lunes, agosto 17, 2026

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Editorial 138: UNA ALIANZA PLURAL, UNA TERCERA VÍA PARA EL QUINDÍO: Es Tiempo de tender Puentes, No de construir Muros.

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Por: José Gustavo Hernández Castaño

Dicen en el campo que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en el Quindío llevamos años viendo cómo la política se ha convertido en una función de circo donde los payasos ya no hacen reír, sino llorar. Aquí, en esta tierra de guaduales, café y dignidad, el poder ha sido secuestrado por dos edificios: uno, alto y altanero como gallo fino, la Gobernación de 19 pisos; y otro, pequeño, pero igual de voraz, la Alcaldía de Armenia, de apenas cinco niveles. Ambos, convertidos en directorios políticos donde se trafica con la voluntad popular, como quien vende plátanos en la plaza. Gobernantes que no gobiernan, sino que negocian. Mandatarios que hacen de la ley un mantel para sus banquetes. Y el pueblo, ese que paga impuestos y sueña futuro, relegado a mirar desde la acera, con la esperanza gastada y la voz ahogada.

Ya basta. El Quindío merece más que politiquería con corbata y contratos con dedicatoria. Porque no hay cosa más triste que ver al erario —ese pan de todos— convertirse en la mermelada que unta la maquinaria electoral de unos pocos. Una vergüenza. Una afrenta. Una indignidad.

Frente a esa realidad descarada, una chispa comienza a prender en los rincones del departamento. Y como dicen los viejos, “cuando el río suena, es porque piedras trae”. Esa piedra se llama unidad alternativa. Un encuentro reciente (jueves 26 de junio) en la sede de los educadores, entre movimientos sociales, organizaciones juveniles, ambientalistas, sectores del Pacto Histórico, de Unitarios, algunos verdes, y liderazgos independientes ha mostrado que el Quindío aún tiene reserva moral y política. Allí no hubo etiquetas impuestas ni vetos disfrazados de principios. Allí se respiró fraternidad, se conversó con altura, se soñó en voz alta. Y lo más importante: se habló el mismo idioma en lo ético, en lo programático, en lo político y en lo estratégico.

Ese día no se reunió la totalidad del universo alternativo, pero sí una parte fundamental. Una fracción representativa, diversa y decidida: fuerzas del Pacto Histórico, del movimiento Unitario y del Frente Unido coincidieron en torno a un propósito común. En medio de la conversación fraterna y la escucha activa, comenzó a abrirse paso, tímidamente al principio, pero con fuerza al final, una idea poderosa: la necesidad de construir un Frente Amplio, no una simple lista cerrada de alternativos, sino una propuesta de mayor calado, abierta, generosa y estratégica. Una propuesta que entienda que el camino hacia la curul pasa por sumar, no por encerrar; por tejer, no por trazar fronteras.

Pero este primer paso —valioso, necesario, esperanzador— no es suficiente. Aún faltan pasos por dar, puentes por tender y sectores por convocar. Si se quiere caminar hacia una verdadera Tercera Vía, es imprescindible avanzar en la construcción de acercamientos con otros sectores del espectro político, en especial con la centroizquierda y el centro ético y progresista.

En la centroizquierda, los sectores verdes —hoy dispersos en sus propios matices y contradicciones— tienen ante sí el reto histórico de unificarse alrededor de un nombre común, de un candidato o candidata que los represente con dignidad en la propuesta del Frente Amplio. Solo así podrán hacer parte sustancial de esta Tercera Vía que hoy empieza a delinearse.

Y en el centro político, representado por el Nuevo Liberalismo y sus aliados del Fajardismo y de Dignidad y Compromiso, la ruta es el diálogo franco y respetuoso. Hay que tender la mano sin arrogancia, abrir la puerta sin cálculo, convocarlos como parte esencial y necesaria del acuerdo. La propuesta de lista trinaria no estará completa sin un candidato que represente a este sector con sus luchas, su talante democrático, su ética pública y su vocación por lo común.

