sábado, agosto 15, 2026

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Editorial 202: El Tigre y el Reino de los Espejos Rotos

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Cuentan los viejos árboles de la selva, aquellos que han visto pasar generaciones enteras de animales, que existen criaturas cuya sola presencia hace florecer los senderos y otras cuya sombra marchita la hierba por donde caminan.

El tigre pertenece a las segundas.

Nadie recuerda con exactitud cuándo comenzó su transformación. Algunos aseguran que nació igual que los demás cachorros, con la inocencia brillando en los ojos y la curiosidad latiendo en el pecho. Otros afirman que una noche bebió agua de un pantano oscuro donde se reflejan las miserias del alma y que, desde entonces, comenzó a confundirse con la imagen deformada que veía en aquellas aguas.

Lo cierto es que hoy la selva entera conoce una verdad que el propio tigre ignora: no existe antivalor que no habite en su corazón.

Su soberbia es una montaña que pretende elevarse por encima del cielo.

Camina convencido de que el bosque comienza donde él pisa y termina donde deja de mirar. Cuando ruge, no escucha el eco de su voz sino un coro imaginario de alabanzas. Se contempla en cada charco como si observara a un rey coronado por los dioses de la selva.

Pero los charcos son sinceros cuando el viento duerme.

Y lo que reflejan no es grandeza. Reflejan vacío. Reflejan un fruto enorme por fuera y podrido por dentro.

La mentira es el aire que respira. No la utiliza. La habita.

Cada palabra que sale de su boca parece una mariposa de colores brillantes. Sin embargo, quien intenta acercarse descubre que sus alas están hechas de engaño. Promete sombra y entrega sequía. Promete agua y ofrece arena. Promete amistad mientras afila las garras.

Con el paso de los años, los animales dejan de preguntarse si el tigre está diciendo la verdad.

Sencillamente asumen que no la conoce.

La honestidad le parece ingenuidad.

La integridad le parece una desventaja.

La palabra empeñada le provoca risa.

La envidia le roe el corazón como un ejército de termitas invisibles.

Si el águila vuela más alto, desea arrancarle las alas.

Si el venado recibe admiración, desea quebrarle las patas.

Si el ruiseñor alegra las mañanas con su canto, desea apagar su voz.

No soporta la belleza porque no puede poseerla.

No soporta el mérito porque no puede comprarlo.

No soporta la virtud porque ilumina la oscuridad donde habita.

Por eso se convierte en destructor de todo aquello que no es capaz de construir.

La crueldad es su entretenimiento.

Mientras el castor levanta refugios, el tigre los derriba.

Mientras las hormigas trabajan unidas, el tigre dispersa sus filas.

Mientras los elefantes ayudan a las crías a cruzar el río, el tigre contempla la escena con indiferencia o burla.

Hay corazones que se enternecen ante el sufrimiento. El suyo se endurece.

Hay almas que se inclinan para ayudar. La suya se eleva para observar desde arriba.

Es un eclipse caminando sobre la tierra.

Donde llega, la luz retrocede. Su egoísmo es un pozo sin fondo. Todo debe servirle. Todo debe beneficiarlo. Todo debe girar a su alrededor. Los frutos son para él. Los ríos son para él. Los senderos son para él. Los esfuerzos de los demás son para él.

Nunca pregunta qué puede aportar. Solo pregunta qué puede obtener.

La solidaridad le parece una pérdida. La generosidad le parece una tontería. La compasión le parece una enfermedad.

Su avaricia crece como una selva dentro de la selva. Acumula territorios que jamás recorre. Alimentos que jamás consume. Sombras donde nunca descansa. Poderes que jamás utiliza para el bien. Es semejante a un pozo que bebe lluvia durante siglos y continúa teniendo sed.

Porque hay una pobreza más profunda que la falta de riquezas. La pobreza del espíritu.

El odio se convierte en su brújula. No ama. No admira. No agradece. No celebra.

Solo compara. Solo compite. Solo desprecia.

Cada animal que encuentra es clasificado en una de tres categorías: útil, enemigo o prescindible.

La amistad le parece un negocio. La lealtad le parece ingenuidad. La tolerancia le parece debilidad. La bondad le parece estupidez.

Su intolerancia es absoluta. No admite diferencias. Todo pensamiento distinto le parece una amenaza. Toda crítica le parece una ofensa. Toda independencia le parece una traición.

Por eso donde otros construyen comunidad, él construye trincheras. Donde otros siembran confianza, él siembra sospecha. Donde otros unen, él divide.

