubicar en el organigrama.

No aparece en los Estatutos. No figura en las resoluciones. No ocupa despacho. No firma decretos. No posee investidura. No juró ningún cargo.

Y, sin embargo…

Pregunte en cualquier cafetería. No importa cuál.

Pregunte en cualquier parque. En cualquier esquina. En cualquier ascensor de un edificio oficial. En cualquier pasillo administrativo. En cualquier sala de espera. En cualquier mesa donde se hable de política.

No pregunte quién es el alcalde. Eso ya lo sabe Wikipedia.

Pregunte algo mucho más sencillo: ¿Quién decide?

Y observe.

La respuesta suele salir antes que el tinto: «Toto.»

Curiosa democracia. La Constitución dice una cosa. Los Estatutos dicen otra. Y el sentido común del departamento parece escribir un tercer texto constitucional que nadie ha logrado publicar.

Uno empieza a revisar los Estatutos de Cambio Radical. Busca director nacional. Lo encuentra. Busca secretario general. También. Busca Comité Central. Allí está.

Comisiones, reglamentos, resoluciones, todo perfectamente organizado. Todo impecablemente reglamentado. Todo muy institucional.

Entonces surge una pregunta completamente innecesaria.

¿En cuál artículo aparece Toto?

Uno vuelve a leer. Nada. Lee otra vez. Nada. Busca anexos. Nada. Busca notas al pie. Nada. Busca resoluciones. Nada. No aparece.

Entonces ocurre un fenómeno fascinante.

Mientras más desaparece de los documentos… más aparece en las conversaciones.

Eso merece un premio.

Probablemente sea el único dirigente político capaz de ejercer un cargo que aparentemente no existe.

No figura. Pero figura.

No aparece. Pero aparece.

No está. Pero todos dicen que está.

Es una especie de funcionario cuántico. Existe y no existe al mismo tiempo.

Es como el viento: nadie lo ve, pero todos aseguran sentir cuándo pasa.

Pero aquí comienza el verdadero problema.

Porque quizá toda esa percepción sea completamente falsa.

Perfectamente posible.

Las sociedades producen leyendas.

Lo extraño es que esta leyenda tiene muy buena salud.

La cuentan liberales. La cuentan conservadores. La cuentan integrantes de Cambio Radical.

La cuentan opositores. La cuentan periodistas. La cuentan contratistas. La cuentan comerciantes. La cuentan taxistas. La cuentan profesores. La cuentan abogados. La cuentan funcionarios. La cuentan quienes aseguran conocer el funcionamiento interno del poder.

Y, curiosamente… Casi nadie parece interesado en desmentirla.

Entonces aparecen preguntas bastante incómodas.

Si quien dirige el Partido en el Quindío es otra persona…

¿quién es?

¿Dónde está la resolución?

¿Quién integra oficialmente el Directorio Departamental?

¿Quién preside sus reuniones?

¿Quién convoca?

¿Quién firma las actas?

¿Quién responde políticamente por el Partido?

¿Dónde pueden consultarse esos documentos?

Y si todo funciona exactamente como dicen los Estatutos…

¿Por qué casi nadie menciona a quienes estatutariamente deberían tomar las decisiones?

¿Por qué siempre aparece otro nombre?

Quizá exista una explicación perfectamente razonable.

Tal vez el Quindío inventó la primera telepatía administrativa.

Los alcaldes piensan exactamente igual. Los gerentes piensan exactamente igual. Los secretarios piensan exactamente igual. Los partidos aliados piensan exactamente igual. Los concejales piensan exactamente igual.

Y, por una extraordinaria coincidencia estadística, todos llegan siempre a las mismas conclusiones.

Sin necesidad de coordinación alguna.

Newton descubrió la gravedad.

Einstein descubrió la relatividad.

El Quindío habría descubierto la coincidencia permanente.

Resulta todavía más admirable cuando se recuerda que, según la percepción que circula por todas partes, esa influencia abarcaría varios municipios. Ocho, dicen algunos. Quizá nueve. Quizá menos. Quizá más. No lo sabemos.

Porque justamente eso nadie lo explica.

Entonces aparecen nuevas preguntas.

Si los alcaldes fueron elegidos por voto popular…

¿por qué tantos ciudadanos hablan de otro centro de decisiones?

Si cada alcalde ejerce constitucionalmente la dirección de su administración…

¿por qué la conversación pública suele ubicar ese centro de gravedad en otra parte?

Si los nombramientos son competencia de los mandatarios…

¿por qué tanta gente asegura conocer previamente quién será nombrado… y por quién habría sido «autorizado»?

¿Se trata simplemente de imaginación colectiva?

¿De una gigantesca casualidad?

¿De un mito regional?

¿O de una extraordinaria capacidad de adivinación política?

Porque, si todo es falso, alguien podría disipar la confusión en apenas cinco minutos.

Bastaría con mostrar el Directorio Departamental. Publicar sus integrantes. Explicar quién toma las decisiones. Precisar quién orienta las alianzas. Identificar quién coordina la organización. Y asunto resuelto.

Pero mientras eso no ocurra, la imaginación ciudadana seguirá haciendo su trabajo.

Y la imaginación política suele llenar muy rápidamente los vacíos que dejan las instituciones.

Al final, quizá la pregunta más importante ni siquiera sea quién decide.

La verdadera pregunta es mucho más sencilla.

¿Por qué, si las respuestas existen, nadie parece interesado en responderlas?

Porque las democracias no se debilitan únicamente cuando alguien concentra demasiado poder.

También se debilitan cuando los ciudadanos dejan de saber quién lo ejerce, con qué autoridad lo ejerce y ante quién responde por ejercerlo.

Y esa, curiosamente, no es una pregunta para Toto.

Es una pregunta para el Partido. Para sus directivas nacionales. Para sus órganos territoriales. Para quienes gobiernan. Para quienes hacen oposición. Para los organismos de control.

Y, sobre todo, para una democracia que siempre debería preferir la transparencia antes que el misterio.

Porque los magos pertenecen al circo. Los poderes invisibles pertenecen a las novelas. Y las democracias, por definición, deberían funcionar a plena luz del día.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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