Por: José Gustavo Hernández Castaño
Fue el pasado jueves 10 de junio, en mi casa. La tarde tenía ese aroma leve de lo que ha sido muchas veces y vuelve a ser. No éramos muchos, pero bastó con vernos —unos cuantos amigos del colegio Rufino José Cuervo— para que el tiempo se desdibujara. No hubo necesidad de grandes discursos. Bastó una mirada, un gesto, una carcajada para saber que algo más hondo estaba ocurriendo: la vida regresaba, tal como la habíamos vivido en ese otro tiempo, en los pasillos del Rufino, en los recreos, en los exámenes, en las marchas, en la amistad. Bastó un abrazo para que el tiempo se aflojara, como una camisa vieja que vuelve a usarse y aún huele a casa. Nos sentamos alrededor de la memoria y comenzamos a desatar los nudos del pasado: los nombres, los motes, las anécdotas, los miedos, las carcajadas… y una certeza compartida: seguimos siendo, de algún modo, los muchachos del Rufino.
Fue un encuentro sencillo, casi improvisado, pero con el peso simbólico de un rito íntimo, cargado de sentido. Sabíamos que era el preludio de una reunión mayor, más numerosa, más sonora; pero también sabíamos que esa tarde ya era un milagro en sí: una ventana abierta al tiempo en que empezamos a ser nosotros. Porque hay recuerdos que no envejecen: solo duermen, y basta una chispa para que enciendan de nuevo sus fuegos. Esa tarde, sin embargo, fue suficiente para comprobar que hay recuerdos que no envejecen y amistades que, a pesar del tiempo y la distancia, permanecen intactas.
Y así, entre tinto y evocaciones, empecé a pensar en lo que significaron realmente aquellos años del bachillerato. No como una lista de materias ni como un archivo escolar, sino como una verdadera escuela de vida. Más que un ciclo escolar, fueron la estación donde germinó el alma. Allí dimos nuestros primeros pasos conscientes hacia la vida adulta, entre cuadernos, consignas, pupitres cargados al hombro y amanecidas con café y temor antes de un examen final. Entramos siendo niños —con pupitre en mano, literalmente— y salimos con una identidad en construcción, con preguntas profundas, con una forma de mirar el mundo que nos acompaña hasta ahora.
Recuerdo nítidamente aquella mañana inaugural en el Rufino, cargando el pupitre nuevo, como quien carga no solo un mueble, sino un símbolo. Éramos niños con cara de susto y corazón de aventura. El colegio se nos abría como una ciudad dentro de la ciudad, con sus normas, su arquitectura, su bullicio y su propio idioma. De la escuela con un solo maestro habíamos saltado al universo múltiple de los profesores especializados, como si cada clase abriera una puerta distinta hacia el mundo. El colegio imponía respeto. La organización de los grupos, el cambio de clases marcado por campanazos, el desfile de profesores —uno por cada materia— que contrastaba con el único maestro de la escuela primaria.
El sistema de evaluación, por su parte, era una montaña empinada. Los exámenes finales eran todo un viacrucis. Un año entero podía pender de un hilo: el examen final, el juicio definitivo. Nos trasnochábamos estudiando entre apuntes, esquemas, resúmenes, nervios. Estudiábamos en los parques, —incluso el antiguo cementerio San Esteban— bajo faroles y entre sombras, donde el rumor de los árboles mezclaba fórmulas matemáticas con promesas de amor adolescente. Eran los días en que los apuntes eran pretextos, y los ojos buscaban también miradas cómplices, silencios cargados de mariposas. Allí no solo se repasaba álgebra o historia: se construían vínculos que aún hoy nos sostienen.
La amistad —¡ay, la amistad!— florecía sin permiso y sin remedio. Se gestaba entre recreos, bancos de cemento, bromas pesadas y complicidades mudas. Era una alianza natural, un pacto tácito que el tiempo no logró romper.
