domingo, agosto 16, 2026

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Editorial 199: Más allá de los resultados: polarización afectiva, voto útil y voto del miedo en la primera vuelta presidencial

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Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Las elecciones presidenciales constituyen mucho más que un mecanismo institucional para seleccionar gobernantes. Son también momentos privilegiados para observar el comportamiento de las sociedades, identificar sus tensiones, reconocer sus temores y comprender las emociones que movilizan a los ciudadanos. La primera vuelta presidencial reciente ofrece precisamente una oportunidad excepcional para analizar uno de los fenómenos más relevantes de las democracias contemporáneas: la creciente sustitución de la polarización ideológica por la polarización afectiva.

Una lectura superficial de los resultados podría llevar a concluir que el país se encuentra dividido entre dos proyectos ideológicos radicalmente opuestos. Sin embargo, una aproximación desde la teoría política, la psicología política y los estudios del comportamiento electoral permite formular una interpretación diferente. Lo que parece haber predominado no es tanto una profundización de las diferencias doctrinarias entre los ciudadanos como una intensificación de las emociones políticas asociadas a la competencia electoral.

Las investigaciones contemporáneas sobre polarización han mostrado que las democracias actuales experimentan menos polarización ideológica de la que aparentan y mucha más polarización afectiva de la que reconocen. En otras palabras, los ciudadanos no necesariamente se encuentran cada vez más alejados en sus posiciones programáticas, pero sí parecen experimentar niveles crecientes de rechazo emocional frente a quienes apoyan opciones políticas diferentes.

La campaña presidencial constituye un ejemplo particularmente ilustrativo de este fenómeno. A diferencia de otros momentos históricos donde las propuestas de gobierno ocupaban el centro de la discusión pública, la presente contienda estuvo marcada por una estrategia orientada a la confrontación. Los debates programáticos cedieron espacio a la descalificación mutua, a la construcción del adversario como amenaza y a la movilización de emociones intensas. El resultado fue una campaña centrada menos en las propuestas y más en las percepciones sobre los riesgos asociados al triunfo del otro.

En este contexto, la polarización dejó de ser únicamente ideológica para convertirse en una herramienta de movilización electoral. La competencia fue presentada como una confrontación entre dos futuros incompatibles. La izquierda apareció asociada al cambio y a la transformación estructural, mientras que la derecha fue presentada como garante del orden, la estabilidad y la contención frente a esos cambios. Sin embargo, detrás de esas narrativas se desarrolló una dinámica más profunda: la construcción emocional de dos comunidades políticas enfrentadas.

Lo relevante es que la mayoría de los ciudadanos no habita naturalmente en los extremos ideológicos. Diversos estudios muestran que amplios sectores del electorado combinan posiciones moderadas, incluso contradictorias desde el punto de vista doctrinario. Un ciudadano puede respaldar políticas sociales expansivas y simultáneamente reclamar mayor seguridad. Puede defender la intervención estatal en determinadas áreas y al mismo tiempo valorar la iniciativa privada. La realidad social es compleja y matizada. Las campañas, en cambio, tienden a simplificarla.

Esa simplificación adquiere especial importancia cuando la elección comienza a percibirse como una disputa decisiva entre dos polos. En ese momento se activa uno de los mecanismos más estudiados por la teoría del comportamiento electoral: el tránsito desde el voto de identidad hacia el voto estratégico.

Durante buena parte de la campaña, Paloma aparecía como una figura competitiva dentro del campo opositor. Su triunfo en la consulta del 8 de marzo, con más de tres millones de votos, y la participación total superior a cinco millones de ciudadanos en ese proceso parecían confirmar la existencia de una base electoral sólida. Durante varias semanas, las encuestas registraron un crecimiento sostenido de su candidatura, llegando incluso a superar a Abelardo en algunas mediciones.

Sin embargo, conforme avanzó la campaña, comenzó a producirse un fenómeno distinto. Mientras Cepeda se mantenía consistentemente en el primer lugar de las encuestas, la verdadera disputa política empezó a concentrarse en la definición de quién ocuparía el segundo lugar y accedería al balotaje. Este cambio alteró profundamente los incentivos de los electores.

La pregunta dejó de ser quién representaba mejor las preferencias ideológicas de los ciudadanos. La nueva pregunta fue quién tenía mayores probabilidades de enfrentar exitosamente al candidato que aparecía liderando la competencia presidencial.

Es precisamente aquí donde la teoría del voto útil adquiere una enorme capacidad explicativa.

Los ciudadanos no siempre votan exclusivamente por afinidad programática. En determinadas circunstancias votan estratégicamente. Renuncian a su primera preferencia para fortalecer la opción que consideran más viable frente a un adversario que perciben como una amenaza.

La estrategia de campaña desarrollada por Cepeda parece haber desempeñado un papel relevante en este proceso. La insistencia en la posibilidad de una victoria en primera vuelta buscaba proyectar fortaleza y liderazgo. Desde la lógica electoral, se trataba de una estrategia comprensible. Sin embargo, desde la psicología política, pudo producir efectos no previstos.

