viernes, agosto 14, 2026

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Editorial 200: De la consulta al voto útil: la transformación electoral de la Gran Consulta entre marzo y la primera vuelta presidencial

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Uno de los fenómenos más interesantes de las elecciones presidenciales de 2026 no se encuentra únicamente en los resultados de la primera vuelta, sino en la evolución que experimentó la denominada Gran Consulta por Colombia entre el 8 de marzo y la jornada presidencial. La comparación entre ambos momentos permite observar con claridad cómo se transforman las coaliciones electorales cuando cambian los incentivos de la competencia política y cómo los electores pueden modificar estratégicamente su comportamiento sin que ello implique necesariamente cambios profundos en sus preferencias ideológicas.

La candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, obtuvo en la Gran Consulta por Colombia 3.236.286 votos, equivalentes al 55,25% de los 5.857.395 sufragios depositados por los nueve candidatos participantes. La contundencia de este resultado la convirtió en la ganadora indiscutible del proceso de selección de la coalición. No obstante, en la primera vuelta presidencial alcanzó 1.639.685 votos, cifra que equivale al 50,67% de la votación obtenida por ella misma en la consulta y al 27,99% del total de los votos que habían acompañado a la coalición en marzo. Más que un simple descenso cuantitativo, esta variación plantea interrogantes fundamentales sobre la estabilidad de las coaliciones electorales, la incidencia del voto útil y la capacidad de los electores para redefinir estratégicamente sus preferencias cuando cambia la naturaleza de la competencia política.

Una lectura superficial podría interpretar esta variación como un debilitamiento político o como una pérdida significativa de apoyos ciudadanos. Sin embargo, una observación más detallada sugiere una explicación distinta. Lo que muestran los datos no es necesariamente el fracaso de una candidatura, sino la transformación de una amplia coalición electoral cuya composición era mucho más heterogénea de lo que los resultados de la consulta permitían advertir inicialmente.

La primera cuestión que debe analizarse es la naturaleza misma de la Gran Consulta. Con frecuencia se la ha descrito como una consulta de derecha. Sin embargo, esta caracterización resulta insuficiente para comprender la complejidad del fenómeno. Más apropiado sería entenderla como una consulta de derecha y centroderecha con vocación de mayoría, diseñada para reunir sectores ideológicamente diversos alrededor de una narrativa común orientada a construir una alternativa competitiva frente al petrismo.

La composición de la consulta refleja claramente esa intención. Participaron nueve candidatos provenientes de tradiciones políticas distintas. Algunos representaban expresiones conservadoras y uribistas; otros encarnaban corrientes liberales, tecnocráticas, reformistas o de centro. En consecuencia, la consulta no fue únicamente una competencia ideológica. Fue también un mecanismo de agregación electoral que buscaba construir una plataforma política amplia capaz de atraer electores de diferentes sensibilidades.

Desde la perspectiva de la teoría política, la Gran Consulta se asemejó a lo que Otto Kirchheimer definió como un movimiento o partido “atrapatodo”: una estructura electoral que reduce las barreras ideológicas tradicionales para ampliar su capacidad de convocatoria. Bajo esta lógica convergieron sectores del uribismo, franjas conservadoras, votantes liberales antipetristas, dirigentes y electores cercanos al Partido de la U, sectores cristianos identificados con el MIRA y grupos moderados del centro político preocupados por el rumbo del país.

En ese escenario, Paloma Valencia poseía ventajas evidentes. Representaba la candidatura con mayor identidad partidista, encarnaba de manera clara la tradición uribista y contaba con el respaldo político de Álvaro Uribe, figura que continúa siendo un referente determinante dentro de amplios sectores de la derecha colombiana. Como resultado, logró concentrar el voto duro del Centro Democrático y buena parte del electorado identificado con el uribismo.

Sin embargo, su victoria no puede explicarse únicamente por esa base partidista. También fue el resultado de una convergencia estratégica de sectores que veían en ella la opción con mayores probabilidades de imponerse dentro de la consulta. Muchos ciudadanos no votaron exclusivamente por Paloma Valencia; votaron por la candidatura que consideraban más competitiva para liderar la coalición opositora. En otras palabras, una parte importante de la votación obtenida en marzo pertenecía al proyecto político colectivo de la consulta más que a una adhesión exclusiva hacia la candidata.

La situación cambió radicalmente cuando comenzó la campaña de primera vuelta. La pregunta que orientaba el comportamiento de los electores dejó de ser quién debía representar a la coalición y pasó a ser quién tenía mayores posibilidades reales de llegar a la segunda vuelta y disputar la Presidencia.

Fue en ese momento cuando las encuestas comenzaron a desempeñar un papel determinante. Las encuestas no solamente registran tendencias; también influyen sobre ellas. Funcionan como mecanismos de información que permiten a los ciudadanos evaluar las probabilidades de éxito de cada candidatura. En sistemas electorales altamente competitivos, las percepciones de viabilidad pueden resultar tan importantes como las afinidades ideológicas.

Durante buena parte de la campaña posterior a la consulta, Paloma Valencia mostró un crecimiento sostenido en los estudios de opinión. Sin embargo, conforme avanzó la competencia, comenzó a consolidarse otra narrativa. Las encuestas mostraban simultáneamente el liderazgo de Iván Cepeda y el ascenso de Abelardo de la Espriella como principal competidor dentro del espacio opositor.

