domingo, agosto 16, 2026

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Editorial 203: Sócrates y las preguntas esenciales antes del voto

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Antes de decidir quién debe gobernar una República, quizás deberíamos responder preguntas más sencillas.

¿Qué buscamos realmente cuando entregamos el poder a alguien?

¿Buscamos paz?

Entonces preguntémonos:

¿Qué es la paz?

¿Es simplemente la ausencia de violencia? ¿O es también la presencia de justicia, libertad y dignidad?

¿Puede existir paz donde gobierna el miedo?

¿Puede existir paz donde las diferencias son silenciadas? ¿O la verdadera paz sólo puede construirse allí donde las personas pueden vivir libres sin temor a pensar distinto?

¿Buscamos seguridad?

Naturalmente.

¿Quién no desea caminar tranquilo por las calles?

¿Quién no desea vivir sin miedo al crimen?

Pero precisamente porque la seguridad es tan importante, quizás debamos preguntarnos:

¿Qué significa realmente derrotar la delincuencia?

¿Es suficiente construir cárceles cada vez más grandes?

Porque si una nación necesita cárceles cada vez más grandes, ¿debemos interpretarlo como una señal de éxito? ¿O como la evidencia de un problema que continúa creciendo?

Y si celebramos la construcción de nuevas prisiones, ¿no deberíamos preguntarnos también por qué seguimos necesitando construirlas?

Tal vez la verdadera pregunta no sea cuántas cárceles somos capaces de construir.

Tal vez la pregunta sea cuánta sociedad somos capaces de construir para que cada vez menos personas terminen en ellas.

¿Buscamos orden?

Entonces preguntémonos:

¿Qué es el orden?

¿La convivencia entre ciudadanos libres? ¿O la obediencia de ciudadanos sometidos?

Porque una sociedad puede ser silenciosa y disciplinada sin ser necesariamente libre.

Y una sociedad libre casi siempre es ruidosa. Discute. Debate. Cuestiona. Disiente.

¿Es el desacuerdo una amenaza? ¿O es una de las condiciones esenciales de la democracia?

¿Buscamos fuerza?

¿Pero qué fuerza admiramos?

¿La que impone? ¿O la que persuade?

¿La que intimida? ¿O la que convence?

¿La fuerza de las armas? ¿O la fuerza de las ideas?

Porque la fuerza puede doblegar cuerpos. Pero sólo la razón puede conquistar conciencias.

¿Buscamos buen gobierno?

Entonces preguntémonos:

¿Gobernar significa mandar? ¿O significa servir?

¿El poder pertenece a quien lo ejerce? ¿O a los ciudadanos, quienes lo delegan temporalmente?

¿Un gobernante es dueño del Estado? ¿O es simplemente su administrador transitorio?

¿Buscamos soberanía?

¿Pero qué es la soberanía de una nación?

¿Es únicamente tener fronteras? ¿Es poseer un ejército? ¿Es exhibir fuerza?

¿O es la capacidad de decidir libremente su propio destino?

¿Puede llamarse soberana una nación que depende permanentemente de poderes extranjeros?

¿Puede llamarse soberana una nación que renuncia a pensar por sí misma?

¿Puede existir soberanía nacional sin ciudadanos libres?

¿Puede existir independencia colectiva cuando los individuos han renunciado a su autonomía moral y, a su dignidad?

¿Buscamos democracia?

Entonces debemos preguntarnos:

¿La democracia consiste únicamente en votar? ¿O consiste también en deliberar, disentir, participar y controlar al poder?

Porque allí donde desaparecen las preguntas, suelen aparecer las certezas absolutas.

Y allí donde las certezas absolutas sustituyen el pensamiento crítico, la libertad comienza a perder terreno.

¿Puede una nación seguir siendo plenamente libre cuando el mayor mérito de sus ciudadanos deja de ser pensar y comienza a ser obedecer?

¿Puede una República fortalecerse cuando la crítica es vista como un problema y no como una contribución?

¿Puede una democracia sobrevivir cuando el desacuerdo se interpreta como deslealtad?

Finalmente, preguntémonos:

¿Qué clase de dirigente merece gobernar?

¿El que alimenta el miedo? ¿O el que inspira confianza?

¿El que divide? ¿O el que une?

¿El que concentra sobre sí mismo toda la esperanza de una nación? ¿O el que fortalece las instituciones para que ningún hombre sea indispensable?

¿El arrogante que se contempla a sí mismo? ¿O el humilde que comprende que el poder le ha sido prestado?

¿El que persigue el interés particular? ¿O el que coloca por encima de sí mismo el interés general?

Tal vez la verdadera pregunta no sea quién debe gobernarnos.

Tal vez la pregunta decisiva sea otra.

¿Qué tipo de nación queremos construir?

¿Una nación de ciudadanos libres, responsables y críticos? ¿O una nación de hombres y mujeres que esperan permanentemente ser conducidos?

Sócrates probablemente no respondería.

Simplemente guardaría silencio.

Porque hay preguntas cuya respuesta no revela quién es el candidato.

Revela qué ciudadanos somos y qué República queremos legar a nuestros hijos.

Y revela, sobre todo, qué clase de ciudadanos estamos dispuestos a ser.

Entonces, la respuesta la tiene cada ciudadano antes de votar el 21 de junio.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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