Por: José Gustavo Hernández Castaño (*)
Al abrir la puerta de su memoria, Samuel Grisales no habla en cifras ni en estadísticas; habla en recuerdos.
Habla de su infancia como si todavía oliera a leña húmeda y a arepa recién tostada en fogón de carbón.
Lo miro, y mientras acomoda sus palabras, siento que estoy frente a un testigo de la historia viva del Quindío, un hombre que aprendió a curar cuerpos y terminó intentando curar también a un país enfermo de injusticias.
La infancia como escuela de resistencia
“Al evocarla me reedito la vida entera”, me dijo cuando le pregunté por su niñez. Y de inmediato me trasladó a Aguadas, Caldas, donde el pequeño Grisales vendía chorizos, empanadas y mangos para ayudar a sostener el hogar.
Era un niño que cambiaba juegos por responsabilidades, aunque también recordaba, con una sonrisa tímida, cómo giraban los trompos en las calles empolvadas, cómo se alineaban las bolas de cristal en los surcos de tierra, cómo se armaban torrecitas de corozos para derribarlas con certera puntería.
La juventud, en cambio, le resultó silenciosa en el amor. No conoció noviazgos, porque la pobreza no concede treguas para sentimentalismos.
Fue la etapa de estudiar, trabajar, sobrevivir; una juventud sin adornos, pero cargada de la disciplina que más tarde lo llevaría a conquistar metas imposibles.
Medellín, la universidad y la medalla invisible
Cuando me narró su llegada a Medellín en 1950, me estremecí. Samuel Grisales cargaba apenas tres pesos en el bolsillo, pero llevaba un océano de esperanza en los ojos.
Viajó en tren para presentar el examen de Medicina en la Universidad de Antioquia.
“Cuando escuché mi nombre en la lista de admitidos —me dijo—, sentí que me había ganado la medalla de oro de la vida”.
Se sostuvo como pudo: primero embolando zapatos en las esquinas, y vendiendo periódicos en las noches, luego gracias a un concurso universitario que le garantizó techo y comida.
No había tiempo para fiestas ni serenatas, porque la urgencia era otra: aprender en las salas de hospital, allí donde la vida y la muerte se disputan a cada paciente.
“Me hice médico en las madrugadas de urgencias”, repetía.
Terminó en 1957 y fue a parar al Quindío para cumplir su año rural.
Quiso el destino que, apenas llegado a Quimbaya, lo esperara un parto complicado en condiciones precarias.
Con un pulso firme y un bisturí en mano, Samuel Grisales salvó a madre e hijo.
Ese día, sin saberlo, también nació su vínculo con la tierra quindiana.
El médico que la política reclamó
En Quimbaya abrió consultorio en la plaza principal. Atendía a los pobres sin cobrarles y a los pudientes con justicia.
Fue así como se ganó el cariño de la gente y, sin proponérselo, sembró la semilla de su futuro político.
En 1966, en plena consulta, recibió la visita de Carlos Lleras Restrepo, entonces candidato a la presidencia. Ese mismo año, Samuel Grisales se lanzó al Concejo de Quimbaya por el Partido Liberal. Y ganó.
Desde entonces, su medicina y su política compartieron la misma receta: escuchar.
Repartía panela en los barrios, pero sobre todo repartía oídos y palabras.
Caminaba las calles con la bata blanca y con el discurso social en la garganta, hasta convertirse en un líder indiscutido.
Los cargos que marcaron su huella
La carrera política de Samuel Grisales fue extensa. Representó al Quindío en la Cámara por dos periodos consecutivos (1974–1978 y 1978–1982).
Luego ascendió al Senado, donde se mantuvo por varios periodos: 1982, 1986, 1990, con un paréntesis obligado por la revocatoria del Congreso en 1991.
Fue reelegido ese mismo año (1991), convirtiéndose en el único senador del Quindío en tiempos de transición, cuando Colombia pasó de la circunscripción departamental a la nacional.
En 1990 el destino lo llevó al Palacio de la Gobernación. Fue gobernador del Quindío desde el 23 de agosto de 1990 hasta el 13 de junio de 1991. Apenas diez meses, pero suficientes para dejar huella con la creación de la Oficina de Asistencia Social,
donde miles de pobres recibieron atención médica gratuita, medicamentos y dignidad.
Lo escuchaba y pensaba que en cada cargo lo acompañaba una constante: Samuel Grisales nunca dejó de ser médico. Su política fue, al fin y al cabo, una extensión de la consulta: un espacio para curar desigualdades.
El desencanto con la política actual
Cuando le pregunté cómo veía la política de hoy, su voz se tornó grave.
“Ya no es política de ideas, sino de negocios electorales”, me dijo. En sus palabras había tristeza, pero también indignación.
“Hoy los puestos se usan como botín para comprar conciencias. Eso no es política, es mercantilismo”. Era inevitable sentir nostalgia por un tiempo en que todavía se creía en la política como instrumento de justicia.
Para Samuel Grisales, la política era servicio; para muchos de sus contemporáneos de hoy, no es más que una franquicia del poder.
Rosarito Londoño: la fortaleza en casa
En medio de tanta vida pública, también hubo espacio para lo íntimo. Con emoción me relató cómo conoció a Rosarito Londoño, la mujer que sería su compañera. Él tenía 32 años y ella apenas 15. “Fue la bendición más grande de mi vida”, me confesó.
Y al escuchar la forma en que la nombraba, comprendí que sin ella su historia no estaría completa. Rosarito Londoño fue el sostén de la familia, la madre que se encargó de educar a los cinco hijos mientras él trabajaba sin descanso.
“Yo era el médico y el político, pero ella fue la verdadera maestra”, me dijo.
Hoy, cada uno de sus hijos es profesional, y en cada logro de ellos se esconde el sacrificio de esa pareja que se dividió las tareas de la vida.
El legado de Samuel Grisales
Cuando la conversación llegó a su fin, me quedé con la sensación de haber escuchado no solo una biografía, sino la radiografía de una época. Samuel Grisales es la síntesis de un tiempo en que un médico podía convertirse en político sin renunciar a su vocación de servicio. Es también el testimonio de cómo la política, si se la entiende bien,
puede ser una medicina para sanar la injusticia social.
Hoy, a sus 93 años de edad, Samuel Grisales conserva la fortaleza de un roble.
Su vida es un árbol de raíces hondas, sembrado en la tierra del Quindío, que ha resistido tempestades y sigue en pie con la dignidad intacta.
Al salir de su apartamento, comprendí que más allá de los cargos y las fechas, el verdadero legado de Samuel Grisales es una lección sencilla: servir.
Y en sus palabras finales, esa lección quedó clara: “Que nunca olviden que la política debe ser servicio. Que trabajen por los humildes, por los que no tienen voz”.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
E-mail: gerencia@bambucomunicaciones.com





