lunes, agosto 17, 2026

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Editorial 156: La consulta del Pacto Histórico y la pedagogía de la esperanza

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Por José Gustavo Hernández Castaño (*)

Hay ejercicios políticos que trascienden las cifras y se convierten en señales. El pasado 26 de octubre de 2025, el Pacto Histórico realizó una consulta interna que movilizó a 2.753.738 ciudadanos. Más que una jornada electoral, fue una convocatoria simbólica: un llamado a medir la temperatura de la esperanza en un tiempo político que, paradójicamente, muchos calificaban de “frío”. Sin embargo, lo que parecía un ensayo de rutina se transformó en una demostración de vitalidad colectiva.

En política, los números cuentan, pero su valor depende del contexto. Superar los dos millones y medio de votos sin elecciones concurrentes, sin listas al Congreso y sin el atractivo mediático de una contienda general, es una proeza de organización y convicción. Los especialistas han coincidido en ello: fue una oportunidad para que el Pacto Histórico se legitimara, un ejercicio de democracia interna que refuerza la estructura de base, una señal de fuerza organizativa y una posible continuidad del proyecto que llevó a la izquierda al poder en 2022.

Más allá del número de votos

de los porcentajes —Iván Cepeda con 1.540.391 votos (65,1 %), Carolina Corcho con 678.962 (28,7 %) y Daniel Quintero con 145.558 (6,1 %)—,

la consulta reveló un fenómeno que los politólogos llaman movilización estructural en tiempo frío: cuando la ciudadanía responde sin el estímulo del calendario electoral. Ese tipo de participación expresa algo más profundo que la disciplina partidista; refleja un sentido de pertenencia ideológica, una convicción emocional que sobrevive al desgaste y al ruido. Es lo que la teoría política denomina el voto identitario y que, en términos de Programación Neurolingüística, podríamos traducir como el anclaje emocional de la causa: votar no solo por un candidato, sino por la idea de futuro que representa.

El mérito del resultado crece cuando se observan las trabas impuestas por el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la falta de garantías logísticas durante el proceso.

Además, se evidenció una campaña de propaganda negra —difundida en redes y medios— que buscaba desestimular la participación, alimentando el rumor de que la consulta no tendría validez o que sería suspendida. Ese tipo de operaciones, tan antiguas como el miedo, apelan al desaliento y a la duda: mecanismos psicológicos diseñados para debilitar la motivación ciudadana. Sin embargo, la respuesta popular fue contraria a lo esperado: cuanto más se intentó minar el entusiasmo, más se fortaleció la convicción.

El día de la votación, el escenario fue igualmente complejo. Se registraron faltas de tarjetones en numerosas mesas, lo que obligó a suspender temporalmente el proceso en varios municipios. A esto se sumó una reducción exagerada de los puestos de votación: los puestos de la zona rural, traslados a cabeceras municipales y, en la mayoría de las zonas se redujo a dos, máximo 4 puestos de votación, provocando filas interminables. Lejos de desanimar, las largas colas se transformaron en un símbolo: una metáfora viva de la paciencia política, del ciudadano que espera no por obligación, sino por convicción.

A ello se añadió un tarjetón mal diseñado con ausencia del recuadro visible para el voto en blanco. El escrutinio final, además, no registró el voto en blanco, confundiéndolo con el voto nulo. Este error no solo afectó la transparencia, sino que redujo la visibilidad de quienes quisieron expresar un voto simbólico. Todo ello conforma un cuadro de ineficiencia institucional que, paradójicamente, termina realzando el logro del movimiento: la alta votación, a pesar de todo.

La pedagogía de la movilización

El dato global —2,7 millones de votos— no solo valida al Pacto Histórico; también marca el inicio de una secuencia política inédita. Si el sistema colombiano contempla dos vueltas presidenciales, para el progresismo en realidad serán cuatro: la consulta de octubre, la escogencia del candidato presidencial del frente Amplio, en las elecciones legislativas de marzo, la primera vuelta presidencial en mayo y la eventual segunda en junio.

Esta ventaja temporal no es menor. En un país donde la atención pública se dispersa fácilmente, el Pacto Histórico ha logrado algo que los estrategas electorales valoran como oro: mantener la conversación viva, prolongar la narrativa y sostener el compromiso ciudadano. Cada vuelta no solo es una elección, sino un acto de reafirmación; un recordatorio constante de que la política también puede ser un proceso pedagógico.

A lo largo de estos meses, el movimiento ha conseguido tres cosas fundamentales:

  1. Mayor tiempo de exposición pública en medios y redes, ampliando la familiaridad de sus liderazgos.
  2. Continuidad de la movilización ciudadana, un pulso que mantiene encendido el interés del electorado potencial.
  3. Una puesta en escena de madurez política, al mostrar la capacidad de buscar un candidato de consenso dentro del Frente Amplio, apelando a la negociación, la unidad y la esperanza.