La injusticia acompaña cada uno de sus pasos. Exige reglas para los demás y privilegios para sí mismo. Reclama disciplina mientras practica el abuso. Habla de orden mientras vive del desorden que provoca.

Predica valores que jamás ejerce. Condena conductas que él mismo practica.

La responsabilidad también le resulta incómoda. Cuando fracasa culpa al viento. Culpa a la lluvia. Culpa al río. Culpa a los árboles. Culpa a la selva entera.

Jamás contempla la posibilidad de que muchas de las heridas que observa hayan sido abiertas por sus propias garras.

Y así transcurren los años.

El tigre continúa rugiendo. Continúa creyéndose rey. Continúa rodeándose de aduladores. Continúa contemplando su reflejo en los charcos.

Pero algo comienza a cambiar.

Los primeros en alejarse son los colibríes. No soportan vivir cerca de quien convierte las flores en cenizas.

Después parten los venados. Comprenden que ningún sendero conduce a la paz cuando el tigre lo vigila.

Los búhos levantan vuelo una noche sin despedirse. Han descubierto que la sabiduría no puede dialogar eternamente con la arrogancia.

Los elefantes continúan su marcha.

Las hormigas cambian de camino.

Los castores desvían sus canales.

Los monos dejan de pronunciar su nombre.

Los ruiseñores cambian sus rutas.

Incluso los árboles parecen inclinar sus ramas en dirección contraria cuando lo ven acercarse.

La selva entera comienza a darle la espalda. No por miedo. No por odio. No por venganza.

Sino por dignidad.

Porque llega un momento en que los seres nobles comprenden que convivir demasiado tiempo con la corrupción del alma termina contaminando los propios sueños.

Entonces ocurre lo inevitable.

Una mañana, el gran espejo de la selva se rompe.

No lo rompe el viento. No lo rompe la lluvia. No lo rompe el tiempo.

Lo rompen las propias mentiras acumuladas durante años.

Y cuando el espejo estalla en mil fragmentos, también se rompen los disfraces.

La corona resulta ser hojarasca seca. El manto de grandeza se convierte en polvo. La apariencia de nobleza desaparece como niebla bajo el sol.

Y el tigre queda desnudo ante los ojos de todos.

Desnudo de honor. Desnudo de verdad. Desnudo de virtud. Desnudo de dignidad.

Por primera vez los animales lo observan tal como es.

Y por primera vez el tigre no puede ocultarse detrás de ninguna máscara.

Entonces sucede algo más poderoso que cualquier castigo.

Nadie lo persigue. Nadie lo ataca. Nadie busca venganza. Simplemente lo abandonan.

Los buenos continúan su camino.

El águila remonta vuelo hacia horizontes más limpios. Los elefantes avanzan juntos. Los venados regresan a los prados. Los ruiseñores recuperan sus canciones. Las hormigas siguen construyendo futuro.

Porque comprenden una verdad tan antigua como la propia selva:

No toda criatura merece ser seguida. No toda voz merece ser escuchada. No toda fuerza merece ser admirada.

Y ningún ser que convierta la mentira en bandera, la soberbia en corona, la crueldad en entretenimiento, la traición en costumbre y el desprecio en forma de vida merece caminar al frente de los nobles.

Entonces el tigre descubre la más amarga de las derrotas.

No la derrota del cuerpo. No la derrota de las garras. No la derrota del poder.

Sino la derrota del espíritu.

Porque mientras los animales virtuosos se alejan juntos hacia un bosque donde florecen la confianza, el respeto, la verdad y la cooperación, él permanece inmóvil entre los restos del espejo roto.

No completamente solo.

Los buitres acuden atraídos por el olor de la carroña moral.

Las hienas llegan riendo de desgracias ajenas.

Los chacales celebran la astucia que confunden con sabiduría.

Las serpientes admiran la traición como si fuera virtud.

Y el tigre comprende demasiado tarde que los semejantes siempre terminan encontrándose.

Así, mientras los buenos construyen comunidad, los perversos construyen guaridas.

Mientras los nobles edifican futuro, los miserables comparten ruinas.

Y desde entonces los ancianos de la selva enseñan esta fábula a sus crías:

«Cuando la verdad rompe los espejos de la mentira, los virtuosos reconocen el camino y continúan juntos. Los corruptos, en cambio, quedan atrapados contemplando su propio reflejo. Porque la bondad siempre busca la luz, y ninguna criatura digna de respeto elige caminar detrás de una sombra.»

Y dicen que aún hoy, cuando cae la noche y el viento atraviesa los árboles más antiguos, puede escucharse el rugido lejano de aquel tigre.

No es un rugido de poder. Es el eco de una soledad que él mismo construyó.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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