Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
En Colombia la política nunca muere: se recicla, se reinventa, se disfraza, pero siempre encuentra la manera de mantenernos atrapados en su tragicomedia. Hoy, a puertas de las elecciones de 2026, asistimos a una función que parece escrita por un guionista de realismo mágico con alma de bufón: más de 100 posibles candidatos presidenciales, 40 precandidatos en serio —o en broma—, y una ciudadanía que observa entre incrédula y resignada cómo el péndulo político vuelve a oscilar, esta vez con menos convicción y más hartazgo.
El péndulo como maldición
Desde el siglo XIX, los colombianos aprendimos a vivir en extremos: liberales contra conservadores, conservadores contra liberales, Estado contra insurgencia, uribistas contra petristas y viceversa. La historia nacional parece un péndulo oxidado que, cada vez que se mueve, golpea más fuerte y deja más magulladuras. No importa quién gane: siempre se gobierna contra el otro, nunca con el otro.
Uribe gobernó contra la guerrilla y sus opositores. Santos gobernó contra Uribe y sus herederos. Duque gobernó contra las calles que le recordaban que era presidente, pero no líder. Petro gobierna contra medio país que no lo eligió y contra la otra mitad que ya duda de haberlo hecho. ¿Y el ciudadano? Ese observa el vaivén como quien ve un reloj viejo: sabe que marca la hora, pero ya no cree en su precisión.
El circo de las candidaturas
Colombia ostenta un récord mundial no inscrito en Guinness: producir candidatos presidenciales como si fueran panes en horno de leña. Cien nombres en medios y redes sociales, cuarenta con alguna aspiración tangible. Una inflación de aspiraciones que, lejos de reflejar pluralismo, revela la pobreza de los proyectos colectivos. Aquí no hay partidos, hay franquicias electorales; no hay ideologías, hay slogans de ocasión.
El votante no elige propuestas, sino hashtags. No se debate sobre modelos de desarrollo o transición energética, sino sobre quién grita más fuerte en Twitter o quién insulta con mayor creatividad en TikTok. La política se ha vuelto un show de stand-up, pero sin gracia.
El laberinto de la incertidumbre
De este exceso de candidatos no emerge claridad, sino incertidumbre. Ningún partido, ningún polo, ningún liderazgo tiene asegurado su paso a primera vuelta. La política colombiana es un laberinto sin salida: cada esquina promete esperanza, pero conduce al mismo muro.
Los escenarios posibles parecen sacados de un manual de futurología tropical:
- Una final clásica izquierda–derecha, como un partido de fútbol repetido hasta el tedio.
- El outsider de turno, un “Rodolfo Reciclado” que promete limpiar la casa y termina incendiándola.
- El centro que clama “ni lo uno ni lo otro” mientras se ahoga en su propia tibieza.
- Un triple empate que haría del país una ruleta rusa institucional.
- Y, por supuesto, el pacto de barones regionales, esa versión criolla de Juego de Tronos, pero sin dragones.
La única certeza es la incertidumbre. El futuro es tan opaco que ni los adivinos de la Plaza de Bolívar se atreven a apostar.
La democracia fatigada
Mientras tanto, la ciudadanía se cansa. Los datos hablan por sí solos: abstención rondando el 50%, confianza en los partidos por debajo del 20%, aprobación presidencial disminuida. Pero lo más preocupante no son las cifras, sino la sensación colectiva de que la democracia se ha vuelto una feria de vanidades donde el ciudadano cuenta poco más que como espectador.
En Colombia no votamos por alguien, sino contra alguien. No elegimos al mejor, sino al menos temido. Somos una democracia del “mal menor”, un sistema donde el voto ya no construye futuro, sino que apenas contiene el desastre.
Conclusión: entre la sátira y la advertencia
Colombia se dirige a 2026 atrapada entre tres metáforas: el péndulo, el circo y el laberinto. El péndulo nos recuerda que seguimos oscilando sin aprender; el circo, que los candidatos abundan, pero los proyectos escasean; el laberinto, que la incertidumbre es la única brújula confiable.
No se trata de negar la democracia: aún tenemos elecciones, aún hay debate, aún hay ciudadanía activa. Pero si no somos capaces de transformar la polarización en competencia saludable y la fragmentación en representación, corremos el riesgo de convertirnos en una república fatigada, donde la política es puro espectáculo y el ciudadano, un simple espectador cansado de pagar la boleta.
La ironía final es que este país, rico en candidatos, pobre en consensos, todavía tiene en sus manos la posibilidad de reinventarse. Pero para eso necesitamos menos péndulo, menos circo y menos laberinto. Y más ciudadanos libres que entiendan que votar no es solo escoger un mal menor, sino exigir un bien común.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com
gustavo.hernandez@bambucomunicaciones.com






