Por: José Gustavo Hernández Castaño
El presidente Gustavo Petro no gobierna desde el silencio ni desde la palabra medida. Gobierna desde la voz prolongada, desde la alocución que se extiende como río crecido, desbordando orillas, arrastrando claridad y a veces dejando más sed que respuesta. Habla largo, con intención de enseñar, de persuadir, de transformar. Pero, como decía la abuela, el que mucho habla, poco dice… o termina diciendo nada. Sus discursos no son intervenciones, sino travesías. Una hora, dos horas, más. Y ahí estamos nosotros, los ciudadanos, frente al televisor o al celular, sintiendo cómo el entusiasmo inicial se convierte en cansancio, en confusión, en tedio.
Cada palabra debería ser semilla, pero muchas veces parecen hojas secas arrastradas por el viento. Petro no lee discursos. Improvisa. Se lanza al ruedo con cifras, con Bolívar a cuestas, con la Colonia al hombro, con la esclavitud como telón de fondo. Habla de los obstáculos que lo rodean, del Congreso que no lo deja, de los medios que lo atacan. Y lo repite. Lo repite tanto, que el mensaje pierde filo, fuerza y alma. Lo que en principio podría ser reflexión profunda, se vuelve eco, y luego murmullo. Y al final, no sabemos si nos habló a nosotros o a su propio reflejo. El poder se convierte en monólogo frente al espejo del ego.
No es que falte contenido. Lo que falta es dirección. El mensaje se disuelve entre anécdotas, entre frases que buscan ser historia, entre cifras que no aterrizan. Y lo que debería ser contundente, se vuelve soso. Lo que debería movilizar, se adormece. Como decían los abuelos: el que mucho abarca, poco aprieta. Y en esa maraña de palabras, lo esencial se le escapa como agua entre los dedos. Hay momentos en que uno se pregunta si el mensaje era para nosotros o para los libros de historia. Una cosa es dejar huella, otra es dejar huella sin camino.
Más grave aún, pareciera que nadie en su entorno se atreve a decírselo. Sus asesores no asesoran: aplauden. No corrigen: confirman. No equilibran: celebran. Se comportan más como coristas de tarima que como estrategas de Estado. Y en esa orfandad crítica, el poder se vuelve espejo. No hay contraste, no hay corrección. Solo reflejo. Es como si el palacio presidencial se hubiera convertido en una caja de resonancia donde solo se escucha su propia voz, amplificada, incontestada, intocable. Una voz sin eco, sin rebote, sin oposición verdadera.
En su empeño por enseñar, Petro asume el rol de pedagogo. Pero sus clases no son breves ni claras. Son densas, largas, difusas. Cargadas de referencias históricas, de conceptos, de datos. Pero sin hilo conductor. Y como en toda clase sin estructura, el alumno se pierde. El mensaje no llega. Y cuando llega, ya ha perdido fuerza. Es como sembrar en tierra agotada: se pone esfuerzo, pero no brota nada.
La emocionalidad también es marca suya. Habla con el alma en la garganta, con la indignación a flor de piel, con la esperanza en los labios. Y eso puede tocar fibras. Pero si se repite sin pausa, sin novedad, sin novedad verdadera, termina siendo teatro. Lo emotivo también se desgasta. Y cuando lo emotivo no moviliza, solo confunde. La indignación de ayer no puede ser el libreto de siempre. Porque incluso la rabia, si no se canaliza, se convierte en ruido de fondo.
No se trata de silenciar su voz. Se trata de ordenar su palabra. Porque un discurso presidencial debe ser claro como el agua y corto como consejo de madre. Diez minutos bastan para decir lo esencial, para movilizar conciencias, para marcar el rumbo. Lo demás es selva. Lo demás es humo. Lo demás, francamente, es una pérdida de conexión con una ciudadanía que necesita liderazgo, no letanías. Porque cuando todo se convierte en alocución interminable, el pueblo apaga el televisor, cierra la aplicación, y se queda con lo que entendió: poco, nada o lo contrario.
Gustavo Petro tiene la palabra. La tiene toda. Pero en política, como en la vida, no es quien más habla el que más transforma, sino el que mejor dice. Y Colombia necesita menos letanías y más claridad. Menos monumentos verbales y más puentes de entendimiento. Porque una democracia sana no se construye con monólogos eternos, sino con palabras justas, oportunas y capaces de convocar, no de cansar. Como decía el abuelo sabio, “uno no convence con ruido, sino con razón”.