Cómo no hablar de nuestros profesores: figuras excéntricas, temidas, admiradas, caricaturescas, inolvidables. Cada uno un universo. Estaban los rigurosos, los cascarrabias, los que dictaban al ritmo de un metrónomo, los que revisaban uñas y pañuelos, los que enseñaban con anécdotas, con historias de Roma y Atenas, con dibujos en perspectivas de avenidas soñadas. Sus apodos eran una forma de domesticarlos, de hacerlos nuestros, de sobrevivir a su autoridad con ingenio adolescente. Y cómo no recordar a los profesores que marcaron época. El “carepapa”, el “león bizco”, “corbatín”, “pistolita”, “marranito”, “caregato” “boquemina”, “carenalga”… Todos ellos con sus estilos, sus métodos, sus rarezas. Algunos duros, otros entrañables. Todos dejaron una marca indeleble. A veces los evocamos con burla cariñosa, otras con una nostalgia profunda. Algunos eran artistas, otros déspotas, otros verdaderos sabios. Pero todos forman parte de nuestro relato común, del léxico compartido que hace posible que, al reencontrarnos, sepamos que pertenecemos a algo que va más allá del tiempo.
Pero el Rufino no fue solo un colegio. Fue también una trinchera de ideas, un semillero de insurgencias, una plaza pública, fue también semillero político y centro de agitación estudiantil. En su aula máxima nacían discursos como llamaradas. Las asambleas, las movilizaciones hacia la alcaldía, los debates ideológicos, la formación de la FESQUI y la UNES. Participábamos con fervor en una época en la que creíamos que cambiar el mundo era posible… y necesario. Allí nos formamos en la política, en la ética, en la desobediencia pensante. Hablábamos de Lenin, de Mao, de Trosky, discutíamos el socialismo como quien discute el futuro del alma. Las manifestaciones brotaban como aguaceros de mediodía: con furia, con poesía, con esperanza. De allí salieron líderes, mártires, soñadores. Algunos de nuestros compañeros tomaron rumbos intensos, otros se fueron demasiado pronto, y algunos más permanecen en silencio, pero aún vivos en nuestra memoria. Y sí, también salimos nosotros, los “normales”, los que tomamos otros rumbos, pero que aún llevamos la marca indeleble de aquellos años: un tatuaje invisible que no borra el tiempo.
El reencuentro del jueves fue también un acto de agradecimiento: por la vida, por la amistad, por la memoria compartida. Sentí que cada uno de nosotros traía consigo un pedazo del Rufino, y que, al juntarnos, como piezas de un rompecabezas afectivo, reconstruimos algo más que un recuerdo: reconstruimos una identidad. Porque el colegio no solo nos enseñó fórmulas o fechas; nos enseñó a ser compañeros, a pensar críticamente, a desobedecer con sentido, a construir sueños colectivos.
Ahora que preparamos la gran reunión, sé que no será solo una fiesta de exalumnos. Será una ceremonia del alma, un acto de amor hacia el pasado que nos fundó. Iremos, cada uno, llevando no solo canas y arrugas, sino el mismo brillo en los ojos, la misma risa desobediente, el mismo temblor adolescente que un día nos unió. Será una ceremonia del tiempo. Una forma de decirnos, sin necesidad de palabras, que todo lo vivido sigue vivo en nosotros, que la amistad es una forma de resistencia frente al olvido, y que el Rufino —nuestro colegio— no es solo un lugar al que fuimos, sino un espacio que nunca se fue de nosotros.
Porque cuando uno mira a los ojos de un viejo amigo —de esos que conocieron nuestra letra temblorosa, nuestros miedos de pubertad, nuestras primeras rebeldías—, algo se enciende. Algo vuelve a empezar. Y por un instante, somos de nuevo lo que fuimos: muchachos invencibles, caminando juntos hacia el mundo. Y cuando eso pasa, uno entiende que recordar no es quedarse atrás: es avanzar acompañado de lo que verdaderamente importa.





