“En política, quien no une, se hunde. Solo la unidad convierte la esperanza en victoria y el voto libre en poder real.”
Por José Gustavo Hernández Castaño (*)
El panorama político del Quindío refleja una tensión profunda entre el poder ciudadano que despierta y las viejas maquinarias que, por décadas, han manipulado la voluntad popular desde las estructuras del Estado. Gobernación y alcaldías se han convertido en instrumentos de clientelismo, donde el voto libre fue reemplazado por la obediencia o la coacción. Pero la historia enseña una verdad inapelable: el poder real no habita en los despachos ni en los clanes políticos, sino en la conciencia y el voto libre de los ciudadanos. Solo un voto libre, independiente y sin miedo puede romper el ciclo del sometimiento y devolver la dignidad a la política.
Las fuerzas progresistas, llamadas a encarnar esa esperanza, han caído en la trampa de la división, desperdiciando oportunidades valiosas. El recuerdo de 2022 es una advertencia elocuente: teniendo los votos suficientes para conquistar una curul —y disputar una segunda—, el Pacto Histórico y las fuerzas aliadas lo perdieron todo por la dispersión y la falta de unidad. Esa derrota no fue por ausencia de apoyo popular, sino por la incapacidad de sumar inteligentemente. La historia no puede repetirse.
Desde 2014, una franja constante de entre 30.000 y 35.000 electores en el Quindío se ha mantenido firme votando por fuerzas alternativas: ciudadanos libres, críticos y conscientes que, elección tras elección, han preferido candidaturas diferentes a las del establecimiento. Esa base social no ha desaparecido: sigue ahí, esperando coherencia, liderazgo y unidad.
La consulta del 26 de octubre de 2025 ratificó esa fuerza latente. En una jornada fría, sin maquinarias ni clientelismo, cerca de 27.000 ciudadanos se movilizaron voluntariamente. Esa cifra no es menor: es la prueba viva de que existe un núcleo sólido de votantes progresistas que puede ser el cimiento de una nueva mayoría. Ese capital político debe consolidarse con inteligencia, generosidad y visión estratégica.
El reto de 2026 exige mucho más que discursos: demanda unidad real, dentro y fuera del Pacto Histórico. Es hora de tender puentes con todas las fuerzas alternativas —verdes, liberales progresistas, movimientos sociales y UNITARIOS— para construir un Frente Amplio (FA) que encarne la esperanza ciudadana frente a los partidos del establecimiento. Solo sumando voluntades se podrá alcanzar el umbral y transformar la indignación en poder político.
Las condiciones están claras y las posibilidades son reales: para lograr una votación que supere el umbral de los 42.000 votos, es indispensable conformar una lista unitaria del Frente Amplio, incorporando al candidato más votado en la consulta, un segundo candidato de la Alianza Verde y un tercero que represente a los demás sectores alternativos —Unitarios, liberalismo progresista y movimiento social—. La unidad no solo convoca más electores, sino que multiplica la eficacia electoral. Cada voto disperso es una oportunidad perdida; cada alianza, una semilla de victoria.
Desde una perspectiva legal, nada impide avanzar en ese camino. La consulta interna del Pacto Histórico es un ejercicio legítimo de democracia partidista, pero no limita la posibilidad de conformar una lista de coalición o Frente Amplio para las elecciones legislativas de 2026. La Ley 1475 de 2011 lo permite expresamente: basta con llegar a acuerdos, cumplir los requisitos formales —acuerdo de coalición, plataforma común y registro dentro del plazo de inscripción— y proceder ante la autoridad electoral. Lo jurídico abre el camino; lo político debe transitarlo con inteligencia y determinación.
Desde el plano político, esta posibilidad es estratégica. La consulta otorgó legitimidad a un liderazgo surgido de las bases, un capital invaluable para dialogar con otras fuerzas alternativas. Haber demostrado capacidad organizativa y voto propio es el punto de partida para tejer alianzas con altura. Así, lo legal habilita la posibilidad, pero lo político exige visión, generosidad y madurez. El éxito dependerá de transformar la voluntad de cambio en una unidad efectiva que sume fuerzas, supere el umbral y dispute el poder real al viejo orden.
Y aquí surge el verdadero desafío: la madurez política. Significa aprender de los errores, superar los personalismos y entender que las diferencias ideológicas no pueden ser excusa para la fragmentación. Madurez es reconocer que el adversario no está dentro del movimiento, sino en las estructuras que perpetúan la desigualdad y la corrupción.
También es indispensable una lectura inteligente del territorio electoral: conocer las dinámicas locales, comprender quiénes votan, por qué lo hacen y cómo se construye confianza en las comunidades. El Quindío no se transforma con consignas, sino con estrategia, presencia territorial y pedagogía política. Se requiere escuchar más, acompañar más y hablarle al corazón del ciudadano con sinceridad y convicción.
Por último, el camino hacia la victoria requiere preparación y voluntad política: preparación para planificar, formar equipos, diseñar estrategias y movilizar con método; voluntad para unir, ceder y construir con apertura, sin dogmatismos ni sectarismos. La historia no premia a los más puros, sino a los más lúcidos, los más preparados y, sobre todo, a los más unidos.
Porque al final, el mensaje es uno solo y contundente: el poder ciudadano ya despertó. Ahora le corresponde a la dirigencia progresista estar a su altura, actuar con visión, inteligencia y humildad. Si se logra esa unidad amplia y consciente, el Quindío no solo votará distinto: empezará a escribir una nueva historia política de dignidad y cambio real.
(*) Magister en Ciencias Políticas
- Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
- Investigador en historia política y comportamiento electoral.
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