Por: José Gustavo Hernández Castaño
En los anales de la política regional, pocas historias resultan tan fascinantes, tan contradictorias y, por qué no decirlo, tan tragicómicas, como la del Partido MIRA en el departamento del Quindío. Surgido al amparo de la obediencia religiosa, en una comunión perfecta entre la espiritualidad y la representación electoral, el MIRA prometía ser la excepción en un océano de clientelismo: el partido distinto, impoluto, guiado por la moral y el dogma. Pero dos décadas después, lo que tenemos no es un modelo virtuoso de representación, sino un manual de instrucciones sobre cómo convertir los rezos en contratos, los principios en convenios, y la fe… en negocio.
Quien observe las cifras notará la parábola descendente del partido en su aventura electoral.
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CAMARA DE REPRESENTANTES QUINDIO |
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PARTIDO |
2014 | 2018 |
2022 |
| MIRA |
15.259 |
24.468 |
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| COALICION MIRA + MSN + JUSTA LIBRES |
18.165 |
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En 2014, el MIRA alcanzó 15.259 votos en el Quindío para la Cámara de Representantes. Cuatro años después, en 2018, esa cifra se disparó a 24.468, un aumento del 60,4%. Hasta ahí, todo iba según el guion: crecimiento disciplinado, obediencia electoral, movilización religiosa. Pero como suele pasar con los relatos demasiado ordenados, algo se rompió. En 2022, el MIRA no se atrevió a medirse solo. Decidió ocultarse tras una coalición junto con el Movimiento de Salvación Nacional y Justa Libres, y la cifra bajó a 18.165 votos. ¿Cuántos de esos eran sus fieles creyentes? ¿Cuántos eran herencia prestada? ¿cuántos de esos eran del Movimiento de Salvación Nacional (MSN)? ¿cuántos de esos eran del Movimiento Colombia Justa Libres? Nadie lo sabe. El partido que presumía de ser transparente, ahora se camufla en listas ajenas o en listas combinadas. Y el que llamaba a la ciudadanía a no contaminar la política con la politiquería, se dedica a importar fórmulas de cálculo electoral.
Pero el declive del MIRA no está en los números: está en la ética desfigurada de su dirigencia. Lo que alguna vez fue una apuesta espiritual se transformó en una máquina clientelista de precisión quirúrgica. En el Quindío, el partido pasó de predicar con la Biblia a negociar con el portafolio. Su base sigue votando como si se tratara de una obligación celestial, convencida de que cada tarjetón es una expresión de fe, pero sus dirigentes han encontrado en ese capital religioso una mina de oro electoral. El voto ya no es sagrado: es mercancía. Y los contratos, los cupos y las cuotas, son los nuevos sacramentos.
El espectáculo ha sido evidente en los últimos años. En el periodo 2019–2023, el MIRA fue cooptado por el Partido Liberal, sumándose al gobierno departamental con entusiasmo casi evangélico. Pero como la fe sin obras está muerta —y las obras públicas con presupuesto son mejores—, el partido rompió con “el edificio de 19 pisos” en la recta final del gobierno y se lanzó a los brazos de Cambio Radical, “el edificio de 5 pisos”, ese prodigio local del clientelismo perfeccionado. En Armenia, sellaron su amor en medio de una administración también cuestionada. Así, en tiempo récord, el MIRA demostró que la fidelidad es un valor flexible cuando hay contratación de por medio.
Para rematar el sainete, en las elecciones de 2023 para la Asamblea Departamental, el MIRA configuró lista con nada menos que Cambio Radical, el partido que representa, sin ambages, el súmmum del clientelismo regional. Pero como en los malos matrimonios políticos, la luna de miel duró poco. A los pocos meses, el MIRA rompió con su aliado del “edificio pequeño” y regresó dócilmente al redil del gobierno del “edificio grande”. Este ir y venir, más propio de un partido gitano que de un proyecto doctrinal, ha hecho del MIRA un verdadero camaleón político de la fe mutante, experto en mutar de socio sin despeinarse, en cambiar de púlpito según la música del presupuesto.
La paradoja más dolorosa es que el partido sigue movilizando a miles de ciudadanos que no conocen estos tejemanejes. La militancia vota con el alma, mientras la dirigencia factura con la agenda. Aquí no hay mediación democrática ni deliberación ciudadana. Hay instrucciones desde el púlpito, obediencia sin crítica y luego… acuerdos en la sombra, con los mismos de siempre. Porque sí: el MIRA es el único partido que ha logrado lo que parecía imposible en el Quindío —hacer del dogma una estrategia de gobernabilidad transaccional. El único que puede decir, con orgullo, que no tiene ideología, porque su negocio no es la política, sino el alquiler del fervor.
No es exagerado afirmar que el MIRA ha terminado convertido en el campeón regional del clientelismo rotativo. No el que más votos tiene, ni el que más ideas propone. Pero sí el que mejor negocia su modesta porción de poder. En cada cuatrienio, ofrece su rebaño electoral al mejor postor. Unas veces a cambio de secretarías menores, otras veces por participación simbólica en coaliciones, todas las veces, por dinero sucio del clientelismo corrupto que se embolsican sus dirigentes. Nunca con dignidad programática. Siempre con la agilidad del que sabe que su negocio no es transformar la política, sino usufructuarla.
Y es aquí donde se instala el engaño de fondo. Los votos del MIRA no representan una ciudadanía consciente, sino una militancia domesticada. La obediencia de sus feligreses ha sido utilizada como palanca para transacciones turbias, para acuerdos tácticos que benefician a los de arriba y en nada transforman la vida de los de abajo. Se trata, en pocas palabras, de una estafa emocional. Un fraude espiritual. Una forma de usar la devoción como insumo electoral. Y todo bajo el manto sagrado de la moral, la familia y los valores cristianos.
La historia del Partido MIRA en el Quindío no es solo la historia de un partido que se corrompió. Es la prueba viva de que, en Colombia, ni siquiera la religión está a salvo del clientelismo. De que la política todo lo deforma. Y de que, cuando se mezclan dogma y poder, lo que termina consagrándose no es el bien común, sino el sacrosanto arte de negociar hasta el alma.