La percepción de una victoria inminente no necesariamente genera resignación entre los adversarios. En ocasiones produce exactamente el efecto contrario. Cuando una candidatura genera altos niveles de rechazo, la sensación de que su triunfo está próximo puede activar una movilización defensiva extraordinariamente intensa.

La amenaza deja de ser hipotética y se convierte en inmediata.

La campaña entra entonces en una nueva fase emocional.

Muchos ciudadanos dejan de preguntarse quién expresa mejor sus convicciones y comienzan a preguntarse quién puede impedir el resultado que consideran más peligroso.

Desde esta perspectiva, una hipótesis consistente con la evolución observada es que una parte importante del electorado opositor experimentó un proceso de concentración estratégica. El crecimiento de Abelardo durante la fase final de la campaña, acompañado por el estancamiento o retroceso relativo de Paloma en varias encuestas, puede interpretarse como la manifestación de ese fenómeno.

Más que un simple traslado mecánico de votos, lo que parece haberse producido es una reorganización de las expectativas electorales.

Los más de cinco millones de votos de la consulta no constituían un bloque homogéneo. Allí coexistían diversos electorados, liderazgos e identidades políticas. Sin embargo, conforme la posibilidad de una victoria de Cepeda adquirió mayor visibilidad, muchos ciudadanos comenzaron a buscar el vehículo electoral que consideraban más eficaz para enfrentar ese escenario.

La figura de Abelardo terminó ocupando progresivamente ese lugar simbólico.

Su discurso más confrontacional, su posicionamiento como opositor frontal y su capacidad para representar el rechazo al proyecto político de la izquierda pudieron haber fortalecido la percepción de que era el candidato con mayores posibilidades de disputar exitosamente la Presidencia frente a Cepeda.

Si esta interpretación es correcta, los resultados de la primera vuelta no reflejan únicamente una competencia entre proyectos políticos. Reflejan también una profunda transformación en la lógica del comportamiento electoral. El voto dejó de organizarse exclusivamente alrededor de identidades ideológicas y comenzó a estructurarse alrededor de emociones políticas, percepciones de amenaza y cálculos estratégicos.

La paradoja es notable. Una estrategia diseñada para proyectar la imagen de una victoria inevitable pudo haber contribuido, simultáneamente, a estimular la movilización de quienes deseaban impedirla. El mensaje de triunfo fortaleció la confianza de los seguidores, pero también incrementó la sensación de urgencia entre los opositores.

En consecuencia, la primera vuelta presidencial puede interpretarse como una evidencia de que la política contemporánea se libra cada vez menos en el terreno de las propuestas y cada vez más en el terreno de las emociones. La verdadera disputa no ocurrió únicamente entre programas de gobierno. Ocurrió también entre miedos, esperanzas, identidades y percepciones de riesgo.

Lo que emerge de esta elección es un fenómeno ampliamente documentado por la literatura internacional: cuando la polarización afectiva alcanza niveles elevados, los ciudadanos tienden a votar menos por quien los representa mejor y más por quien consideran capaz de impedir el triunfo de aquello que perciben como una amenaza.

La primera vuelta presidencial parece confirmar precisamente esa dinámica. Más que una elección convencional, fue una elección atravesada por la polarización emocional, el voto útil y el voto del miedo. Y quizás sea allí donde se encuentra una de las claves fundamentales para comprender no solo estos resultados, sino la evolución reciente de la democracia colombiana.

La primera vuelta ha concluido y con ella termina una competencia en la que once candidatos aspiraban a ocupar los dos lugares disponibles en la gran final electoral. Como ocurre en las competencias deportivas de más alto nivel, el objetivo inicial no era ganar el campeonato, sino clasificar a la siguiente fase. Los ciudadanos ya tomaron esa decisión y definieron quiénes continúan en carrera y quiénes quedan por fuera de la disputa presidencial. Sin embargo, interpretar los resultados de la primera vuelta como una anticipación automática del desenlace final sería un error analítico. A partir de este momento comienza una elección completamente distinta, con nuevas reglas políticas, nuevos incentivos electorales y nuevos comportamientos de los votantes. Ninguno de los dos finalistas tiene asegurada la victoria. Todo puede ocurrir. La historia electoral demuestra que las segundas vueltas no se ganan necesariamente con los votos obtenidos en la primera, sino con la capacidad de ampliar coaliciones, atraer nuevos respaldos, persuadir a los electores indecisos, movilizar abstencionistas y, sobre todo, conquistar una parte significativa de los ciudadanos que respaldaron a los candidatos eliminados. Allí se encuentra la verdadera disputa que se abre desde ahora. Los millones de votos que quedaron sin representación directa en la segunda vuelta constituyen el principal campo de batalla electoral. En consecuencia, ganará quien logre interpretar mejor las expectativas de esos electores, construir las alianzas más eficaces, proyectar la mayor capacidad de gobierno y desarrollar el mejor desempeño político durante las próximas semanas. La primera vuelta definió quiénes compiten; la segunda definirá quién logra convertirse en mayoría nacional. Precisamente sobre esa nueva realidad electoral, sus posibles escenarios y las dinámicas de comportamiento político que podrían determinar el resultado final, se ocupará el próximo análisis.

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral

 

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