lunes, agosto 17, 2026

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Editorial 143: LA REBELDÍA COMO FORMA DE CRECER Memoria estudiantil de los años 60 y 70 en el Quindío

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Por: José Gustavo Hernández Castaño

Hay épocas que no pasan con los calendarios. Se quedan vibrando en la memoria, como un murmullo que no envejece. Una de esas fue la que vivimos quienes cursamos el bachillerato en el Quindío entre finales de los años 60 y comienzos de los 70, cuando ser joven no era simplemente una etapa biológica, sino un compromiso con el mundo y con las ideas. En aquella década inconforme, cuando la historia planetaria se escribía en las calles, en las universidades, en las plazas públicas y en las canciones de protesta que salían de guitarras rasgadas con rabia, también nosotros, en nuestros colegios de provincia, empezamos a sentir que el mundo nos hablaba. Y le respondíamos con lecturas urgentes, con debates encendidos, con una rebeldía intuitiva que nos brotaba de la piel como si fuera parte del uniforme.

Éramos adolescentes cuando el Che Guevara se convirtió en símbolo global, cuando las tropas estadounidenses bombardeaban Vietnam y medio mundo gritaba “¡No a la guerra!”, cuando las feministas se abrían paso entre prejuicios centenarios, cuando el Mayo Francés desafiaba el poder con grafitis en las paredes. Y aunque en nuestro entorno no se alzaban barricadas, lo cierto es que aquella ola de ideas —cargada de revolución, arte, espiritualidad, insumisión y ternura— alcanzó también las aulas de secundaria en el Quindío, donde una generación inquieta comenzó a preguntarse si estudiar era solamente repetir lo aprendido, o si también podíamos soñar con transformar lo que nos rodeaba.

En esos años, la rebeldía no era moda: era necesidad. Y los colegios de secundaria se convirtieron en semilleros de inquietud, espacios donde la juventud empezó a hacerse preguntas incómodas: ¿por qué la educación era vertical, autoritaria, distante de nuestra realidad? ¿Por qué no teníamos voz en nuestras escuelas? ¿Por qué callar si también teníamos algo que decir?

De esa necesidad nació algo más grande: organización. Primero vinieron los grupos de estudio, los centros literarios, los debates espontáneos en los parques, las visitas a sindicatos docentes donde escuchábamos hablar de pedagogía y dignidad. Luego llegó la FESQUI —Federación de Estudiantes de Secundaria del Quindío—, como primer intento de articular nuestras voces. Pero el momento estelar fue sin duda la fundación de la Unión Nacional de Estudiantes de Secundaria (UNES), cuyo primer congreso constitutivo tuvo lugar en Armenia, en pleno corazón del Quindío. Aquel evento fue más que una reunión: fue el nacimiento de una voz colectiva. Jóvenes de distintos rincones del país, entre cuadernos, pancartas y sueños, redactamos nuestros primeros manifiestos, discutimos sobre democracia escolar, sobre derechos juveniles, sobre dignidad en las aulas. Nos reconocimos como parte de algo mayor: un movimiento nacional que no pedía permiso para pensar. Armenia se convirtió entonces en símbolo de organización y resistencia, y nosotros, muchachos de secundaria, comprendimos que nuestra voz también podía ser historia.

Aquel congreso fue, para muchos de nosotros, una iniciación política, una ceremonia laica en la que dejamos de ser solo estudiantes y comenzamos a vernos como sujetos históricos. Recuerdo el fervor en las discusiones, la generosidad en los abrazos, la emoción de ver a jóvenes de toda Colombia —desde Bogotá, Cali, Medellín, Pasto, Bucaramanga, Barrancabermeja, Barranquilla— compartiendo los mismos sueños, las mismas luchas, la misma urgencia por una educación más justa, más crítica, más cercana a la vida real.

En ese entonces, el pensamiento del Che Guevara nos inspiraba con su ética del compromiso. El nadaísmo nos invitaba a romper los moldes literarios y existenciales de una sociedad conservadora. La Teología de la Liberación nos hablaba, desde el Evangelio, de un Cristo de rostro campesino que exigía justicia. Éramos la generación que creía en el poder de la palabra, en la política como vocación, en el amor como disidencia.

Y aunque no teníamos redes sociales ni celulares, tejíamos redes humanas con los sindicatos de maestros, como APROMEQUIN y SIEPOQUI, que nos acogían como hermanos menores, nos orientaban y nos protegían en las horas difíciles. Ellos también sabían que educar no era solamente dictar clases, sino acompañar procesos, formar conciencia, dignificar al estudiante.

Ahora, medio siglo después, nos convocamos de nuevo. Esta vez no para marchar, ni para escribir manifiestos, ni para ocupar rectorías, sino para celebrar —con gratitud y alegría— el haber sido parte de una generación que no se conformó. Queremos volvernos a graduar, simbólicamente, en un acto de memoria colectiva. Queremos abrazarnos como se abrazan los que han caminado caminos distintos, pero nunca dejaron de compartir el mismo mapa emocional. Queremos rendir homenaje al colegio que nos formó —el glorioso Rufino José Cuervo— no como un edificio de aulas y campanas, sino como un territorio simbólico de nuestra juventud, donde aprendimos no solo a conjugar verbos o resolver ecuaciones, sino a imaginar un país distinto, a disentir con respeto, a forjar amistades que hoy, medio siglo después, siguen intactas en el alma. Volver al Rufino no es regresar al pasado: es reencontrarnos con ese instante fundacional donde comenzamos a ser nosotros mismos.

Porque el tiempo ha pasado, sí. Pero no ha pasado en vano. Las ideas que defendimos en nuestra juventud siguen vivas, fermentando silenciosamente en las nuevas generaciones. Quizá ya no somos los de antes, pero tampoco hemos dejado de ser quienes fuimos. En cada arruga hay una anécdota; en cada cicatriz, una lección. Y en cada uno de nosotros, aún habita aquel adolescente que un día se levantó en el aula y dijo: “esto puede cambiar”.

La historia no se escribe solo en los grandes libros ni en las plazas célebres. También se escribe —como en nuestro caso— en las memorias de una generación de estudiantes secundarios que se atrevió a pensar, a disentir y a imaginar otro mundo posible. Hoy, al mirarnos de nuevo a los ojos, entendemos que no fue una simple etapa: fue un acto de amor a la vida. Y ese amor sigue latiendo.

 

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1 COMENTARIO

  1. Que escrito tan apropiado, en estos momentos de odio, rencores, de envidias y muertes sin justificación, alzar nuevamente el corazón y con la palabra, de cada uno de nosotros, como hermanos en el Universo, con pensantes que hemos sido, como compañeros y amigos, despertar y unirnos en cada región, ciudad, país, y enfrentar, debatir las diferencias respetando al otro y unirnos todos y para lograr un mundo lleno de PAZ.

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