domingo, agosto 16, 2026

Noticias de Colombia y el Mundo

Editorial 190: Jesús y la arquitectura del poder: cuando el pasado revela el presente

Más Leídos

Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)

Hay momentos en la historia en los que un hecho puntual no se agota en su tiempo, sino que se proyecta como una estructura que se repite, se adapta y reaparece bajo nuevas formas. El juicio y la crucifixión de Jesús en la Jerusalén del siglo I constituyen uno de esos momentos. No es únicamente un episodio religioso ni un conflicto doctrinal; es una escena en la que el poder se despliega en todas sus dimensiones. Y al observarla con atención, el lector comienza a notar algo inquietante: aquello que ocurrió entonces no ha desaparecido. Ha cambiado de lenguaje, de actores, de escenarios, pero su lógica sigue operando.

En Jerusalén, el orden estaba sostenido por una delicada articulación entre el Imperio romano, las élites religiosas y las dinámicas sociales del pueblo. Ese equilibrio no era estático; era una tensión permanente. En el presente, las sociedades también se sostienen sobre equilibrios frágiles entre Estado, élites económicas y políticas, sistemas de justicia, medios de comunicación y opinión pública. La diferencia no está en la existencia de estos elementos, sino en su forma de manifestarse. La estructura, en esencia, permanece.

Jesús aparece en ese escenario como una figura que no encaja. No responde al poder institucional representado por Caifás, ni al poder estructural que se movía en la sombra a través de Anás. Tampoco pertenece al aparato imperial que se encarna en Poncio Pilato, ni se alinea con la lógica de confrontación violenta que puede asociarse a Barrabás. Su autoridad no depende del cargo, ni de la fuerza, ni del reconocimiento institucional. Surge de algo más difícil de controlar: la capacidad de interpelar a las personas, de resignificar sus creencias, de cuestionar lo que parecía incuestionable.

Ese tipo de autoridad, que no se puede regular fácilmente, sigue siendo hoy uno de los mayores desafíos para cualquier sistema de poder. En contextos contemporáneos, emerge en líderes sociales, movimientos ciudadanos, voces críticas que no provienen de las estructuras tradicionales. Y, como en Jerusalén, su aparición no siempre es recibida como una oportunidad de transformación, sino como una perturbación que debe ser contenida.

El proceso contra Jesús comienza donde comienzan muchos conflictos políticos: en la identificación de una amenaza. No es el poder central —representado por Poncio Pilato— el que primero reacciona, sino la élite local, encabezada por Caifás, con la influencia persistente de Anás. Ellos perciben que algo se está moviendo fuera de los márgenes establecidos. Jesús no solo predica; altera el orden simbólico, cuestiona la autoridad, desplaza el centro de la legitimidad. En ese gesto, introduce una fisura en el sistema de legitimidad que sostiene al Templo.

A partir de ahí, se activa un mecanismo que resulta sorprendentemente familiar: la construcción del problema. En Jerusalén, la acusación inicial es religiosa —blasfemia—, pero rápidamente se transforma en una acusación política: “rey de los judíos”. Este tránsito no es accidental; es estratégico. El conflicto se traduce a un lenguaje que permita la intervención del poder decisorio. Hoy, ese mismo mecanismo se observa cuando las disputas sociales son reconfiguradas discursivamente: lo que es protesta se convierte en amenaza, lo que es crítica se presenta como desestabilización, lo que es disidencia se redefine como riesgo institucional. El poder no solo responde a los hechos; los reinterpreta para hacerlos operativos dentro de sus marcos de acción.

Luego viene la circulación del caso. Jesús es llevado de Anás a Caifás, de Caifás a Pilato, de Pilato a Herodes Antipas, y de regreso a Pilato. Esta cadena no es solo un trámite; es una redistribución del poder y de la responsabilidad. En el mundo contemporáneo, los conflictos atraviesan rutas similares: pasan por medios de comunicación, instancias judiciales, organismos de control, autoridades políticas. Cada paso redefine el problema, lo amplifica o lo diluye, y al mismo tiempo dispersa la responsabilidad de la decisión final. Nadie parece ser completamente responsable, pero el sistema en su conjunto avanza hacia una resolución.

La figura de Herodes Antipas introduce un elemento que sigue siendo profundamente actual: el poder que observa, pero no decide. Interroga, se interesa, incluso se burla, pero evita asumir una posición que implique costos. En el presente, esta lógica se manifiesta en actores políticos o institucionales que prefieren mantenerse en la ambigüedad, trasladar decisiones, esperar el desenlace. No son neutrales, pero tampoco se comprometen. Y en esa aparente pasividad, contribuyen a que el proceso continúe.

A medida que el caso avanza, entra en escena la dimensión más impredecible del poder: la multitud. En Jerusalén, esa multitud termina inclinando la balanza en la elección entre Jesús y Barrabás. En el presente, esa multitud se expresa a través de la opinión pública, las redes sociales, la movilización ciudadana. No es un actor homogéneo ni necesariamente racional, pero tiene la capacidad de presionar, de legitimar o de deslegitimar decisiones. Y como entonces, también hoy puede ser influenciada, orientada, canalizada.

