Por José Gustavo Hernández Castaño
La bisagra política del Quindío no es la bisagra que enseñan en los manuales de Ciencia Política. Riker y Sartori, con sus teorías sobre coaliciones y sistemas de partidos, imaginaron bisagras nobles, pivotales, imprescindibles para la gobernabilidad. Pobres ingenuos. Aquí la bisagra es la bisagra oxidada que sostiene la puerta podrida del clientelismo, mientras un puñado de vendedores de humo la engrasa cada cuatro años con promesas recicladas y contratos bajo la mesa.
El truco es digno de circo: la Gobernación, bien pintada de rojo liberal, y la Alcaldía de Armenia, barnizada con los colores llamativos de Cambio Radical, se reparten la pista central. A su alrededor baila una comparsa de partidos bisagra: Conservador, MIRA, Centro Democrático, la U, ASI, AICO, MAIS, Colombia Renaciente y cualquier otra etiqueta que huela a nuevo, aunque apeste a lo mismo. Cambian de camiseta, de discurso, de dios si hace falta, pero nunca cambian de hábito: la nómina primero, el contrato primero, la OPS primero, la ideología después (si sobra tiempo).
Mientras tanto, usted —sí, usted, ciudadano de fe democrática— aplaude. Se sienta en la grada del circo, se pone la nariz roja y confía en que esta vez sí: esta vez el Mesías local le va a cumplir. Le regalan escobas, pintan canchas, prometen mercados y reparan huecos que abrirán de nuevo apenas termine la fiesta electoral. Usted sonríe para la selfie, grita en la caravana y luego se traga la decepción cuando la EPS le niega una cita o su barrio se inunda de corrupción.
Los politólogos serios —Riker en su Teoría de las Coaliciones Políticas y Sartori en Partidos y Sistemas de Partidos— se revuelcan de risa viendo cómo la bisagra colombiana no es pivote de consensos, sino herramienta de chantaje. Una bisagra clientelista que gira hacia quien pague más, reparta mejor y prometa menos transparencia.
Y lo más jugoso del chiste: la bisagra no se fabrica sola. La atornilla usted, que cambia su voto por un contrato de tres meses, un bono de cemento o un tamal con gaseosa. Usted que llora en redes sociales, pero sonríe en la fila de la notaría donde se firma la coalición del “todo vale”. Usted que cree que “todos son iguales” y, por eso, elige siempre al mismo con distinto nombre.
Aquí el humo es permanente: debates insípidos, encuestas infladas, caravanas pagadas con dinero público, planillas firmadas por fantasmas electorales que aplauden la gran obra: su propio engaño. Mientras usted duerme, la bisagra sigue girando, aceitándose con convenios interadministrativos, OPS a la medida y secretarías vendidas al mejor postor.
¿Qué queda? Queda usted. Queda su voto. Queda su dignidad. Ría si quiere, pero sepa que la carcajada le costará un hospital sin insumos, una escuela sin techo y una vía llena de huecos que solo taparán de nuevo cuando empiece la próxima función de circo.
Es hora de asumir el papel de protagonista valiente: cierre de una vez por todas esa puerta podrida, arranque la bisagra oxidada y respire aire limpio, libre de humo y chantajes. Votar no es posar para la foto ni mendigar un contrato: es la herramienta más poderosa para encender la dignidad y apagar la vieja fogata del clientelismo. Hágalo por usted, por sus hijos y por cada niño que aún sueña con una política que sirva para construir, no para servirse. Use su voto como llave para abrir la puerta de la decencia, rompa el boleto del circo corrupto y levante la cabeza: porque cuando el ciudadano despierta y vota con conciencia, no hay bisagra, humo ni corrupto que lo detenga.