En este punto, los expertos coinciden: el Pacto Histórico no solo está vivo, sino que ha aprendido a convertir la competencia interna en energía colectiva. Es decir, transformó la tensión natural de la disputa en un ensayo de cohesión. La política, en este sentido, se convierte en un espacio de aprendizaje emocional, donde los ciudadanos ya no votan por desahogo, sino por propósito.

Cuatro vueltas, una misma corriente

El año 2026 se perfila como un escenario de alta intensidad política. Si para los partidos tradicionales las campañas arrancarán en marzo, el progresismo comenzó su ruta meses antes. Este adelanto no solo amplía su calendario: construye ventaja narrativa. Cada acto, cada plaza, cada foro o publicación se convierte en una pieza más del gran rompecabezas electoral.

Desde la Teoría de la Movilización, lo que el Pacto ha logrado es sostener una campaña latente, una corriente subterránea que mantiene vivo el sentido de pertenencia. En términos de PNL, podríamos decir que ha logrado anclar emociones positivas (confianza, orgullo, propósito) a una causa política colectiva. En lugar de apagar el fuego tras la consulta, lo mantiene encendido, alimentando la percepción de continuidad, de camino, de destino.

El ejercicio de octubre demostró además algo esencial: que la política puede movilizar sin prometer, convocar sin presionar y emocionar sin manipular. Lo hizo apelando a la identidad, al compromiso y al poder transformador de la participación. El voto, cuando se asume como acto consciente y emocional, se convierte en energía social.

Entre la razón y la emoción: la lección del tiempo frío

Los analistas políticos han insistido en que las consultas en “tiempo frío” son pruebas de fuego para los movimientos políticos. No hay arrastre mediático ni euforia electoral; solo queda la convicción. Por eso, los 2,7 millones de votos del Pacto Histórico valen más de lo que aparentan: son la evidencia de una comunidad política en movimiento.

Como lo señaló Razón Pública, el proceso evidenció la capacidad de cohesión interna y la madurez organizativa alcanzada tras años de fragmentación. El País describió la jornada como “un termómetro del entusiasmo progresista”, mientras que Pulzo fue más pragmático: “el resultado es relativamente bueno, pero insuficiente para asegurar un triunfo en primera vuelta”. Y es cierto: el dato no garantiza el poder, pero sí el impulso. En una democracia fatigada, donde el desencanto se confunde con indiferencia, movilizar a casi tres millones de personas es un logro de voluntad y sentido.

El Pacto Histórico ha entendido, quizá mejor que cualquier otra fuerza política, que la batalla del 2026 no se libra solo en las urnas, sino en el territorio emocional de la ciudadanía. Los partidos que logren conectar emoción con proyecto, razón con esperanza, serán los que capitalicen el nuevo ciclo electoral. Porque la política del siglo XXI ya no se gana solo con estrategias racionales: necesita relatos que inspiren y símbolos que unan.

El poder de una corriente subterránea

En clave académica, el proceso puede leerse como un caso de reconfiguración institucional progresista. Tras años de dispersión, los partidos y movimientos que conforman el Pacto Histórico han logrado un grado de articulación que responde a lo que Panebianco denomina “institucionalización por crisis”: la capacidad de cohesionar a partir de la necesidad de supervivencia política. El Pacto Histórico empieza a funcionar como un ecosistema, donde las diferencias no fragmentan, sino que complementan. El Frente Amplio, que se proyecta como segunda etapa de esta articulación, constituye un esfuerzo por pasar del liderazgo carismático a una estructura colegiada, una transición que pocas fuerzas políticas latinoamericanas han logrado de manera exitosa.

Desde la perspectiva del comportamiento electoral, lo ocurrido puede interpretarse como la consolidación de un voto duro ideológico —fiel y resistente—, pero con potencial de expansión hacia un voto blando de simpatía si el movimiento logra traducir su discurso en confianza, en resultados y en emoción colectiva. Esa es la tarea de la “pedagogía de la esperanza”: transformar el voto de convicción en voto de mayoría.

El reto, en adelante, será sostener la llama sin quemarla, convertir la fuerza interna en apertura ciudadana, y demostrar que la política puede volver a ser un lugar donde las palabras convocan y no dividen.

La consulta del Pacto Histórico fue más que un conteo de votos: fue un acto de fe colectiva. Una demostración de que, incluso en los tiempos fríos, hay corazones encendidos. Si el movimiento logra mantener esa corriente viva hasta las elecciones de 2026, no solo tendrá ventaja en el tablero político, sino también en el más importante de los escenarios: el emocional. Porque al final, como enseña la historia y confirma la PNL, los pueblos no se mueven solo por cálculo, sino por sentido. Y el sentido, cuando se enciende, es imparable.

Próximo artículo: análisis de la consulta de Senado y Cámara Quindío

(*) Magister en Ciencias Políticas

  • Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
  • Investigador en historia política y comportamiento electoral.

E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com

gustavo.hernandez@bambucomunicaciones.com

 

 

 

 

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