La elección de Barrabás no es solo una decisión puntual; es la expresión de una tensión más profunda. Barrabás encarna la respuesta inmediata, confrontacional, visible. Jesús representa una transformación más profunda, pero menos evidente en términos de poder tradicional. En contextos contemporáneos, esta tensión sigue presente: las sociedades oscilan entre respuestas rápidas y estructurales, entre la confrontación directa y la transformación de fondo. Y muchas veces, en medio de la urgencia, se opta por lo primero.

Finalmente, la decisión recae en Poncio Pilato. Y es aquí donde la escena revela una de las constantes más duras del ejercicio del poder: cuando la justicia y la estabilidad entran en conflicto, la estabilidad suele imponerse. Pilato no actúa como un juez en el sentido moderno; actúa como un administrador del orden. Percibe el riesgo, mide la presión, evalúa las consecuencias. Y decide. No necesariamente en función de la verdad, sino en función del equilibrio.

En el presente, esta lógica sigue operando. Los Estados, enfrentados a situaciones de tensión, toman decisiones que no siempre responden a criterios de justicia plena, sino a cálculos de gobernabilidad, de estabilidad, de control. La “razón de Estado” no es una invención moderna; es una constante histórica que ya se vislumbra en la decisión de Pilato.

La crucifixión, finalmente, no es solo una ejecución. Es un acto ejemplarizante. En Jerusalén, envía un mensaje claro sobre los límites de lo tolerable. En el presente, las sanciones pueden no ser físicas, pero cumplen funciones similares: judicialización, estigmatización, exclusión, deslegitimación. El objetivo no es únicamente resolver un caso, sino enviar una señal al conjunto de la sociedad.

Si se observa el proceso completo, lo que emerge es una estructura de poder que opera de manera articulada: Caifás identifica y formaliza la amenaza; Anás influye desde la red invisible; Herodes Antipas evita comprometerse; la multitud presiona; Barrabás encarna la respuesta radical; y Poncio Pilato decide en nombre del orden. En el presente, esos nombres cambian, pero las funciones permanecen: élites que interpretan y defienden el sistema, redes de poder que operan sin visibilidad plena, actores políticos que evaden, opinión pública que presiona, expresiones radicales de descontento y un Estado que, en última instancia, decide.

Dos mil años han pasado. Veinte siglos. Y, sin embargo, el juicio no ha terminado.

Lo que ocurrió en Jerusalén no fue solo la condena de un hombre, sino la exposición desnuda de una arquitectura del poder que sigue respirando en nuestro tiempo. Allí estuvieron todos: la élite que define la amenaza, el poder en la sombra que orienta sin aparecer, la institucionalidad que formaliza la acusación, el gobernante que evade, la multitud que presiona y el imperio que decide. No como una conspiración explícita, sino como una convergencia silenciosa de intereses, miedos y cálculos. Y el resultado fue el mismo que tantas veces se repite en la historia: preservar el orden, aun a costa de la verdad.

Hoy los nombres han cambiado, los escenarios son otros, los lenguajes se han sofisticado. Pero la lógica permanece. El poder sigue identificando aquello que lo incomoda, sigue traduciendo los conflictos a categorías que pueda controlar, sigue desplazando responsabilidades, sigue midiendo el pulso de la multitud y, cuando es necesario, sigue actuando en nombre de la estabilidad. No siempre con cruces, pero sí con mecanismos que excluyen, silencian o neutralizan.

Por eso, el juicio de Jesús no pertenece al pasado. Es un espejo. Un espejo incómodo que nos devuelve preguntas que no hemos resuelto. ¿Cuántas veces una sociedad, enfrentada a la posibilidad de transformarse, elige proteger sus estructuras? ¿Cuántas veces el miedo al desorden pesa más que la búsqueda de justicia? ¿Cuántas veces la voz que interpela es convertida en amenaza para poder ser contenida?

Lo más inquietante no es que aquello haya ocurrido. Lo verdaderamente inquietante es reconocer que puede seguir ocurriendo. Que bajo nuevas formas, con nuevos actores, la misma secuencia puede activarse: identificar, reinterpretar, aislar, presionar, decidir. Y entonces, como en Jerusalén, el poder no necesita gritar; le basta con actuar.

La historia no se repite como copia, pero sí como estructura. Y en esa estructura, el juicio de hace veinte siglos sigue vivo. No en los detalles, sino en su lógica profunda. Una lógica que nos obliga a preguntarnos, no por lo que hicieron ellos, sino por lo que estamos dispuestos a hacer nosotros.

Porque al final, la pregunta no es histórica. Es radicalmente presente: cuando el poder se siente interpelado, ¿elegiremos transformar el orden… o, una vez más, reorganizarlo para que nada cambie?

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral.

 

 

- Publicidad -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
- Publicidad -spot_img

Más Articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Espacio Publicitario -

Agencia digital especializada en el diseño y desarrollo de páginas web a la medida.spot_img

Últimos articulos