¿Y qué es lo que está en juego? No es solo una curul. Es la posibilidad de asaltar, por la vía democrática, la hegemonía de los mismos con las mismas. Es darle una oportunidad a la decencia. Es abrirle la puerta a un nuevo proyecto político que no dependa de las nóminas oficiales ni de los contratos en letra menuda. Porque el umbral electoral no se supera con discursos bonitos ni con egos inflados: se supera con votos, con organización, con listas comunes, con acuerdos firmes y manos limpias.

La matemática electoral es clara como agua de pozo: si no se alcanza la meta mínima de 45.000 a 50.000 votos, no habrá representación alternativa en el Congreso. Y si se sigue fragmentando la esperanza en cinco listas que no hablan entre sí, lo que viene es la derrota cantada. O como diría el abuelo: “Si cada quien jala pa’ su lado, el burro no camina”.

Pero no todo es cálculo. También hay corazón. También hay visión de futuro. Esta alianza plural es la posibilidad de tender puentes donde antes había muros. De tejer sobre la diferencia. De reconocer que no todos pensamos igual, pero que sí podemos querer lo mismo: un Quindío con agua, con vida, con cultura, con justicia social. Un departamento donde la política no sea el arte de la trampa, sino la ciencia de lo posible con ética.

Las cifras hablan por sí solas. Entre 2014 y 2022, el bloque de los partidos del establecimiento cayó del 75,7% al 56,8% en Cámara, del 70,5% al 51,7% en Asamblea, y del 56,8% al 43,2% en Concejo de Armenia. Al mismo tiempo, el bloque alternativo pasó de la marginalidad a representar entre el 20% y el 30% de los votos. El terreno está abonado. Solo falta sembrar juntos. Y como dice el viejo refrán: “la tierra no niega su semilla si la mano que siembra es honesta”.

Hoy más que nunca se impone la tercera vía, no como moda ni como estrategia, sino como necesidad vital. Esa tercera vía no es un centro tibio ni una izquierda avergonzada. Es una esperanza en movimiento. Una convergencia digna, plural, robusta, que no le debe favores a la clase dirigente, ni contratos, ni curules.

Porque la verdadera unidad no es la que se firma en una foto de campaña, sino la que se cocina a fuego lento entre quienes entienden que el poder no se mendiga: se conquista con argumentos, con coherencia y con pueblo. Esta alianza trinaria no es un matrimonio forzado: es una cohabitación estratégica para derrotar el clientelismo, para desmontar el feudo de los dos edificios, para abrirle paso a la ciudadanía crítica y al voto de opinión.

No se trata de borrar las diferencias. Se trata de ensanchar los puntos de encuentro. No se trata de imponer nombres. Se trata de parir consensos. No se trata de repartir curules. Se trata de construir un nuevo proyecto de región, donde la política deje de ser un negocio familiar y vuelva a ser lo que siempre debió ser: una herramienta para el bien común.

Por eso, a los que aún dudan, les decimos: este es el momento de la generosidad y del coraje. De sentarse sin arrogancia, de dialogar sin prejuicios, de acordar sin cálculos mezquinos. Porque si esta vez no nos unimos, la historia no nos va a perdonar. Y como advierte la sabiduría popular: “Cuando uno no aprende por cabeza propia, le toca aprender por las patas”.

El Quindío no puede esperar. La ciudadanía está cansada de los mismos rostros en diferentes pancartas. De las mismas promesas recicladas cada cuatro años. De la misma maquinaria aceitada por el hambre de contratos. Hoy tenemos una oportunidad que no podemos dejar pasar: sembrar futuro en común. Y para eso, hay que dejar de lado el espejo y mirar por la ventana.

El pueblo lo intuye: otro Quindío es posible, pero no se construye con discursos de salón ni con alianzas de papel. Se construye con unidad, con humildad, y con la certeza de que esta vez, la historia se escribe con tinta ciudadana.

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