Este fenómeno alteró profundamente los incentivos de numerosos electores. Para amplios sectores de derecha, centroderecha y antipetristas, el objetivo prioritario dejó de ser respaldar a la candidata que mejor representaba sus convicciones y pasó a ser impedir una eventual victoria de Cepeda o evitar que este pudiera alcanzar una ventaja decisiva en primera vuelta.

En este contexto apareció con fuerza el voto útil. Tal como lo planteó Anthony Downs, cuando los ciudadanos perciben que una candidatura tiene menores probabilidades de éxito, pueden trasladar estratégicamente su apoyo hacia otra opción considerada más competitiva dentro del mismo campo político. El elector deja de preguntarse quién lo representa mejor y comienza a preguntarse quién puede ganar.

Desde esta perspectiva, puede formularse una hipótesis particularmente sugerente: los votos obtenidos por Paloma Valencia y por el conjunto del proyecto político de la Gran Consulta experimentaron una especie de trasmutación electoral entre marzo y la primera vuelta. Una parte importante de los electores ubicados en la derecha ideológica habría migrado hacia Abelardo de la Espriella al percibirlo como el candidato con mayores probabilidades de enfrentar exitosamente a Iván Cepeda. Paralelamente, una porción significativa de los sectores moderados y centristas que habían acompañado la consulta habría retornado a sus referencias políticas naturales, reafirmando sus identidades ideológicas y sus lealtades históricas dentro del centro político.

Bajo esta interpretación, lo que se observa entre marzo y la primera vuelta no es simplemente una pérdida de votos ni una transferencia mecánica de apoyos. Lo que se evidencia es la diferenciación interna de una coalición que había logrado mantenerse unificada mientras el objetivo era seleccionar un candidato común, pero que comenzó a fragmentarse cuando el objetivo pasó a ser la conquista efectiva de la Presidencia de la República.

La unidad de la consulta descansaba fundamentalmente sobre la existencia de un adversario común. La dinámica de la primera vuelta obligó a cada uno de los segmentos que integraban esa coalición a actuar conforme a sus propios incentivos estratégicos e identitarios. Los sectores más cercanos a la derecha pudieron inclinarse hacia la candidatura que consideraban más competitiva, mientras que los sectores moderados encontraron razones para reafirmar sus preferencias centristas.

Precisamente por ello, los resultados de Paloma Valencia adquieren un significado diferente. Su votación en primera vuelta no debe interpretarse exclusivamente como el tamaño de una base electoral personal ni como la simple expresión de lealtades hacia su liderazgo. Más bien parece reflejar el resultado de una compleja reorganización de fuerzas al interior de la coalición que ella había logrado encabezar durante la consulta. Lo que permanece no es únicamente una adhesión individual a la candidata, sino una parte de la estructura política y electoral que había encontrado en la Gran Consulta un espacio común de articulación.

Esta conclusión resulta especialmente relevante para el análisis de la segunda vuelta presidencial. Sería un error asumir que los 1.639.685 votos obtenidos por Paloma Valencia se trasladarán automáticamente hacia la candidatura de Abelardo de la Espriella. Tal interpretación desconoce la propia naturaleza de la coalición que hizo posible la Gran Consulta. Dentro de esa votación también se encuentran expresados sectores políticos de centro representados por dirigentes como Juan Daniel Oviedo, Juan Manuel Galán, Enrique Peñalosa, Aníbal Gaviria, David Luna y otros liderazgos moderados que participaron en el proceso de marzo. Una parte de esos electores no actuó motivada por una identidad de derecha, sino por la voluntad de participar en la construcción de una alternativa amplia al gobierno. Por ello, aunque resulta razonable suponer que una fracción significativa de los votantes más cercanos a la derecha pueda inclinarse hacia Abelardo, también es plausible que sectores importantes del centro mantengan su autonomía política, se distribuyan entre distintas opciones, opten por el voto en blanco o incluso redefinan sus preferencias en función de las narrativas y alianzas que se construyan durante la campaña de segunda vuelta. En consecuencia, los resultados de marzo y de la primera vuelta sugieren que la verdadera disputa no se encuentra únicamente en la transferencia de apoyos entre candidatos, sino en la capacidad de cada proyecto político para interpretar y atraer a un electorado heterogéneo que, desde el inicio, nunca constituyó un bloque ideológicamente homogéneo.

Finalmente, la segunda vuelta no constituye una prolongación automática de la primera, sino el comienzo de una nueva campaña electoral. Aunque los resultados previos establecen un punto de partida, no determinan el desenlace final. Los ciudadanos que respaldaron a los candidatos eliminados vuelven a evaluar el escenario político, observan las alianzas, contrastan los discursos, valoran el desempeño de los dos finalistas y reconsideran sus preferencias a la luz de las nuevas circunstancias. En consecuencia, el comportamiento electoral en esta etapa dependerá menos de las adhesiones formales de dirigentes y candidatos y más de la capacidad que tengan Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda para interpretar las expectativas de esos electores, construir nuevas mayorías y persuadir a un electorado que conserva plena autonomía para decidir. Como ocurre en toda competencia democrática, comienza una nueva contienda donde los resultados anteriores cuentan como antecedente, pero donde el resultado definitivo seguirá dependiendo de las decisiones que los ciudadanos adopten durante las semanas decisivas de la campaña.

Próximo artículo: análisis de los resultados hacia segunda vuelta

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

 

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